«El primer contingente de turistas procedentes de Quisyanland vino en dos enormes naves aéreas que aterrizaron en el aeropuerto de Cuahutemallán. Eran exactamente mil. Fueron embarcados en largos y cómodos autobuses y dieron inicio a lo que se anunciaba en sus documentos de propaganda como “La Ruta Maya”». (p. 272).
La novela Tikal Futura, Memorias para un futuro incierto (novelita futurista), de Franz Galich, está ambientada en una distópica ciudad centroamericana dividida en la urbe lujosa «de arriba», asentada sobre gigantescos pilares de pasos a desnivel a kilómetros de altura; y la abyecta y peligrosa ciudad «de abajo», submundo plagado de delincuentes y adictos al rogua, donde el cielo polucionado es de color coca-cola y de cuyas cloacas cada día emergen miles de obreros y empleadas domésticas que sirven en la superficie. Tal orden de las cosas es diligentemente sostenido y aprovechado por una élite de corporativos inmobiliarios, funcionarios voraces y representantes del imperio Quisyan (al autor le gustaba cambiar de lugar las sílabas), quienes se benefician del trabajo de villa miseria mientras transan y alucinan en casas de citas donde dan y reciben de todo, por delante y por detrás. Drogas, violencia, desenfreno. Nada raro: narrativa centroamericana de cambio de siglo, después de todo.
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Tikal Futura parece reflejar su nombre en los cristales de uno de los primeros edificios con pinta de rascacielos que se construyó en Ciudad de Guatemala a mediados de los noventa. A partir de esta edificación parece que la ciudad agarró furia. Más furia. Furia de concreto y asfalto. La novela, escrita en los primeros años del siglo veintiuno, quedó inconclusa. Sin embargo, es una muestra de la imaginación de su autor, quien no pudo controlar el envite narrativo a través de la acumulación de personajes, tramas, capítulos e hilos que quedan sueltos al llegar a la última página. Da la impresión que estaba divirtiéndose en su escritura, sin tener un plan claro de a dónde quería llevar la historia. Es demasiado. Se trata de un relato caótico. Desbordado. Como la ciudad real. La ciudad del presente.
Franz Galich nació en Amatitlán en 1951 y falleció en Managua en 2007, lugar de su exilio desde los años ochenta. La militancia contra los desmanes del presidente Sacul lo obligó a dejar su país. Fue autor de numerosos cuentos y novelas. Gustaba escribirlas a mano, con una letra de molde ancha y redonda que también rebalsaba el papel. Sus relatos retratan ciudades fracturadas después de sus respectivos conflictos. Entre los escritores de la época, su voz se une a la de quienes se fijaron en lo que trajina marginalmente en las calles. Ciudad de Guatemala y Managua, cada una a su modo, aparecen como urbes esperpénticas, torcidas, archipiélagos sociales en estados de violencia política, callejera, doméstica y también subjetiva. Tierrapaulitas sci-fi, pero sin magia, tecnotropieróticas.
Las metrópolis de su ficción están habitadas por sicarios, insurgentes, indigencias y políticos mafiosos que confabulan con el crimen organizado. La violencia masculina es estridente. Los personajes hombres, machos estrepitosos, retratan una estructura que genera sujetos heridos, destructivos y autodestructivos, sea cual sea su posición ideológica.
Desearía que las fabulaciones centroamericanas de ciencia ficción audazmente especularan con otro tipo de ciudades y futuros. Urbes diáfanas y verdes, no de antihéroes, submundos de hormigón y violencias estructurales; sino de comunidades pilas y organizadas que aprovechan la energía solar, limpian sus ríos y plantan árboles entre tecnologías e ingenierías simbióticas para beneficio colectivo, ese tipo de tramas a lo solarpunk.
Tal vez no serían novelas tan entretenidas (o tal vez sí), pero es que la ciencia ficción convencional, cuando se pone pesimista, en su afán de imaginar futuros ominosos tiene la maña de dar en la diana años después.
En una capital del presente, nuestra Ciudad Futura, los de arriba se empeñan en imponer vías «ágiles» y mecanismos colgantes. Se sospecha que no se hace necesariamente para mejorar la vida de los habitantes y solucionar los problemas de movilidad; sino para generar plusvalía en sus proyectos inmobiliarios, atiborrar cuentas privadas a costa de las carencias públicas y, acaso, para evitar a los turistas del mañana la molestia de toparse con los de abajo. Ojalá pudiéramos ser bien pensados y tener confianza, pero como a Galich, la realidad nos da material para imaginar todo lo contrario.
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Galich, Franz. Tikal Futura, F&G, 2012.
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