Cada tanto aparece un video, un post o un tuit que refuerza la misma idea: «Las girls no tenemos que ser intelectuales todo el tiempo». Y es verdad, es agotador vivir sosteniendo conversaciones académicas todo el tiempo. Nadie quiere eso. El problema es cómo este tipo de frases empiezan a subestimar a las mujeres, a presentarlas como ingenuas. Como si pensar, analizar o cuestionar fuera incompatible con su naturaleza
Algo parecido se observa en expresiones como I’m just a girl y girl math. Al inicio, el chiste tenía crítica. Eran mujeres explicando temas y procesos complejos, para luego cerrar con ironía, casi burlándose de la expectativa: «Pero claro, ¿qué voy a saber yo si solo soy una chica?». Con el tiempo, esa reflexión se fue diluyendo.
Hoy muchas de estas expresiones se usan para explicar las cosas de forma cada vez más simplificada, como si la mujer necesitara haditas, Ternurines y dibujitos de Snoopy para poder entender algo.
La mayoría de estos videos y memes no nacen de mala intención. Se crean desde el humor. Pero, poco a poco, influyen y enseñan. Construyen ideas que, si no se analizan más allá del chiste, terminan normalizándose. Se asienta la idea de que las mujeres no solo no necesitan pensar tanto, sino que tampoco se espera que puedan.
Este clima conecta con algo que la psicología social lleva décadas estudiando. En 1996, Peter Glick y Susan T. Fiske publicaron el artículo Hostile and benevolent sexism. Measuring Ambivalent Sexist Attitudes Toward Women, donde explicaron el concepto de sexismo benevolente.
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Argumentaron que, a diferencia del sexismo hostil, este tipo se presenta como algo positivo: protección, idealización, y cuidado. La mujer es vista como frágil, pura y adorable. Alguien a quien se debe cuidar siempre. Por lo tanto, el hombre adquiere el rol del salvador: el que carga lo pesado, el que explica, el que guía.
Los psicólogos detallaron que este tipo de sexismo es efectivo porque no parece violento, sino que es sutil y cotidiano. Se filtra con facilidad en varios espacios, entonces estas ideas se refuerzan de maneras que no siempre cuestionamos. Se ve en chistes, tendencias y, por supuesto, en el entretenimiento.
En 2017, el crítico Jonathan McIntosh, creador del proyecto Pop Culture Detective, acuñó el término Born Sexy Yesterday (Sexy nacida ayer) en un video ensayo del mismo nombre. Él defiende que este tropo engloba a personajes femeninos que son adultas sexualizadas y mentalmente ingenuas. Androides, sirenas, alienígenas o criaturas mágicas que acaban de llegar al mundo y necesitan que un hombre promedio les explique cómo funciona todo.
Algunos ejemplos son Leeloo en The Fifth Element, Giselle en Enchanted, Quorra en Tron: Legacy y Bella Baxter en Poor Things. McIntosh argumenta que, como el protagonista masculino suele ser el primer y único hombre en la vida de estas mujeres, termina siendo el mejor por defecto. No porque sea extraordinario, sino porque ella no conoce otra cosa.
La filósofa Martha C. Nussbaum, en su artículo Objectification, explica que cosificar a alguien implica negarle autonomía, agencia y subjetividad para convertirla en un instrumento.
Las protagonistas de tipo Born Sexy Yesterday son víctimas de este fenómeno. Son reducidas a un cuerpo lindo con pocas ideas propias, entonces pierden su lugar como sujetos activos.
Todo esto se conecta con la ola de antiintelectualismo actual, y con los memes que celebran ser «muy linda para trabajar» o «muy bonita para pensar». Poco a poco, estas bromas van calando. Rebajar las propias capacidades puede volverse un hábito interiorizado. Una mujer que subestima su capacidad de pensar, decidir y cuestionar resulta más fácil de ignorar.
Nada de esto es un ataque al color rosa, al matcha, a los libros de fantasía, a Snoopy o a los Ternurines. Eso nunca fue el problema. Una mujer puede amar todo eso y, al mismo tiempo, pensar, decidir y hacerse cargo de sus actos.
Tal vez no necesitamos ser académicas todo el tiempo. Pero tampoco somos haditas despistadas del bosque ni mascotas adorables con moñitas. No vivimos en un cuento, no somos una tendencia y definitivamente no somos un adorno.
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