El mundo moderno es un abanico de posibilidades que, generalmente, pasamos por alto porque esa es la estrategia: mucho contenido que termina consumiendo nuestra falsa idea de elegir en libertad. Pero ahí estoy, zapeando hasta que doy con una película que llama mi atención, empiezo a ver y con el pasar de los minutos me cautiva y enciende algo en mi interior: la necesidad de salir de inmediato a buscar imágenes, a ponerme de frente con el fenómeno poético, a recordar y tratar de ver la vida con otros ojos –fin supremo del arte–.
Buena parte de la propuesta cinematográfica del director chino Wong Kar Wai es una carga de elementos visuales que van tejiendo una suerte de sueño que el espectador ve y, principalmente, siente. Es un cine que toca las fibras más profundas: una especie de libro de poemas que contrasta con magistrales bandas sonoras —desde Nat King Cole hasta una hermosa versión japonesa de la famosa canción Dreams de The Cranberries—. Todo ello hace que la experiencia sea multisensorial y termine convirtiendo al observador en protagonista privilegiado de una secuencia de colores, imágenes, sonidos y frases que componen el universo que este cineasta ha construido desde hace varias décadas.
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El poco acceso a contenido audiovisual producido en otros lugares del mundo provoca que este tipo de cine se convierta, además, en una oportunidad para adentrarse en otra cultura que propone formas —para nosotros— distintas de entender la vida. Pero, al final, existen también sentimientos y emociones que superan cualquier frontera idiomática o cultural y confirman que la especie humana es la misma en su esencia más honda. No estamos solos en este profundo mar: alguien, a lo mejor en Tokio, escribe en este momento sobre este lugar que habito; alguien me imagina.
Después de terminar de ver varias de sus películas, tuve una compulsiva necesidad de salir de noche a mi ciudad y recorrerla despacio. Ver una ciudad de noche es como abrir una puerta a un mundo onírico que la mayoría de las veces olvidamos o simplemente ignoramos: mirar los rótulos, las calles iluminadas, las luces de los autos y ese movimiento que, a pesar de tratarse de una ciudad pequeña comparada con Hong Kong, permanece despierta y llena de particularidades que la convierten en territorio fértil para quienes desean ver más allá de lo obvio.
No quisiera recomendar ni es de mi interés enumerar las muchas singularidades que hay en las películas de Wong Kar Wai; más bien, quiero detenerme en la necesidad de buscar otras formas narrativas de entender el fenómeno de la observación y de cómo se puede contar una historia para que esa historia le dé sentido a las propias. Quien decide explorar la obra de este director se encuentra frente a la posibilidad de seguir creyendo, por qué no, en el amor como único recurso frente a un capitalismo que todo lo convierte en producto con fecha de caducidad.
En un mundo controlado por el mercado, la violencia y, ahora, políticas xenófobas, el arte, en todas sus manifestaciones, debe servirnos para encontrar otras formas de expresarnos y procesar esto que nos está tocando vivir. Entender, por ejemplo, que del otro lado del mundo hay también personas que aman, sonríen y salen a buscar el asombro en cualquier esquina.
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