Por eso, el cielo de Teherán, iluminado este 1 de marzo de 2026 por las detonaciones de una ofensiva conjunta entre Estados Unidos e Israel, no es una anécdota más: anuncia el funeral definitivo del derecho internacional.
La confirmación de la muerte del líder supremo, Alí Jameneí, en un ataque de precisión coordinado, marca el punto de no retorno de lo que los especialistas llaman una «guerra de elección», hoy impuesta sin filtros ni contrapesos. En el pasado, esos ataques no contaban con justificación válida: respondían simplemente al capricho o al interés de quienes los perpetraban.
Para entender este momento no se puede mirar el mapa de Irán de forma aislada, ya que este evento es el clímax de una secuencia de impunidad: el asedio crónico a Cuba, el cerco económico que asfixió a Venezuela, las amenazas de anexión de Canadá y de Groenlandia como territorio de interés, y la devastación sistemática de la Franja de Gaza por parte de Israel —donde el mundo asistió en directo a una destrucción que ninguna institución pudo frenar— han sido los laboratorios de este nuevo orden.
La lección ha sido clara: la soberanía es un lujo que solo los aliados del bloque hegemónico pueden permitirse. Ante tal panorama, ¿puede la comunidad internacional hacer algo más que condenar impotente el incidente?
La pregunta hoy suena casi ingenua, ya que tras años de resoluciones de la ONU ignoradas y tribunales internacionales desestimados como «políticos», la capacidad de acción multilateral se ha reducido a la retórica de la condena. Ante esa incapacidad de poner orden, las potencias emergentes (Rusia, China y el bloque BRICS) se limitan a denunciar la «catástrofe», pero el sistema de frenos y contrapesos está roto, ya que la salida de Estados Unidos de múltiples agencias de la ONU y su desdén por el consenso en Davos 2026 han dejado al mundo sin un árbitro legítimo.
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Lo que nos augura este ataque es un mundo de esferas de influencia puramente militares o de amenazas de acciones unilaterales, tanto políticas como económicas. Ya no se trata de diplomacia coercitiva, sino de un cambio de régimen mediante la fuerza bruta («decapitación de liderazgo»), por lo que los riesgos para la vida cotidiana son inmediatos: una economía de guerra donde unos pocos ganan y todos los demás pierden. Por ejemplo, el bloqueo del estrecho de Ormuz ya afecta al 20 % del petróleo mundial, lo que evidentemente dispara la inflación global.
En ese sentido, se perfila el mundo como una era de la asimetría total, ante la imposibilidad de una defensa aérea, la respuesta será el caos asimétrico a través de satélites y milicias regionales.
Lo más irónico es que el vacío de poder en Irán no garantiza democracia, sino una fragmentación que podría derivar en un control militarizado aún más radical (el llamado «IRGCistán»). Pero a los agresores eso les importa poco: lo que más les importa a Trump y a Netanyahu no es la liberación del pueblo iraní, sino dar un golpe de autoridad para demostrar que son los «nuevos matones» del barrio mundial; el «bullying internacional» es ahora una dolorosa realidad.
Para concluir, asistimos al fin de la «pax neoliberal». El nuevo orden internacional no se escribe en tratados, sino en el alcance de los misiles hipersónicos y los drones de bajo costo. Si la comunidad internacional no es capaz de refundar un sistema donde la fuerza no sea la única fuente de legalidad, el destino de cualquier nación que decida no alinearse será el mismo que hoy vemos en las pantallas: el fuego de un ataque que nadie quiso o pudo detener.
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