La tibieza como acto de cuidado: aquello que, contra toda intemperie, mantiene el calor y lo distribuye. Porque lo que termina de incendiarse, una vez ceniza, no puede estar más frío. Hay tibiezas, en cambio, que son como la servilleta del canasto: mantienen calientes las tortillas.
Sabrosos los huevitos tibios que me hacía mamá cuando estaba indispuesto de la panza, ni crudos ni muy cocidos; tibia la pila de compost, donde la materia orgánica se transforma cálidamente en humus nutricio; a la distancia correcta, todo fogón es tibieza que abraza (con z) y protege del frío. Pienso en el poyo que calienta el hogar. O el sol.
En la tibieza hay un calor protegido, siempre con mucho esfuerzo, a veces a duras penas. Hay tibiezas, invito a pensar, que son formas de resistencia. Envoltorios. Atmósferas que posibilitan el mantenimiento de la calidez.
Voy a arder, ya sé. Más de alguno me mandará a la tiznada por lo que estoy diciendo, pues lo tibio tiene mala fama y con razón.
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El término se usa para condenar la falta de compromiso, la cobardía, la indecisión o la indiferencia. Herencia bíblica: «¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero en cuanto eres tibio [...] te vomitaré de mi boca» (Apc 3:15-16). Dante puso en el vestíbulo de su Infierno a los «tibios», es decir, a los que nunca se comprometieron con nada, quienes no fueron fieles ni rebeldes, «¡almas que vivieron sin infamia ni aplauso! [...] que cobardemente la gran renuncia hicieron de su estado». No las quiere ni dios ni el diablo.
Pero esas almas más bien parecen heladas, ¿no? Entumecidas.
Es que no todos estamos llamados a encender piras. Pocos son los invocados a hacer combustión. De hecho, los más se esfuerzan en conservar el calor de sus hogares y guarecerse del frío. Y gracias a su cautela, a que cuidaron una lumbre, podemos decir que muchos estamos aquí. No fue falta de compromiso, neutralidad o cobardía. En las intemperies más severas, se las arreglaron y resistieron para conservar el calor de los suyos.
En las tibiezas activas se protegen los fuegos, las energías transformadoras, posibles gracias a que alguien cuidó las brasas cuando el mundo se helaba o logró resguardar sus vigas cuando la montaña ardía.
Verdad que lo tibio también corre el peligro de enfriarse. En ese caso, aquello que los «incandescentes» mejor pueden hacer es no arremeter contra los «tibios», sino contra los «gélidos», los que verdaderamente son indiferentes, violentamente cobardes y tienen ateridos el corazón y la cabeza (algunas bastante eficaces, por cierto, debido a que actúan con la mente fría). Aquellos que si alguna vez deflagran, tras de sí solo dejan escoria.
Pero a riesgo de que ciertas tibiezas, las más vulnerables, verdaderamente pierdan temperatura, los «fogosos» deberían rajar ocote y compartir su leña, no azotar con ella. Y es que en un mundo que éticamente se congela, cuando se llama despectivamente «tibio» a alguien, acaso se contribuya a enfriarlo. Lo que necesita ese «atemperado» es recordar de dónde viene su combustible, el cual, se sabe, usará no para incendiar su casa, sino para calentarla, para mantener vivo el fogón.
No me quemen, muchá. Esta es una invitación a pensar desde otra perspectiva las tibiezas. Pero si hay algún «inflamable» echando humo por lo que escribo, más le vale organizarse, participar y estar dispuesto –de verdad– a chamuscarse para dar sentido y dirección a su ardimiento. De otro modo, sin acción ni organización colectiva, tanto hervor no pasa de pirotecnia. Llamarada de tuza.
Yo también quisiera ver algunos ánimos arder. Pero mientras tanto, en su particular forma de valentía y resistencia, invito a pensar en la tibieza un calor protegido: un hogar resguardado para que el fuego no se apague.
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