Hace algunos días decidí ir al cine para terminar de ver las películas nominadas a los premios Óscar. Debo de confesar que tenía mucho tiempo de no asistir a una sala de cine, una de las razones es que la mayor parte de la oferta tiene que ver con películas extremadamente comerciales que, siendo sincero, no es lo que prefiero. Pero esta vez aproveché las tres únicas funciones en las que se iba a proyectar la película brasileña El agente secreto, thriller político escrito y dirigido por Kleber Mendonça Filho.
Mi sorpresa fue encontrarme solo en la enorme sala de proyecciones. Quizá la hora o la naturaleza misma de la película, pero ahí estaba sentado justo en medio de aquellas butacas vacías que daban una sensación de abandono o bien algo similar a una escena postapocalíptica, en donde los humanos son desaparecidos por alguna fuerza desconocida. Tuvo su encanto, eso sí.
Esta experiencia me sirvió para reflexionar en lo que el cine puede provocar; yo, por ejemplo, le debo a las películas que he visto —muy pocas para lo que en realidad quisiera— oportunidades para hacerme preguntas, para entender, por qué no, mis orígenes y los profundos problemas que nos atraviesan, pero también ha sido una posibilidad para descubrir música, para amarrarme a un libro o simplemente para pasar un momento sin mayor pretensión que distraerme.
El arte, al final, es una oportunidad para cuestionarnos, pero también para aprender a ver el mundo desde otras formas; una sociedad que resguarda y fomenta su patrimonio más importante –el conocimiento y la conciencia– tendrá mejores argumentos para resolver sus núcleos problemáticos y para motivar algo que también hemos perdido: el derecho al ocio y al entretenimiento.
Mientras me veía en aquella sala de cine dotada con equipo de alta tecnología pero vacía, pensaba en lo importante que es la cinematografía para un país. Por supuesto que desde su ámbito económico es vital, pero más allá de eso, desde su importancia como catalizador y generador de imaginarios y narrativas más cercanas a nosotras y nosotros, pero también como un vehículo para que en otras latitudes del planeta puedan aproximarse a entender cómo es la vida en este país centroamericano.
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Guatemala posee una amplia legislación en materia cultural, gracias a muchos esfuerzos de profesionales y grupos organizados de artistas, gestores culturales, abogados y gente de diversos conocimientos que han entregado su vida para que el Estado preserve y fomente la cultura; según el abogado y experto en legislación cultural, Max Araujo, existen al menos 500 normas contenidas en leyes ordinarias, convenios y convenciones ratificadas por Guatemala, Acuerdos Gubernativos, Acuerdos Ministeriales y de otras dependencias que crean derechos y obligaciones en materia de cultura, así como en otras normas jurídicas de otros Derechos ( laboral, penal, administrativo, fiscal, etc) que se relacionan con el quehacer cultural de las personas naturales y jurídica.
Pero en un país con tantos temas pendientes, tantas exigencias, altamente polarizado y cerrado al diálogo, a pesar de esa vasta legislación, la cultura siempre será abordada como un asunto de segunda categoría. Por eso, proponer una ley de cine no es para nada desquiciado, demeritar su importancia es restarle valor al derecho a la cultura como principio inicial para la dignidad de las y los habitantes de Guatemala.
Lamentablemente, como suele suceder, hay mucho desconocimiento sobre la iniciativa 5906 –Ley de cine–, que está pendiente de la tercera lectura en el Congreso de la República. Antes de emitir algún comentario, es importante leer detenidamente este proyecto de ley, que ha sido empujado por un grupo de cineastas bien organizados y con muchas ganas de que Guatemala ya no sea de los pocos países en la región que no cuenta con una ley para producir, financiar y difundir el séptimo arte.
Así se puede tener un juicio más claro, lejos de sesgos políticos e ideológicos, y entender que, si bien hay muchas otras cosas que merecen atención urgente, el fomento a la cinematografía –y a todo el sistema cultural– también es necesario. ¿Si no es ahora, entonces cuándo?
Termina la película y salgo en silencio pensando en lo que acabo de ver proyectado en aquella pantalla, saludo al chico que entra a limpiar una sala que solo yo utilice. Al llegar a casa encuentro una entrevista que CNN le hace al actor Wagner Moura en la que menciona que ningún país se desarrolla sin su cultura, sin su cine, su teatro, su literatura, porque eso es la creación de identidad, la creación de autoestima. Y estoy plenamente convencido de que así es, por eso: ¡Sí a la 5906!
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