Esto no fue un episodio aislado ni una anécdota extravagante de Internet. Fue el resultado de un fandom que decidió organizarse y ejercer presión frente a un sistema que percibe como abusivo.
Un fandom es una comunidad de seguidores de un objeto cultural, como una banda, una serie, o una saga literaria. No solo consumen ese producto, sino que generan vínculos, códigos internos y prácticas colectivas que, en ciertos momentos, se traducen en capacidad de acción organizada.
Una de las comunidades más sonadas recientemente ha sido ARMY, fans de la banda surcoreana BTS, que se volvió tendencia por las irregularidades durante la venta de entradas de su gira mundial en México. El descontento nació del hartazgo. Hubo fallas constantes en el sitio de Ticketmaster, precios poco claros y cientos de boletos en reventa a precios impagables.
La queja trascendió las redes sociales: llegó a la PROFECO (Procuraduría Federal del Consumidor) y fue mencionada en la conferencia de prensa de la presidenta Claudia Sheinbaum. Detrás de esa visibilidad hubo organización: ARMY presentó denuncias, documentó prácticas irregulares y promovió campañas contra la reventa.
Además, impulsaron una petición nacional que ya supera las 100 mil firmas, en la que exigen cambios estructurales en la venta de boletos y la salida de Ticketmaster del mercado mexicano. La presión fue tal que la entidad gubernamental anunció posibles multas.
En otras palabras, una comunidad de fans logró que una institución estatal se moviera. Esto no es poca cosa en Latinoamérica, donde mover instituciones suele ser un deporte extremo.
Pero el proceso también tuvo un lado incómodo: el acoso digital. Parte del fandom rastreó números para bloquear y saturar con spam a los revendedores. Les cambiaron la compañía telefónica. Inscribieron sus números en universidades y bancos, además de registrarlos en páginas de pornografía.
Sin justificar estas prácticas, este caso muestra hasta qué punto el grupo recurrió a estrategias extrainstitucionales para presionar un mercado.
Aquí es donde la academia deja de sonar tan lejana. Priscilla Kim en su artículo K-pop as a social movement: Case Study of BTS and their fandom, ARMY, retoma las ideas de Brayden King sobre la disruptividad táctica de los movimientos sociales ante las corporaciones. King explica que, cuando las vías formales no alcanzan, los colectivos recurren a acciones que generan costos reputacionales y presión pública para forzar cambios.
Bajo está lógica, ARMY no solo defendió su derecho a precios justos, sino que se posicionó frente a una problemática estructural.
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Otros estudios ayudan a entender por qué esta capacidad de organización no es un accidente. En el artículo The BTS ARMY on X Flocks Together: How Transnational Fandom on Social Media Build a Viable System, las autoras explican que los fandoms no son solo grupos de consumidores. Son redes de participantes activos que crean su propia cultura, construyen identidades colectivas y refuerzan la solidaridad interna. Además, las plataformas digitales permiten que estas dinámicas crucen fronteras y sostengan la participación.
Esta lógica se refuerza en el análisis More than K-pop fans: BTS fandom and activism amid COVID-19 outbreak de Rubal Kanozia y Garima Ganghariya. Ellos argumentan que los fandoms contemporáneos se han convertido en fuerzas activas en la política y la justicia social. A través de campañas, recaudaciones y activismo digital, estas comunidades han desarrollado formas de participación cívica que van mucho más allá del consumo cultural.
Por eso no sorprende que, además del caso mexicano, ARMY en otros países impulse acciones comunitarias. En Perú están organizando campañas de reforestación y mejora del entorno urbano antes de la gira mundial. En años previos, han coordinado donaciones a la Cruz Roja, apoyo a fundaciones contra la leucemia infantil y proyectos con UNICEF.
La cultura pop, en estos casos, funciona como punto de encuentro para prácticas comunitarias. No todo es escuchar música y comprar álbumes, a veces también es plantar árboles.
Sin embargo, estas iniciativas suelen no tomarse en serio. La caricatura histórica de los fans como sujetos irracionales, infantiles o excesivamente emocionales sigue presente. En su artículo The Misunderstanding and Miseducation of Social Media Fandoms (and How Fans Deserve Better), Andrea Stone documenta cómo los medios ridiculizan a estas comunidades, mientras que las industrias capitalizan su trabajo emocional y producción de contenido.
Los fandoms no son burbujas de obsesión, sino comunidades capaces de coordinarse, recaudar fondos y ejercer presión pública. Eso es lo que incomoda: no su objeto de devoción, sino su eficacia. Por eso, en vez de reírse de ARMY, conviene aprender. Si un fandom puede incomodar a Ticketmaster, la acción colectiva todavía tiene potencia.
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