La tentación de dividir el mundo entre buenos y malos es tan antigua como el pensamiento político mismo. Desde que en el siglo III d. C. se difundieron las ideas del iraní Manes o Mani, la lectura simplista de la realidad, que divide el mundo entre buenos y malos, sigue haciendo estragos en el análisis político y en la forma en que los líderes políticos justifican sus decisiones.
Por el contrario, la discusión filosófica posterior ha debatido frecuentemente sobre la naturaleza humana, como podemos comprobar, por ejemplo, en los autores contractualistas: Hobbes, Locke y Rousseau divergieron notablemente sobre la forma en que la maldad del hombre aparece. Mientras Hobbes piensa en el hombre como el lobo del hombre, Locke y Rousseau atribuyen a la forma en que se desarrolla y organiza la sociedad la clave para entender el surgimiento del lado perverso de los seres humanos, siendo Locke, indudablemente, el más idealista respecto a la naturaleza de la humanidad.
La pregunta por la naturaleza humana, entonces, ha condicionado profundamente nuestra forma de entender el poder, el conflicto y la convivencia, de tal forma que recuperar visiones más equilibradas de la realidad es útil en un mundo cada vez más confuso y complejo.
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Para empezar, hay que decir que la simplificación maniquea no es solo filosófica, sino profundamente política. En un escenario contemporáneo marcado por conflictos complejos, se nos exige constantemente tomar partido bajo esquemas binarios, lo que nos obliga a elegir entre «el bueno» y «el malo» en disputas sociales, políticas o económicas que, en realidad, están atravesadas por intereses, narrativas, historias y contradicciones internas. Todo ello, so pena de destierro si elegimos mal cuando la confrontación termina con la derrota de uno u otro contendiente. Esta lógica no solo empobrece el análisis, sino que también limita nuestra capacidad de juicio crítico, convirtiéndonos en cómplices de los posteriores aprendices de tirano, tal como pasó con los votantes de Alejandro Giammattei, cuando en 2019, lo eligieron para evitar que llegara al poder Sandra Torres.
La tradición del pensamiento oriental, basada en la filosofía taoísta del yin yang, por el contrario, ofrece una clave distinta: en lugar de entender el bien y el mal como categorías excluyentes, propone verlos como dimensiones coexistentes y dinámicas. Desde esta perspectiva, la acción política no puede reducirse a etiquetas morales absolutas, sino que debe comprenderse en su complejidad y en sus tensiones internas. Aplicado a la política contemporánea internacional, esto implica resistirse a la comodidad de los relatos simplificados: ningún actor político es completamente virtuoso ni enteramente perverso, ya que los Estados, al igual que los individuos, operan en un campo de ambigüedad moral donde las decisiones responden tanto a principios como a intereses.
Reconocer esto no significa caer en el relativismo, sino asumir una posición más exigente: la de analizar cada situación con rigor, sin ceder a la presión de elegir bandos de manera acrítica, y el mejor ejemplo de ello es la guerra actual entre Estados Unidos e Israel contra Irán. La narrativa de uno y otro lado pretende identificar al adversario como el mal, al punto que el secretario Pete Hegseth intenta justificar un presupuesto millonario porque «necesitamos dinero para matar a los malos». Por el contrario, los adversarios del poder de Estados Unidos celebran a Irán como si fuera la encarnación del bien, destinado a destruir la hegemonía norteamericana en el mundo actual.
En última instancia, el problema no es solo cómo entendemos la naturaleza humana, sino cómo esa comprensión moldea nuestras decisiones políticas. Pues, si aceptamos que el bien y el mal coexisten y se entrelazan, entonces también debemos aceptar que la política no es un escenario de redención moral, sino un espacio de conflicto donde la lucidez vale más que la certeza.
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