A finales de diciembre me enteré de que Netflix añadiría Oppenheimer a su catálogo, y pensé que era un buen momento para escribir sobre el cine bélico y su papel como propaganda. No pasó ni una semana del nuevo año cuando Estados Unidos volvió a ponerse el traje de salvador todopoderoso e intervino en Venezuela.
En un par de años, probablemente estaremos viendo una superproducción donde la nueva promesa de Hollywood interpretará a un general cansado, pero noble, líder de la heroica operación para liberar a los venezolanos. Y alguien dirá que es solo una película.
Tras tal situación, me sorprendió leer a otros latinoamericanos pidiendo que sus países también sean intervenidos: Colombia, México, Guatemala. Las razones pueden ser muchas, como educación, ideología o frustración política. Los expertos las analizan mejor que yo.
Pero me interesa detenerme en otro factor: la propaganda estadounidense a través del cine de guerra. Nunca me ha resultado interesante ver a soldados estadounidenses deprimidos por conflictos en los que no tenían por qué estar y donde causaron cientos de muertes.
Esto no niega el daño psicológico y físico que muchos veteranos han sufrido, el caso de Vietnam es un ejemplo claro. Pero resulta difícil simpatizar con un país que sistemáticamente se involucra en guerras ajenas y luego exige empatía exclusiva para sus agentes.
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Oppenheimer, la película de Christopher Nolan, narra el proceso de creación de la bomba atómica, presentándola como un mal necesario para frenar el fascismo. Nolan eligió narrar la historia desde la perspectiva del Proyecto Manhattan, ignorando casi por completo la devastación y víctimas de Hiroshima y Nagasaki.
Esta lógica no es accidental. En el texto El imperialismo de EUA en el cine, Ángel Venegas Fabián explica que para sostener sus intervenciones, Estados Unidos necesita un respaldo cultural que legitime la violencia. El cine cumple esa función al presentar al ejército como emocionante, heroico y accesible. Una experiencia aspiracional.
Lo que rara vez se menciona es que estas producciones no se hacen en completa libertad. Para acceder a bases, armamento y apoyo logístico, los estudios deben cumplir reglas claras: no criticar al ejército, no retratarlo de forma negativa y asegurarse de que siempre salga victorioso.
En su artículo Military propaganda in film and TV: Contaminating films across the nation, Zachary Yoo detalla que, a cambio de estos recursos, los creadores ceden el control narrativo al Departamento de Guerra, quienes obtienen privilegios de edición sobre los guiones. Así, producciones como Top Gun: Maverick y Wandavision han pasado por el filtro gubernamental.
Tras su análisis del libro Manufacturing Militarism: U.S. Government Propaganda in the War on Terror, Zachary Yost en Mises Wire señala la existencia de una oficina crucial dentro del gobierno estadounidense: la Motion Picture Production Office. Quienes se encargan de negociar con los estudios para moldear la representación del ejército en el cine, a cambio del acceso a los recursos militares.
En el mismo texto, Yost analiza el ejemplo de la película Platoon. Su guion fue inicialmente rechazado por mostrar el asesinato y la violación de vietnamitas por soldados estadounidenses, además del consumo de drogas y violencia entre compañeros. Aunque son datos documentados de la guerra de Vietnam, al gobierno le pareció inapropiado.
Otro caso es Warfare del estudio A24, que fue promocionada como una película antibélica. Críticos como Hamza Shehryar, en su columna Indie war propaganda is still war propaganda, argumentaron que la cinta recicla la misma fórmula: los invasores ocupan el centro, mientras los habitantes del país invadido apenas aparecen.
Aunque es válido mostrar el costo que la guerra tiene sobre los soldados, estas películas no deberían ser el principal material para entender los conflictos de Estados Unidos con Vietnam, Iraq o Japón. El verdadero problema es manipular la historia con estas producciones con el fin de legitimar ataques y golpes de Estado en el sur global.
Como Latinoamérica es urgente entender que cualquiera de nuestros países puede ser, o ya ha sido, el escenario de fondo de estas películas. Quien sabe: quizá algún estudio de Hollywood ya esté buscando actores para interpretar los papeles de Jacobo Árbenz y Carlos Castillo Armas.
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