Sin embargo, esta idea va más allá de un aspecto netamente económico, cuando la discusión y el análisis de las condiciones de vida tanto en derechos y obligaciones se empezaron a cuestionar con base en el sexo, se promovió no solo la necesidad de una igualdad de derechos, sino también en obligaciones y responsabilidades económicas, políticas y sociales.
Es importante tener presente que el «sexo» se remite a la clasificación biológica acorde a la diferenciación primaria y básica de los órganos sexuales externos de las personas. Y el «género», se refiere al modo en que una persona se relaciona con el mundo. Dependiendo de la sociedad en la que se desarrolle, se le asignarán tareas y responsabilidades diferenciadas según su sexo. Ejemplos de esto, que aún se presentan en la sociedad guatemalteca, son: las niñas juegan a la comidita y los niños con herramientas; las niñas usan falda y vestidos, mientras que los niños no; las niñas cuidan y atienden a sus hermanos, mientras que los niños juegan y se dedican a estudiar.
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Durante la Segunda Ola Feminista (aproximadamente en los años 60 y 70), las mujeres empezaron a exigir igualdad de condiciones, después de haber logrado el reconocimiento de derechos básicos a principios del siglo XX, como el derecho a ser reconocidas como ciudadanas, acceder a la educación, la propiedad y el trabajo remunerado. Sin embargo, el reconocimiento formal de estos derechos no garantizaba una verdadera igualdad en la práctica, ya que existían desventajas históricas y necesidades diferenciadas. Es por eso que surge la noción de «equidad», que implica «reconocer las diferencias y necesidades de cada persona, en este caso de hombres y mujeres, para poder brindar a cada uno lo que merece y necesita de manera justa».
Gracias a los movimientos de mujeres y a la persistencia de nuestras ancestras, hoy gozamos de privilegios y derechos que antes se nos negaban por el simple hecho de ser mujeres, sí, por un prejuicio basado en el sexo. Asimismo, gracias al enfoque de equidad, podemos hablar de derechos humanos específicos para las mujeres, como el derecho a condiciones dignas durante el periodo menstrual y a atención adecuada durante el embarazo.
La idea del 50/50, que actualmente se toma a la ligera, debe ser reflexionada cada vez que la apliquemos. No debe limitarse únicamente al aspecto económico; también debemos considerar la corresponsabilidad en otros aspectos igualmente fundamentales de los vínculos y las relaciones de pareja, como el cuidado, el trabajo doméstico, el afecto, la comunicación y muchos otros elementos que impregnan nuestro día a día. Aún hoy, muchas de estas actividades se atribuyen inconscientemente a nuestro sexo biológico, generando un amplio desequilibrio en nuestras relaciones.
A partir del 2020, el 18 de septiembre fue designado como el Día Internacional de la Igualdad Salarial, esta igualdad, es un derecho garantizado por la normativa internacional y nacional para nosotras las mujeres. Sin embargo, según la publicación de Plaza Pública «Un mercado laboral discriminatorio» de abril de 2025, en Guatemala el salario promedio de las mujeres a nivel nacional es un 26% menor que el de los hombres. En el caso de la población indígena, los ingresos salariales son aún más bajos, representa un 38 % menos en comparación con los de la población no indígena.
La aplicación literal del 50/50 se vuelve contraproducente en un país como Guatemala, dado que las mujeres no estamos en igualdad de condiciones económicas para implementarlo. Es importante reflexionar sobre que, cuando no se ha alcanzado un equilibrio real de igualdad, no es posible establecer un 50/50 en la práctica. Por ello, el concepto de equidad debe ser el que guíe la acción, ya que, de lo contrario, solo se estaría limitando la libertad económica de una de las partes, ante la desigualdad generada por un 50/50 aplicado de manera rígida.
No obstante, dejando de lado el aspecto económico —que es fundamental para nuestra independencia—, es necesario analizar que los vínculos afectivos y las relaciones entre las personas también requieren la aplicación de igualdad y equidad. La corresponsabilidad en el cuidado, la comunicación, la organización y la toma de decisiones, por mencionar solo algunos aspectos, son elementos clave. De lo contrario, las propuestas de nuestras antecesoras sobre estos conceptos fundamentales quedarían hoy como algo desacertado.
No podemos permitir que se distorsione el espíritu por el cual se inició el planteamiento de igualdad y equidad en el siglo XIX y XX, ni mucho menos permitir que a través de una indebida interpretación se generen mayores desigualdades y cargas hacia nosotras las mujeres.
Como sociedad, debemos analizar y reformular nuestra manera de relacionarnos. Es necesario reconocer y negociar la forma en que se dividen los gastos y las responsabilidades, de manera proporcional a los ingresos y capacidades de cada persona, y no tomar erróneamente la idea literal del 50/50.
Como legado para nosotras y para las generaciones que nos precederán, debemos seguir exigiendo y demandando mejores condiciones de vida. Esto implica no perder de vista el acceso a un trabajo y salario digno, para poder vivir y relacionarnos realmente en condiciones de igualdad.
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