La historia de la humanidad está plagada de errores de cálculo militar que resultaron en tragedias. Ejemplos son la derrota del ejército romano en Teutoburgo en el año nueve, luego de que Publio Quintilio Varo fuera emboscado al sentirse confiado de su superioridad militar sobre las tribus bárbaras germanas. La Batalla de los Acantilados Rojos en 208, en la que el poderoso ejército imperial chino del norte fracasó porque subestimó a los estados del sur. La arrogancia del rey inglés Eduardo II, derrotado por los escoceses en 1314, pese a gozar de superioridad numérica. La derrota de Napoleón en Rusia en 1812.
En el siglo XX, la derrota de la Alemania Imperial en la Primera Guerra Mundial, luego de que los estrategas germanos se equivocaran pensando que lograrían victorias rápidas en una guerra corta. Las derrotas de la Alemania nazi y del Japón imperial durante la Segunda Guerra Mundial, potencias que, envalentonadas por espectaculares victorias al inicio del conflicto, sobrestimaron sus fuerzas y capacidades, y siguieron creyendo que podrían seguir logrando victorias rápidas en una guerra expansionista corta.
La derrota de Estados Unidos en Vietnam demostró que el poder tecnológico y económico no son suficientes para derrotar a un pueblo determinado y convencido de la legitimidad de su lucha, como el vietnamita. Un pueblo que contaba ya con muchas décadas de resistencia ante el dominio imperialista y colonialista japonés y francés. El desastre militar que sufrió la Unión Soviética en Afganistán, de nuevo, por la confianza arrogante y excesiva en su capacidad tecnológica bélica.
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Esta lista, que pareciera demasiado larga, en realidad es brutalmente corta para la cantidad de ejemplos históricos. Sin embargo, pese a su abundancia, la humanidad, pero especialmente los líderes políticos cuando se tornan arrogantes y necios, parece que siguen sin aprender las lecciones históricas. Es casi seguro que el orgullo y la arrogancia que sentía Publio Quintillio Varo hace 2,017 años al ver las catapultas, las armaduras y todo el equipo bélico que las legiones romanas usaban entonces, es exactamente el mismo que los primeros ministros y los presidentes de hoy sienten cuando ven los cazas F-35 de quinta generación, los drones, los sistemas robotizados y las aplicaciones militares de la inteligencia artificial.
Pese a la abismal diferencia tecnológica de más de dos milenios, el error humano es exactamente el mismo.
La historia nos ayuda a entender que Irán no es Venezuela. Que la intervención estadounidense en Venezuela haya sido exitosa al secuestrar al presidente Maduro no es garantía de que los bombardeos israelíes y estadounidenses en Irán –y el asesinato del ayatolá Jameneí y de su dirigencia militar– vaya a tener éxito. Este error de proporciones históricas tiene al mundo entero en una crisis que, ya lo sentimos, no nos es ajena en Guatemala. La sentimos dura, muy cerca y a diario.
La historia no es el recuento estéril de hechos acaecidos hace décadas, siglos o milenios. Son lecciones que nos ayudan a entender por qué están ocurriendo desastres cotidianos, como que en Guatemala el precio del diésel amenaza con alcanzar los Q50 por galón.
No hay que ser un gran genio o estratega para entender que lo inteligente y sensato es terminar con esa guerra lo antes posible, y empezar a frenar la crisis económica global. Continuar esa guerra solo puede ser una muestra de necedad y egoísmo al continuar negando el peso de las lecciones de la historia. Rectificar es el crisol que distingue a los estadistas de los tontos y necios.
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