De alguna u otra manera las madres ocasionamos alguna herida a nuestros hijos e hijas: como madre, me temo que inevitablemente es así. Producto de esas heridas pasadas, la relación con la madre no siempre es fácil, para muchas personas el vínculo es suave, cálido, cercano y amoroso. Y para otras es áspero, frío, distante o conflictivo.
En los últimos años he escuchado tantas historias de amigas y consultantes que sostienen una relación difícil con sus madres: para ellas y ellos, la figura de la madre fue ausente, pragmática, tiránica, a veces juzgadora. A varias personas les he escuchado decir que su madre nunca fue –ni es- un lugar seguro a d...
En los últimos años he escuchado tantas historias de amigas y consultantes que sostienen una relación difícil con sus madres: para ellas y ellos, la figura de la madre fue ausente, pragmática, tiránica, a veces juzgadora. A varias personas les he escuchado decir que su madre nunca fue –ni es- un lugar seguro a donde volver y que pueden pasar semanas sin hablar con ella. Para otras, su madre es la primera persona de quien reciben los juicios más duros, aquellos que uno esperaría de la sociedad indolente y no de la persona con quien se tiene una de las uniones más significativas de la vida.
Bethany Webster[1], en su libro Sanar la herida materna, explica que esta experiencia se manifiesta en un amplio espectro de formas: la construcción de un Yo falso, sentimientos persistentes de carencia, vínculos sostenidos por la culpa o dinámicas de roles invertidos, entre otras expresiones. El punto central es que muchas luchas personales, así como diversos desafíos emocionales y psicológicos, tienen su raíz en la relación con la madre, aunque también están atravesados por factores externos.
En este sentido, el patriarcado no siempre favorece una relación más sana entre madres e hijas, especialmente cuando impone mitos como el de la maternidad perfecta, el ideal del rol abnegado y las expectativas socialmente prescritas para las mujeres —seamos madres o hijas—. Para la autora, el proceso de sanación requiere tanto autoconciencia y reconocimiento del propio dolor y de las responsabilidades maternas, como un análisis crítico de la influencia patriarcal en nuestras vidas.
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Podemos afirmar que algunas madres fallan más que otras y, como consecuencia, generan heridas más profundas que las que puedan producir otras mujeres. Para sanar algunas de esas heridas, si son «leves», si no fueron tan significativas en el desarrollo de la personalidad –y los apegos– y, si el vínculo con la madre es fuerte, bastarán conversaciones amorosas con ella para lograr una resignificación del pasado y una mejor comprensión de su historia personal y de nuestra historia con ella como hijos o hijas. Este es el mejor escenario que supone una comprensión compasiva y una resolución amorosa.
Ojalá siempre fuera así de fácil. Sin embargo, para sanar otras heridas, aquellas que son mucho más profundas y dolorosas, se requerirá acompañamiento psicológico y algunas medidas que para el mundo exterior pueden resultar extremas, como el marcar distancia y procurar un alejamiento definitivo entre la madre y el hijo o hija: esto es particularmente duro –y necesario– en los casos de madres narcisistas o con un ego rígido, cerrado a la sanación y el cambio. En otros casos, la sanación deberá procurarse incluso cuando la madre ya no está presente.
En mi caso, el ser madre me hizo tomar conciencia de la imperfección de mi propia madre y de mis abuelas, que también jugaron un rol materno en mi vida. En terapia psicológica en el año 2005 mi terapeuta de ese entonces me dijo una frase que marcó definitivamente mi maternidad: «Usted no debe ser su madre, debe construir el tipo de maternidad que usted quiera y que necesite».
Para mí fue iluminador el considerar que podía darme permiso de sanar y de no repetir los patrones de mi linaje femenino: el amor a –en ese entonces– mi única hija se convirtió en un motor para sanarme e intentar ser una «buena madre» para ella. Luego, el feminismo me ayudó a comprender que la maternidad perfecta y abnegada es un mito y que la sociedad patriarcal nos condiciona de tal manera que terminamos fallando en gran o pequeña medida.
Es necesario comprender que la madre se agota, se confunde, lucha muchas veces sola, no puede dar más, no sabe cómo ser madre o es inmadura. Puede que muchas mujeres no lo hayan querido así y hayan sido obligadas a ser madres; otras, tal vez, no contaban con los recursos ni con la conciencia para desempeñar ese rol. Llegar a comprender esos condicionamientos históricos y culturales, así como las propias dinámicas e historias familiares, es el primer paso para cultivar conciencia y disposición para sanar y perdonar.
Así, sanar la herida materna es necesario para reconciliarnos con nuestra propia vida. Pero perdonar a mamá no siempre es fácil, rápido ni definitivo: hay reconciliaciones necesarias; sin embargo, a veces la herida, como una cicatriz, deja una pequeña marca que, ojalá, con el tiempo sea cada vez más imperceptible y menos sensible o dolorosa. Lograr una mirada compasiva y comprensiva sobre la madre y sobre el pasado requiere un esfuerzo personal. Considerar que como hijo o hija también necesitamos comprensión y compasión, también es parte del sanar. Perdonar a la madre, es un acto de amor propio, de liberación para el Sí Mismo.
Resignificar la historia, agradecer lo que deba ser agradecido, apreciar lo que deba ser apreciado y dejar ir sin culpa pueden ser algunos de los actos más necesarios para perdonar a la madre y recuperar nuestra propia paz, nuestra luz y, quizá, procurarnos un mejor lugar en el mundo.
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[1] Ver más de la autora ver: https://www.bethanywebster.com/
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