Hace unos días, una joven de 25 años subió un TikTok diciendo que no comprendía la historia de esta novela. Se topó con palabras como antonomasia, estrépito y estaño. Y lanzó la bomba: «¿Cómo voy a leer el libro si no entiendo la mitad de vocabulario?»
Incluso se sorprendió de que fuera tan antiguo. En 1847, Emily Brontë nunca pudo haber prevenido que casi dos siglos después le exigirían servir su novela machacada.
Aunque tengo que admitir que me pasó una situación similar a la chica del video. Me ocurrió con Romeo y Julieta y también con la mismísima Cumbres borrascosas. Claro que es trabajoso llevar un ritmo de lectura más lento de lo habitual. Obvio que frustra. Pero esa molestia no es un argumento en contra de las historias. Entonces, seguí leyendo.
No entender algo es normal. El problema es la reacción ante lo desconocido. Hay una enorme diferencia entre decir «Me cuesta» y «¿Cómo se puede leer algo así?». Porque leer no es solo consumir una historia. Es detenerse, buscar, subrayar, regresar. Es tolerar la frustración.
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En el colegio nos hacían comprar un diccionario y nos repetían que debía convertirse en nuestro mejor amigo. Hoy lo llevamos en el bolsillo, en la tablet, o en Google. Nunca había sido tan fácil buscar una palabra. Y, aún así, la queja es que hay que tener el diccionario al lado. Pero ni siquiera en la ciencia ficción viene preinstalado el conocimiento en el cerebro.
Las estadísticas de lectura son inquietantes. El estudio The decline in reading for pleasure over 20 years of the American Time Use Survey reveló que, en Estados Unidos, la lectura por placer cayó un 40 %. Para 2023, solo el 16 % de sus ciudadanos leía todos los días.
En Guatemala, el panorama es aún más delicado. Según el Censo 2018 del Instituto Nacional de Estadística, el 18.5% de la población no sabe leer ni escribir. Eso equivale a más de 2.3 millones de personas.
La lectura también tiene un componente neurológico. NPR citó la investigación Social Media Use Trajectories and Cognitive Performance in Adolescents en donde los autores concluyeron que los adolescentes que pasan alrededor de una hora diaria en redes sociales obtienen peores resultados en pruebas de lectura y memoria.
Nos hemos acostumbrado al resumen. El cerebro se adapta a esa velocidad. Y luego pretendemos que una novela del siglo XIX se lea como un hilo de chismes.
Entonces, surge la pregunta: ¿debemos simplificar los clásicos para hacerlos más accesibles?
La autora R.F. Kuang, en su libro Babel, escribió: «Un acto de traducción es siempre un acto de traición». Toda traducción implica una pérdida. Simplificar aún más el lenguaje para hacerlo «digerible» sería una doble traición. Es pedirle a Emily Brontë que se rebaje, en lugar de exigirnos más a nosotros.
Por supuesto, la democratización de la lectura es necesaria. Pero hay una línea muy fina entre hacer accesible y empobrecer.
Hoy muchos libros se simplifican bajo la premisa de que los jóvenes no somos capaces de enfrentarnos a un vocabulario más exigente. Se reduce la complejidad porque se asume que nunca más podremos sostener una trama. Es tenernos muy poca fe. La solución no es bajar el nivel del texto, sino elevar el nivel del lector.
No saber una palabra no es vergonzoso. Lo preocupante es asumir que aquello que no entiendo no merece ser leído.
La comprensión lectora no está tan perdida como creemos. Solo está enterrada bajo capas de contenido basura. Pero, a este paso, solo una mamá con vista de rayos X podrá encontrarla.
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