Suspira recio. Ya son las once de la noche y anda dando vueltas desde las siete y media. Nadie se ha querido subir con él. Sospecha que el estado de su carro provoca desconfianza: maldita ventana que no tiene pisto para arreglar. Tiene las manos negras de mugre de motor y huele a sudor mezclado con grasa de cara; el carro apesta a humedad encerrada y la calle a humo de cohete y de canchinflín, que, aunque prohibidos, no hay año en que no atraviesen silbando el patio de algún vecino indignado por el peligro de incendio. Con la ventana abierta se oyen intermitentes los PUM de algún cohete suelto, de algún tronador a veces cercano; ve a los hermanos grandes prendiéndoles volcancitos a los hermanos pequeños y escucha a uno que otro güiro llorando por la mano quemada. Este año solo le alcanzó para comprarle a sus hijos un par de paquetes de estrellitas y una ametralladora corta para las doce.
Se imagina el tamal que lo espera en casa y le truenan las tripas, pero se acuerda que Ruby todavía le debe esos cinco tamales a doña Mencha y el hambre se le mezcla con ira, de esa que siente justo en la boca del estómago. Sabe que fue feo pegarle en Nochebuena, pero al menos le dio solo con el cincho y no con el puño. Ganado se lo tenía. Ya demasiadas veces le ha dicho que no quiere que se esté endeudando por muladas de esas que siempre le encuentra escondidas en la gaveta: cremas de Avón o chucherías para los niños.
Los tres patojos ya llevan varios días pidiéndole un arbolito de Navidad, pero si consigue plata no será para eso sino para los útiles. Ellos sí tienen que estudiar para que cuando tengan 27, como él, no anden mendigando suelditos de donde puedan. Suena el celular. Es Ruby. Se parquea en una esquina oscura y contesta. Miamor, ¿ya va a venir? No sea así, hombre, venga a la casa. Ya son casi las doce. Ahorita ya no va a conseguir clientes y los patojos están va de preguntar por usté. El Dixon llore y llore. Véngase. Ya les expliqué que no van a haber regalos, lo que quieren es estar con usté este rato quemando estrellitas. Perdóneme por lo de los tamales, pero esos usté no me dio chance de decirle que no los debo: doña Mencha nos los regaló. Ludbim cuelga y, al tirar el celular en el asiento del copiloto, piensa en los anuncios del periódico, esos con celulares de más de cuatro mil quetzales. CUATRO MIL QUETZALES POR UN TELÉFONO. Arranca otra vez y se atraviesa para la Roosevelt.
Se acuerda que en la mañana el hijo grande del vecino estaba con Dixon, viendo juguetes en el periódico. El ishto caquero ese y su hermano llevan días hablando de Santa Clós. Dixon siempre se queda callado. Ludbim jala mocos. Desde lejos una señora agringada cargando bolsas le hace señas para que pare. Ludbim para y nota que es más joven de lo que pensó pero está algo arrugada, tal como dice Ruby que se arruga la gente blanca; habla con acento extranjero. Le pide que la lleve rapidito a donde va, que no queda muy lejos. Súbase, son cincuenta. La mujer dice estar muy feliz por haberlo encontrado, que temía no llegar a la casa a donde la invitaron a pasar las doce porque se le hizo tarde comprando regalos y no conoce esa zona. Estei taxi es un bendicion navidenio, un regalo del senior. No para de hablar de nacimientos, de foquitos en la calle. A Ludbim le dan ganas de agarrarla a cinchazos como a Ruby cuando no se calla, pero de todas formas no va poniendo atención: no se le sale de la cabeza el carrito ese rojo que Dixon miraba en el periódico con expresión de adulto. Aquí, aquí es, don, muchos, muchos gracias, feliz navida ustei y familia, dice la gringa mientras se baja del carro. Parada al lado de la ventana, saca de la cartera doscientos quetzales y, así, de la nada, se los da completos. Dios lo bendeiga, repite, moviendo la cabeza de arriba para abajo, pura idiota, y sonriendo con su manojo de bolsas de regalos.
Son las doce menos 20 y Ludbim decide irse a la casa. Sonríe levemente. En la entrada del barrio hay todavía un puesto abierto donde venden juguetes y adornos. Da gracias al niño Jesús por la suerte y le compra una muñeca rubia a Esther, un pick up de plástico amarillo a Dixon y un conejo verde al Edi. Se lleva un arbolito miniatura con foquitos de colores y, para él y para Ruby, compra un gorro de Santa Clós con barba y lucitas rojas incrustadas en el peluche blanco. Hace mucho no sentía caliente el pecho, como no fuera por un enojo. Paga con orgullo y todavía le queda algo de plata. Pasa entonces a una tienda y pide una ametralladora grande; ya no hay, pero compra dos medianas y un cigarro. En el camino dan las doce y empieza la tronadera. Mete un cacho más el acelerador. Desde la esquina espera ver a Ruby con los niños abrazándose afuera, pero su luz está apagada. Con el gorro puesto iluminándole las cejas y la barba algodonosa cubriendo su cara grasienta ve a los hijos del vecino destapando en la calle unas cajas casi tan grandes como ellos. Ahí con ellos está Dixon viéndolos callado, con los ojos muy fijos; adentro, sobre el piso con pino de esa otra casa, están Ruby y la vecina, brindando con un vaso en la mano. Ludbim ve los regalos que lleva, ni siquiera medio empacados y su árbol de plástico le parece más falso y más enano que hace unos minutos. Sin que su familia lo note, su taxi tuerto vira en u. Parqueado en la misma esquina de hace un rato, llora desconsolado, como no hacía desde niño y se promete que el otro año será distinto.
Pero no lo será.
NOTA: La versión original de este texto fue publicada en diciembre de 2010 como parte de la selección de cuentos navideños del entonces Magacín de Siglo21. Esta versión ha sido ligeramente modificada. Ojalá de verdad el otro año fuera distinto. Pero no lo será.
Más de este autor