Quizá el más difícil de los puentes sea ese que pensamos que no se necesita.
Quizá el más difícil es el que nos conecta con nuestra madre, con nuestro abuelo, pareja, compañero de escritorio, vecino, dentista, taxista, el cotidiano hombro de al lado que ya no nos resulta indiferente. Pero que al fondo, quizá sí.
Me preocupa no tener contacto cercano con esos 2.7 millones de electores que votaron por James Morales.
Aunque me queda muy claro que nos encontramos en la plaza.
...
Quizá el más difícil de los puentes sea ese que pensamos que no se necesita.
Quizá el más difícil es el que nos conecta con nuestra madre, con nuestro abuelo, pareja, compañero de escritorio, vecino, dentista, taxista, el cotidiano hombro de al lado que ya no nos resulta indiferente. Pero que al fondo, quizá sí.
Me preocupa no tener contacto cercano con esos 2.7 millones de electores que votaron por James Morales.
Aunque me queda muy claro que nos encontramos en la plaza.
Pero no lo sabíamos, no sabíamos en realidad que cuando lo que tuviéramos en común no fuera un enemigo sino un destino, nos partiríamos en pedazos.
Como cuando se quiebra una piedra.
Una piedra partida en dos no son dos piedras, dice el poeta Fabre.
Una piedra en el agua seca por dentro, dice el poeta Cerati.
Traigo acá esta cita de Pasolini que mi amigo Marco me compartió,
“No hemos hecho nada para que no surgieran fascistas. Sólo los hemos condenado aligerando nuestra conciencia con nuestra indignación; y cuánto más intensa y petulante era la indignación más tranquila quedaba nuestra conciencia. En realidad nos hemos comportado con los fascistas (y hablo sobre todo de los jo´venes) de un modo racista. Es como si ra´pida y despiadadamente hubie´ramos querido creer que estaban racialmente predestinados a ser fascistas y que no habi´a nada que hacer ante esa determinacio´n de su destino. Y no lo ocultemos: en el fondo todos sabi´amos que cuando uno de aquellos jo´venes decidi´a volverse fascista, se trataba de algo puramente casual, no se trataba ma´s que de un gesto irracional y sin motivo, quiza´ hubiera bastado una sola palabra para que aquello no hubiera ocurrido. Pero ninguno de nosotros se ha dirigido nunca a ellos para hablarles. Inmediatamente los hemos aceptado como representantes inevitables del mal. Y a veces se trataba de adolescentes de dieciocho an~os que no sabi´an nada de nada, y que se habi´an lanzado a aquella horrible aventura por pura desesperacio´n. Pero no podi´amos distinguirlos de los dema´s (no digo de los otros extremistas, sino de todos los dema´s). E´sta es nuestra pavorosa justificacio´n”.
creo que todo empieza con la pregunta ¿qué hicimos para no llegar a este callejón?
Más de este autor