Julio Numhauser ya lo había anticipado en su clásica canción Todo cambia, que inmortalizó la voz de Mercedes Sosa. El mundo de la música no es ajeno a este proceso de transformación constante, tal como lo demostró Bad Bunny en el último juego de la temporada de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL, por sus siglas en inglés).
Desde hace décadas, ese último partido de la NFL concentra la atención mediática, porque en el medio tiempo se produce un concierto que siempre es el foco de la atención, y en este 2026 el cantante puertorriqueño fue invitado a prepararlo, lo que desató una ola de controversias y críticas, especialmente en Estados Unidos.
Bad Bunny siempre ha sido objeto de críticas debido a su estilo poco convencional, que desafía a sus detractores: desde su forma de vestir —que ha causado revuelo en varias ocasiones—, pasando por su evolución musical, en la que ha explorado diversos géneros, hasta sus posturas corporales, su dicción a veces difícil de entender y unas letras que algunos consideran ofensivas y sexualmente explícitas.
Durante su concierto en el medio tiempo, el cantante fue fiel a su estilo desafiante: no solo se realizó casi por completo en español, sino que incluyó numerosas referencias políticas y culturales que pueden interpretarse como un desafío directo al actual gobierno conservador de Donald Trump, quien respondió de inmediato calificándolo como el peor espectáculo en la historia de la Liga Nacional de Fútbol Americano.
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Abundan en Internet los comentarios sobre el concierto: desde quienes elogian la capacidad del cantante para ofrecer un espectáculo que entretiene y, al mismo tiempo, denuncia, hasta quienes intentan demostrar que de revolucionario no tiene nada y enfatizan que, al final de cuentas, se trata únicamente de negocios e intereses comerciales cuidadosamente estructurados para vender. Al fin y al cabo —sostienen— es bien sabido que la controversia alimenta la vorágine consumista y mediática.
No pretendo hacer un análisis técnico de la música o del concierto de Bad Bunny, porque no tengo las credenciales para ello. Sin embargo, sí puedo opinar sobre su presentación como fenómeno social y político, partiendo de los hechos: su música desafía innegablemente el gusto tradicional, pero eso no le ha impedido convertirse en uno de los artistas de ascenso más meteórico de las últimas décadas. Hoy, Bad Bunny se ha consolidado como un fenómeno global que trasciende el mercado latino, un logro que, por sí solo, resulta impresionante.
Otro aspecto relevante es que, con su música, el cantante ha puesto en evidencia su conciencia social: logró que un problema antes restringido al ámbito de los ecologistas —el sapo concho— se convirtiera en un tema de discusión global. Además, consiguió que los internautas se interesaran por el pasado de Hawái y por las amenazas actuales que enfrenta la sociedad puertorriqueña. También atrajo la atención sobre las historias de numerosos personajes reales que viven, sueñan, luchan y se esfuerzan en sus respectivas realidades. Entre ellos destacan el abuelito tico que bailaba (Raúl Zúñiga), el propietario de una taquería (Víctor Villa) y la propietaria de un club latino de Nueva York (doña Toñita). Muchos de estos personajes fueron posteriormente mencionados por quienes analizaron el concierto.
Por supuesto, Bad Bunny no es un revolucionario ni un mesías: no se puede esperar que, en trece minutos, su música haga milagros. Tampoco se puede obviar que él forma parte de un entramado muy bien montado que hace más ricos a los superricos, tal como han señalado sus detractores.
No obstante, es importante mencionar que el cantante pudo dedicarse únicamente a entretener, sin afanarse por transmitir un mensaje político de fondo. Desde esa perspectiva, Benito Antonio Martínez Ocasio sigue marcando un antes y un después: sin importar lo que digan de él, mantiene la fuerza, la convicción y la seguridad que lo han convertido en un referente para millones de personas.
Bad Bunny es el mejor ejemplo de que, como escribió Julio Numhauser: «Cambia, todo cambia». Lo importante no es que sucedan transformaciones, sino cómo nos situaremos frente a ellas. ¿Estaremos a la altura de los nuevos tiempos, o seguiremos añorando lo que ya no existe?
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