La falta de estadísticas confiables sobre migración alimenta la incertidumbre y el temor por la agresividad de las políticas de Trump.
Por un lado, quizá el más importante, las hermanas y hermanos migrantes centroamericanos que viven en situación migratoria irregular en los Estados Unidos tienen temor de ser víctimas de la brutalidad de ICE y de los horrores que se reportan en las redes sociales. Que se vuelva realidad la pesadilla de ser perse...
Por un lado, quizá el más importante, las hermanas y hermanos migrantes centroamericanos que viven en situación migratoria irregular en los Estados Unidos tienen temor de ser víctimas de la brutalidad de ICE y de los horrores que se reportan en las redes sociales. Que se vuelva realidad la pesadilla de ser perseguidos y encarcelados, pese a que lo que hacen no es más que trabajar duro y honradamente, logrando con ello, incluso, un muy valioso aporte a la economía estadounidense.
Por otro lado, en Centroamérica crece el temor de que la deportación y medidas como el impuesto que cobró vigencia al inicio de 2026, generen una caída en las remesas. En 2025 las remesas representaron en Guatemala alrededor del 21 % del Producto Interno Bruto, 27 % en El Salvador, 30 % en Honduras y Nicaragua. En términos absolutos, Guatemala es la principal receptora de remesas con US$25,530 millones, arriba de los casi US$10,000 millones recibidos por El Salvador, US$12,212 millones en Honduras y US$6,100 en Nicaragua.
En Guatemala, este enorme flujo de remesas ha mantenido la cuenta corriente de la balanza de pagos en posición superavitaria por más de una década, superando el déficit de la balanza comercial (la diferencia entre importaciones y exportaciones). Es decir, las remesas superan por mucho a las exportaciones, a la inversión extranjera o al turismo, lo que se refleja en una estabilidad del tipo de cambio entre el quetzal y el dólar estadounidense, que pocas veces se le adjudica, menos se le agradece, a las hermanas y los hermanos migrantes.
Estos datos evidencian que el sector externo de las economías centroamericanas se ha venido sosteniendo estables gracias a las remesas, mientras que el cacareado crecimiento económico cada vez le debe más a las remesas. La descomunal magnitud de la forma en la que Centroamérica depende de las remesas alimenta el temor de que un cambio brusco podría generar desastres macroeconómicos.
¿Cuánto resistirían las economías centroamericanas si se llega a producir un desplome en las remesas? Seguramente los canales de transmisión de la crisis serían, primero, un desequilibrio cambiario catastrófico, lo cual generaría una crisis en las balanzas de pagos, incidiendo en el sector real, es decir, golpeando el crecimiento y, con ello, aún más pobreza, desigualdad y sufrimiento.
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Por todo esto es que resulta crítico saber qué es lo que realmente está ocurriendo. En enero y febrero de 2026, Guatemala reporta que las remesas siguen creciendo, aunque a una tasa notoriamente inferior a la de años anteriores. Esto plantea preguntas fundamentales: ¿esta desaceleración anticipa una eventual caída o indica que el crecimiento continuará, pero a ritmos más bajos, dado que en 2025 los migrantes adelantaron envíos ante las expectativas de un nuevo impuesto y otras medidas del gobierno de Donald Trump?
Más allá de las preguntas asociadas a las preocupaciones macroeconómicas, quizá son más importantes otras, las del lado humano del drama migratorio: ¿ha parado el flujo migratorio irregular centroamericano, y es verdad que la frontera sur estadounidense está «cerrada»? O, ¿el flujo migratorio irregular continúa? En caso afirmativo, ¿se ha incrementado, permanece prácticamente invariante o está desacelerándose? Además, ¿cuáles son los datos actuales de detenciones y deportaciones de migrantes centroamericanos?
Pese a la importancia crítica y vital de responder estas preguntas, hoy ha descendido un manto de opacidad sobre la información del fenómeno migratorio. Las autoridades estadounidenses se niegan a publicar información actualizada y verificable. Los datos disponibles, como los citados de la recepción de remesas, aún resultan escasos o incompletos para extraer conclusiones con sustento técnico robusto. La debilidad histórica y estructural de los sistemas estadísticos centroamericanos no están compensando este nuevo vacío de datos. Informes desde lo local sugieren una posible disminución del flujo migratorio, pero enfatizan que la migración se está tornando aún más invisible, y que, ante las amenazas, los migrantes están usando rutas más secretas, más peligrosas y caras. En todo caso, estas escasas fuentes de información sugieren que la frontera estadounidense está cualquier cosa, menos cerrada.
La opacidad del gobierno de Trump al no publicar datos actualizados y confiables, y la falta de estadísticas rigurosas y creíbles en Centroamérica, tiene prácticamente a ciegas a los sectores con responsabilidades en el fenómeno migratorio.
Ante semejante incertidumbre, las acciones, los posicionamientos y las decisiones en todos los ámbitos relacionados con la migración deben ser más prudentes y maduras.
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