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Leonardo Padura, escritor cubano.EFE/ Bienvenido Velasco

Leonardo Padura: «Siempre busco que la historia sea como un espejo para mirar el presente y para entender mi propia realidad»

«Mi experiencia es la de un escritor cubano que ha vivido la realidad cubana y ha tratado de escribir acerca de esa realidad »
«La Habana es el espacio al que pertenezco espiritual y culturalmente»
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Leonardo Padura: «Siempre busco que la historia sea como un espejo para mirar el presente y para entender mi propia realidad»

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Uno de los escritores contemporáneos más reconocidos,  ha mostrado en sus novelas lo que la historia no revela. A través de su extensa obra, se puede comprender  lo que significó para  una generación de cubanos vivir el proyecto de transformación social que se propuso una revolución que impactó a toda Latinoamérica. Leonardo Padura visitó recientemente Guatemala para presentar Morir en la arena, su última obra y dio esta entrevista a Plaza Pública, dejándonos la eterna interrogante de cómo construir la necesaria utopía de una vida humana más digna.  

Uno de tus  éxitos más celebrados es  El hombre que amaba a los perros, una ambiciosa novela histórica con  escenarios revolucionarios que percibimos a través de tres personajes: la guerra civil española, el exilio de Trotsky a manos de Stalin y  la Cuba revolucionaria.   Escribiste una novela en donde se reflexiona  profunda y directamente acerca de las revoluciones. ¿Por qué?

El asesinato de Trotsky me pareció que era el punto de no retorno en la perversión de aquel proceso utópico que fue la revolución Rusa. La manera en la que se preparó ese crimen y los acontecimientos que ocurren después quedó bastante claro ese fenómeno de cómo una idea, un ideal con el que la humanidad ha soñado durante siglos (recuerda que los griegos ya hablaban de la Atlántida, Tomás Moro de la Utopía), en la práctica se puede pervertir.  El ideal democrático que inspiró la revolución se convirtió en un Estado en el cual incluso el crímen estaba justificado ideológicamente. 

Toda esta historia que ocurre en mi novela, arranca en Cuba y regresa a Cuba. Si este libro lo hubiese escrito un escritor argentino, mexicano, guatemalteco, habría sido una historia diferente. Le habría faltado la experiencia personal de haber vivido en un país socialsta. El personaje de Iván es de ficción, pero es el más real de los tres protagonistas. Trotsky es un personaje histórico, Mercader es un personaje histórico, pero Iván es el más real, porque pude haber sido yo. La experiencia de Iván, el destino de Iván, la vida de Iván, están marcados por todos los elementos que fueron en la práctica, en la vida cotidiana, el experimento del socialismo real. 

Milán Kundera menciona que hay novelas que ilustran situaciones históricas y otras que son un examen de la dimensión histórica de la existencia humana. Me parece que tu obra es, justamente, una amplia reflexión existencial. ¿Qué piensas de esto?

Yo me acerco a la historia sobre todo para explicarme el presente. Me he movido por muchos territorios de la historia, más cercanos, más lejanos. En El hombre que amaba los perros, la historia recorre todo el siglo XX, en Herejes, se explora una historia del siglo XVII relacionada con una obra de Rembrandt para hablar acerca de la libertad del individuo y de la creación artística. Siempre busco que la historia sea como un espejo para mirar el presente y para entender mi propia realidad.  

 Y creo que vivimos un momento en que la historia importa más todavía, pues el tiempo corre con mayor velocidad.

El suicidio  de Maiakowski, es una puerta que aprovechas para hablar del poeta, el escritor, el  artista bajo un régimen que reclama absoluta fidelidad.  ¿Cuál ha sido tu vivencia como escritor en un régimen en donde otros autores han sido perseguidos y exiliados? Pienso en Lezama Lima, Reinaldo Arenas y otros.

Mi experiencia es la de un escritor cubano que ha vivido la realidad cubana y ha tratado de escribir acerca de esa realidad. Mi literatura, en muchos sentidos, ha logrado ir creando algo que, al principio, no tuve plena conciencia, pero que después entendí y lo he explotado. La posibilidad de escribir una crónica cubana contemporánea desde la perspectiva de mi generación. Mi obra es una literatura muy generacional. 

Comencé a escribir en Cuba en los años ochenta. Afortunadamente, fue un momento en el que empezaron a cambiar, lentamente, algunas condiciones que habían sido muy limitantes y muy castrantes en los años setenta. Una década conocida como el decenio gris de la cultura cubana en la que un escritor como José Lezama Lima vivió y murió en el ostracismo. 

Mi primera novela fue una historia de amor y apenas principiaba a tener clara percepción de lo que quería escribir. Después, estuve varios años haciendo periodismo, casi no pude escribir literatura y, ya en los años noventa escribo la primera novela con mi personaje Mario Conde que ha sido protagonista de una saga. Esa novela, en muchos sentidos, rompía con los moldes de lo que se conocía como la “novela policial revolucionaria cubana”  de carácter propagandístico. Retomé este tema en mi última novela, Morir en la Arena, porque es el tipo de novela que escribe mi personaje Raymundo Fumero y responde a esas condiciones de la época. 

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Esa primera novela la envié a un concurso literario en Cuba y, según me dijeron los jurados, iba a ganar el premio, pero los organizadores no lo permitieron. Por eso se publicó en México en el año 1991 con una pequeña editorial de la Universidad de Guadalajara. 

Muy pronto establecí una relación con mi actual editorial española Tusquets y fue una ventana hacia la libertad, hacia la posibilidad de escribir sin tener que pensar que mis libros, necesariamente, iban a pasar por filtros institucionales cubanos para ser publicados en Cuba. 

Mis libros son publicados en España y, en muchos casos, se ha  logrado que después se publiquen en Cuba, porque los libros españoles no circulan  ya que el precio sería inalcanzable. Se han publicado varias de mis obras por editoriales cubanas, pero las últimas cuatro  ya no se han publicado en Cuba, me dicen que por falta de papel, pero creo que es por falta de voluntad.   

Trabajaste como periodista y cuentas que esa experiencia te hizo mejor escritor. ¿Fue así que surgió tu querido personaje, el detective Mario Conde? 

No tanto en el periodismo que hice con mucha intensidad entre el año 83 y 89 cuando trabajé en un vespertino y publicaba reportajes largos de investigación histórica, cultural. Escribí allí la historia del barrio chino de La Habana, sobre la Virgen de la Caridad del Cobre que es la patrona de Cuba, sobre el Ron Bacardí, acerca de los franceses en la zona oriental de Cuba con la siembra de café. Esa etapa fue importante para mí porque me permitió ensayar lenguajes, estructura, conocer mucho mejor mi país.

Durante esos años,  escribí mucha crítica literaria de literatura policial, especialmente  acerca de esa novela policial revolucionaria. Hice críticas demoledoras de esos libros y me di cuenta de lo que no quería escribir. Tuve la oportunidad de aprender que existía otro tipo de literatura policial por algunos libros publicados recientemente en España, principalmente, que llegaron a  una biblioteca que se abrió por aquellos años, en Cuba. Luego empecé a viajar a España y pude leer obras que me enseñaron otra manera de escribir literatura policial: Manuel Vásquez Montalbán, Juan Madrid, Andreu Martín, todos españoles y los hispanoamericanos Osvaldo Soriano, Ricardo Piglia. Ellos me inspiraron el modelo que yo podía intentar hacer. Escribir una literatura con carácter social que fuera policial, pero que fuera, sobre todo, literatura. No tenía que ser solamente la descripción de una investigación criminal, sino  una investigación social. 

La novela negra te aseguró un premio importante que es el Dashiell Hammett, pero además te abrió la puerta al cine. Cuéntanos de tu experiencia con  Cuatro estaciones de la Habana.

El premio Dashiel Hammett se otorga durante la semana negra de Gijón que es el evento de novela negra de más prestigio. Lo gané dos veces y ya nunca me lo han vuelto a dar. No sé por qué, pero tengo muchos otros premios, creo que más de cincuenta. Algunos muy importantes, no solamente por mis novelas de carácter policial, sino por mi literatura en general.

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Las Cuatro estaciones de La Habana fue una experiencia de cine cubano porque la historia, los actores, los guionistas son cubanos, pero todo lo demás es español. Una productora y un director españoles que propiciaron las cuatro películas. Los guiones los escribimos mi esposa y yo, tratando de respetar la esencia de las novelas, pero como una adaptación para el cine porque la literatura tiene códigos que no son, para nada, los mismos que los cinematográficos. Esa serie llegó a Netflix, a través de los distribuidores franceses Wild Bunch. Nosotros nunca tuvimos una relación con Netflix, ni siquiera una relación tan elemental como la económica, ya que no recibimos ni un centavo. 

La ciudad de La Habana es un personaje central en tu obra. ¿Qué significa para ti la ciudad de la que nunca has querido alejarte?

La Habana es mi ciudad. Sigo viviendo en la misma casa en la que nací, en el mismo barrio. Mi libro Ir a La Habana, es un acercamiento personal, literario, histórico, sentimental a ese espacio urbano donde yo soy la persona que soy. La Habana es el espacio al que pertenezco espiritual y culturalmente. 

Mis historias se desarrollan fundamentalmente allí, en ese espacio y, aún cuando en ellas los personajes se desplacen a otros sitios culturales o históricos, siempre regresan a La Habana. Se parte de La Habana y se regresa a La Habana. Se parte de Cuba y se regresa a Cuba. 

El hombre que amaba a los perros empieza en Cuba cuando un escritor que ha sido marginado en los años 70, como hablábamos antes, se encuentra con un señor que pasea a dos perros por una playa de La Habana y allí empieza toda la historia. Y así ocurre en cada una de mis novelas. Siempre está presente, y no solamente la ciudad actual, sino también la histórica. En La novela de mi vida, hablo de La Habana del XIX con el personaje de José María Heredia, En Personas decentes, está La Habana de principios de siglo XX con el personaje de Alberto Yarini.  Creo que una ciudad son muchas ciudades que se van sucediendo en el tiempo, se van sumando y así se va consolidando la ciudad del presente.  

¿Hay una memoria viva en los lugares que habitamos?

Sí. No podemos prescindir del pasado porque llegamos al presente gracias a lo ocurrido en el pasado. No creo que la gente viva mirando al pasado. Y más en Cuba, donde la sobrevivencia cotidiana es tan complicada y la gente tiene que resolverse el día a día para poder sobrevivir. 

Para mí, por ejemplo, vivir en el mismo barrio de mi infancia tiene que ver con decisiones más cerca de las condiciones sociales. Hubo una época en la que no era posible comprar una casa en Cuba. Desde hace unos diez años para acá, se puede hacer. Entonces cada quien vivía donde podía. Donde yo pude fue en esa casa, la que fue de mis padres. Mi esposa y yo construimos un segundo piso y allí nos sentimos muy bien. Tengo mi patio y fíjate si ese patio es tan importante para mí que allí están enterrados todos los perros que he tenido en mi vida. Pues he tenido muchos  y los he querido mucho.

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En cuanto a mis amigos, muchos han muerto, otros ya no están allí, donde vivimos juntos, se han movido por el mundo. Yo sigo allí. Estoy como el dinosaurio de Monterroso: cuando despertó, yo todavía estaba allí.

Tu generación  que pasó por todo el experimento social de Cuba es muy importante en toda tu obra.  ¿Que aporta la literatura a la comprensión de la historia, vista desde la subjetividad de la memoria?

Has dicho la palabra clave: memoria. En mi caso, yo tengo plena consciencia de eso. Trato de rescatar memorias que pueden perderse y, desde el presente, trato de hacer una memoria para el futuro. Todos los poderes esquilman la memoria y, dejan por su puesto, valoran, promueven los eventos que sirven para apuntalar su proyecto. Muchos acontecimientos quedan en el olvido. En la época en que hice periodismo en los años 80 escribí mucho acerca de esa historia no oficial, que pueden ser cosas como hallar en el mar una pequeña esfinge que se ha convertido en la patrona de Cuba, la madre espiritual de los cubanos, la Virgen de la Caridad del Cobre. 

En mis novelas hago un recorrido de la memoria, muy generacional. Morir en la arena es una novela que lo demuestra, pero en todas aparece esa mirada que recupera  los procesos sociales y humanos que hemos vivido, algunos muy traumáticos y otros muy positivos. Mi generación creció en un país donde tuvo oportunidades importantes de estudio y superación. Somos, mayoritariamente universitarios. El problema es que, a veces, le enseñas a leer a alguien y después le dices qué libro debe leer. Allí es donde empiezan a no funcionar bien las cosas. 

En tu obra, la amistad es uno de los temas tratados con más profundidad y recurrencia. Una especie de solidaridad que ayuda a sobrevivir, pero también un vínculo que surge de las memorias compartidas, el proceso vivo de transformación social de Cuba. 

La amistad es un valor universal, importante en todas las sociedades. Lamentablemente, en el mundo va perdiendo el protagonismo que tuvo en otras épocas. Siento que cada vez las personas valoran más su individualidad, aunque después ansíen relacionarse a través de las redes sociales. La gente es hoy más solitaria, menos gregaria de lo que éramos. 

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Esa manera de vivir en colectivo, de tener expectativas comunes de relacionarse, pasa por tener viejos amigos. Un viejo amigo es aquel a quien uno no tiene que preguntarle cómo es su mamá, porque uno la conoce. Ese es un valor humano importante y por eso trato de reflejarlo en mis obras. Los amigos son personajes que se apoyan en una relación de camaradería y que, personajes como Mario Conde lo practican de una manera casi fundamentalista. 

En  Como polvo en el viento, vemos a los cubanos en esa suerte de destierro que es la diáspora. ¿Qué ha significa para la identidad cubana este proceso social que se repite hoy, y que fue tan bien narrado por Gutiérrez Alea en Memorias del Subdesarrollo o por Reinaldo Arenas en Antes de que Anochezca?

Cuba es un país del que mucha gente ha emigrado. También fue un país que recibió muchos migrantes, en determinados momentos. A partir del triunfo de la Revolución, se han producido olas migratorias importantes. La primera fue al principio, después hubo otras menos nutridas a lo largo de los años 60. En el año 80 se produce el éxodo del Mariel: 120 mil cubanos salen en cuatro meses. Y así, se han ido sucediendo las olas migratorias, la más reciente a partir del año 2021, al terminar la pandemia, durante alrededor de tres años salieron de Cuba un millón doscientas mil personas. 

En Como polvo en el viento yo hablo de la diáspora de mi generación. Me interesaba mucho hablar de cómo, por distintas razones y buscando distintos destinos, por distintas motivaciones, muchos habían salido del país. Y cómo intentan reconstruir su vida fuera de Cuba. Unos, sin mirar atrás; otros, sin perder la relación con el país. Y cómo el  vínculo de amistad, del que hablábamos antes,  puede sostener la relación. Están en distintos lugares, pero la amistad se mantiene. 

Varios de esos personajes vuelven a Cuba porque uno de los amigos va a morir. En un proyecto cinematográfico acerca de esta novela, la productora quería eliminar este pasaje. Yo me opuse porque el retorno es la manera que tienen  de redimir el dolor. Regresar, no por una cuestión política o económica, sino por una razón humana. 

Has dicho en alguna de las entrevistas que Morir en la arena, tu obra más reciente, uno de los temas centrales es  la redención.  ¿Por qué te interesó abordar de nuevo este tema y por qué ahora?

En Morir en la arena, el tema de la redención fue creciendo en la medida en que construía la historia. Me di cuenta de que estos personajes necesitaban recuperar algo. Como sabes, la palabra redención significa la recompra de la libertad de un esclavo. Es un proceso importante, en la medida de que queremos recuperar una pérdida.

 En esta novela, el personaje que genera el conflicto dramático  es Eugenio, el hermano mayor de Rodolfo que cometió un parricidio. Su redención queda en suspenso porque está mediatizado por la necesidad de perdón. ¿Hay perdón? ¿Es perdonable su crimen? Y, en esa medida, ¿es redimible el personaje?. Estas preguntas fueron dándole densidad a la novela. El miedo, el perdón, la redención, el destino y la predestinación, la soledad y el amor, la violencia son elementos que atraviesan una historia que fluye bastante bien.  

¿Tu generación también anda en busca de una redención, después de una vida de procesos históricos importantes?

No sé si mi generación anda en busca de una redención. Lo que sí sé es que andan en búsqueda de una sobrevivencia. Son gente que ha llegado a una edad en la que comenzar de nuevo es muy difícil, alrededor de setenta años, se jubilan esperando un dolce far niente, como dice un personaje de Morir en la Arena. Recibir de la sociedad la recompensa por que se le ha entregado. Pero,  se encuentran con que, lo que reciben, no les alcanza para vivir. Eso es humillante, es desgastante, es doloroso. Y allí está ese retrato de Rodolfo, Nora, Pedro y otros que viven en condiciones muy difíciles, teniendo que buscar estrategias de supervivencia. 

En alguna de las entrevistas que has dado hablas del tema de las remesas y la dependencia que tienen muchos de ellas. 

El tema de las remesas es universal y muy latinoamericano. Es una realidad que las personas que no pueden sostenerse con sus pensiones y sus salarios, dependen de ellas. Se trata de un sistema que está conectado. Hablábamos antes del exilio y la diáspora, de la amistad, del vínculo entre las generaciones. Esto está conectado con las remesas. Forman parte de esta interconexión que es social. 

La gente debería entender que lo más importante, dentro de las cosas importantes, es la vida. Y, que la vida debe ser posible vivirla con dignidad. La sobrevivencia es un tema universal. 

¿Crees que la revolución no les permitió a los cubanos una sobrevivencia con dignidad?

Creo que lo intentó, pero no lo ha conseguido, por muchas razones. Algunas son causas externas, porque el bloqueo económico norteamericano es real, incluso existen leyes que lo han codificado y también existe una ineficiencia económica nacional que ha contribuido a que la gente viva en esas condiciones. 

Finalmente, la gran pregunta. El esfuerzo y el sacrificio revolucionario, una vida después: Pareciera que las nuevas generaciones anhelan volver a creer en la utopía, porque afuera de los ideales solo nos quedan los fascismos y el capitalismo rapaz. ¿Qué puedes aconsejar a los jóvenes acerca de la utopía?

No me atrevo a aconsejar a los jóvenes. Lo que sí pienso es que sería importante refundar una utopía en la que podamos tener, a nivel universal, una vida más digna y mejor. El mundo es cada vez más desigual, más fundamentalista, en el sentido económico, político, religioso, social. Creo que vamos encaminados hacia algo que a mí me provoca un cierto temor. Sociedades muy atomizadas, en las que el  «sálvese quien pueda» importa más que el  «vamos a salvarnos todos juntos». Como pasó con el Titanic: los que pueden coger un bote se salvan y los que no se joden. Debemos intentar que el Titanic pueda llegar a ese puerto que es una vida mejor. 

Y viniendo de vuelta de un proceso revolucionario, ´¿cómo se ve la utopía?

Lo que yo sé es que cuando se refunde una utopía que se haga pensando en no cometer los errores que se han cometido. Si de verdad vamos a construir la sociedad de los iguales, que sea con el máximo de libertad y con el máximo de oportunidades y, sobre todo, que respetemos las esencias del juego democrático.

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