Al igual que otros intelectuales que nos han dejado estos años, la partida de Habermas es lamentable, debido a que no es solo una pérdida académica, sino la partida de una mente lúcidamente comprometida con la democracia. El Heredero más brillante de la Escuela de Frankfurt nos deja en un 2026 donde la acción comunicativa —su gran apuesta— parece haber sido reemplazada por el uso de la amenaza y de la fuerza como forma privilegiada de hacer política, tal como nos demuestran tanto Putin como Trump o el mismo Netanyahu
Habermas dedicó su vida a una idea tan simple como revolucionaria: la legitimidad de una democracia no reside en el número de votos ni en la fuerza de sus ejércitos, sino en la deliberación. Apostó a que la forma de resolver los problemas era la comunicación. El lenguaje no era solo una herramienta para transmitir información, sino el espacio donde los seres humanos podían alcanzar acuerdos racionales, libres de la insidiosa coacción.
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En su obra cumbre, Teoría de la acción comunicativa, Jürgen Habermas advirtió sobre la «colonización del mundo de la vida»: ejercicios aparentemente comunicativos que usan el diálogo como distracción, porque se basan en el engaño y la dilación. Donald Trump, negociando con Irán justo antes de su ataque, es un ejemplo de cómo el sistema utiliza el lenguaje para engañar, imponer y distraer.
Hoy esa advertencia es una realidad palpable: muchos actores buscan imponer su voluntad mediante una combinación de mentiras y coacción, como ocurre con Nayib Bukele en El Salvador, una estrategia que está destruyendo la base misma de la convivencia humana: la capacidad de reconocer al «otro» como un interlocutor válido.
Frente al autoritarismo que hoy resurge, la democracia deliberativa de Jürgen Habermas propone que las normas solo son justas si son el resultado de un diálogo abierto, donde el único poder aceptable sea «la fuerza del mejor argumento». Su legado incluye varios elementos: la apuesta por la ética del discurso; el recordatorio de que la verdad no se impone, se construye colectivamente; la propuesta del patriotismo constitucional, una alternativa al nacionalismo excluyente basada en el apego irrestricto a los principios de inclusión universal; y la construcción de una esfera pública incluyente, espacio de encuentro de la diversidad y pulmón necesario para que la democracia pueda respirar.
El deceso de Jürgen Habermas coincide, entonces, con un eclipse de la diplomacia y de la razón comunicativa: mientras la mayor parte de los actores políticos apuestan por el lenguaje de la fuerza —ignorando que la violencia solo genera silencios resentidos, nunca consensos—, su legado nos recuerda que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la eterna construcción de significados compartidos y puentes entre las personas.
La obra de Habermas nos queda como una suerte de manual de resistencia en medio de la oscuridad. En un tiempo en que muchos parecen empeñados en retroceder al estado de naturaleza hobbesiano, Habermas nos enseñó que somos, ante todo, seres de palabra. Honrar su memoria hoy no requiere monumentos, sino la valentía de volver a sentarnos a hablar, incluso —y especialmente— con aquellos a quienes las acciones de fuerza pretenden callar.
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