En 2011 me desvanecí en un baño de un hospital de la zona 10: apenas alcancé a llamar a mi amiga Fernanda que llegó corriendo y me llevó de inmediato a la emergencia. Después de tres semanas de malestar físico –que empezó con una gripe que afectó a todos en la casa– yo seguía sin poderme aliviar. Después de los exámenes resultó que todo se debía a una combinación de neumonía, sinusitis y una infección urinaria asintomática. Me tuve que quedar cuatro días en el hospital y, cuando mi entonces marido llegó a la visita con un ramo de flores, yo solo quería mandarlo de vuelta por donde había venido, con todo y flores.
Me había tocado vivir dos meses de un estrés muy intenso y, aunque en la pareja ambos trabajábamos, la corresponsabilidad dentro de nuestro hogar no era el fuerte en esa relación: mucha –demasiada– de la carga de previsión y planificación de las tareas de la casa y cuidado de las hijas me tocaba resolverlo a mí,...
Me había tocado vivir dos meses de un estrés muy intenso y, aunque en la pareja ambos trabajábamos, la corresponsabilidad dentro de nuestro hogar no era el fuerte en esa relación: mucha –demasiada– de la carga de previsión y planificación de las tareas de la casa y cuidado de las hijas me tocaba resolverlo a mí, como mamá y esposa. Fue entonces cuando nació en mi la conciencia feminista: no hizo falta ir a un curso o leer un libro, tampoco tener una platica con alguna feminista consumada para que me adoctrinara (como alguna gente cree que pasa). A los dos años de esa crisis, vino un triste divorcio: yo estaba física y mentalmente agotada.
Hoy puedo decir que a mí la conciencia feminista me nació por el agotamiento de ser madre, trabajadora y esposa: la conciencia feminista me la dio la carga mental. Pude ponerle nombre a esa frustración, a ese cansancio y a esa batalla constante por pedir, no ayuda esporádica, sino una distribución equitativa y equilibrada en las tareas de casa y de cuidados. Esa carga mental –que pesa también en el cuerpo– es un concepto de hace ya 40 años, sugerido por la socióloga francesa Monique Haicault. El concepto se refiere a una gestión permanente –y traslapada– entre el ámbito doméstico y la vida profesional, de tal cuenta que, aunque el mundo del trabajo y el hogar parezcan ámbitos separados, en realidad coexisten en la vida de la mujer, quien los gestiona y atiende de manera simultánea: una especie de carga de dos mundos, que persigue todo el tiempo (Monneret, 2019)
Scheider (2018) habla de una gestión permanente de la dualidad entre el mundo del trabajo y el hogar, con costos cognitivos y físicos de desgaste, estrés y ansiedad, diferenciados en la vida de mujeres, hombres o personas solteras y sin hijos. De eso no hay duda: todos tenemos cargas.
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Por otra parte, tampoco puede negarse que existan casos de cargas autoimpuestas, con fines utilitarios o con dobles intenciones (como control o manipulación). Conocemos casos de mujeres que «aman» cargar con todo, controlar todos los temas del hogar y del cuidado, al punto de dejar al padre bastante al margen de la atención de sus hijos e hijas, a pesar del interés y la demanda de él por ser parte activa y presente. Sin negar que esos casos existen y que hay distintas cargas mentales reales y diferenciadas, acá estamos hablando de otra cosa: es el caso de la mujer, madre, trabajadora, que vive en pareja, agotada.
Ese es el caso de muchas mujeres en pareja «quemadas» que ruegan por una responsabilidad compartida, cotidiana, no esa ayuda del tipo lavar los platos el fin de semana o cambiar uno que otro pañal del bebé. Es el caso de muchas mujeres que se sienten asfixiadas, que sienten que el marido es un hijo más al que deben de cuidar. Que se sienten sobrepasadas por ser el «motor» del hogar, además de tener que contribuir económicamente al sostén de la familia.
Sería un error creer que este es un tema privado, de problemas de parejas. Es más bien algo bastante estructural, así, patriarcal. La carga mental tiene todo que ver con el patriarcado, su división sexual del trabajo y los roles de género: esas ideas que delegan principalmente en nosotras el trabajo doméstico y el cuidado de niños y personas mayores. También tiene todo que ver con el capitalismo que empujó a las mujeres al mundo del trabajo, bajo la idea «empoderarlas» con el mito de la super mujer y el multitask, mientras seguían –seguíamos– manteniendo un pie –y la mente– dentro del hogar.
Así, conciliar el trabajo y la casa es agotador y puede traer grandes desgastes –para la mujer y la pareja– si no se buscan conciliaciones, equilibrios en las responsabilidades y más solidaridad. Supone que las parejas sean «más parejas» y que funcionen con una ética de corresponsabilidad y verdadero compañerismo, para resolver el día a día. Hacia fuera de casa, más allá de la puerta del hogar, supone también otras lógicas en el campo del trabajo, para que todas y todos puedan conciliar sus «mundos» y sus cargas, pero ese es tema de otra conversación.
Hoy, casi 15 años después de aquel episodio que me mandó al hospital estoy convencida de que uno –solo uno– de los causantes del quiebre de esa relación fue el patriarcado y la carga mental, que me agotó y que terminó matando el amor.
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Monneret, M.-L. (2019). La carga mental me sienta falta: por una vida de pareja igualitaria. Lunwerg.
Schneider, A. (2018). La carga mental de las mujeres y de los hombres. Editorial Larousse.
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