Se dice que las secuelas de una guerra alcanzan hasta una cuarta generación. En mi caso, una línea familiar joven: soy la tercera de ellas. Indudablemente, mis hijos vivirán también parte de esas secuelas desde una perspectiva familiar. ¿Qué generación eres tú?
Las escaladas de la ira, los egos y el deseo de poder han tenido su punto de inflexión en la situación que vive Medio Oriente. Todo ello inició con el aval social de quien detenta el poder de un Estado y de muchos otros aliados directos, igualmente electos a través del voto popular. Esa preocupante patología de creer que el mundo y sus recursos pertenecen a unos pocos es peligrosamente delirante.
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La tensión internacional y la amenaza de guerra que presenciamos ahora no inició en 2026. Inició mucho antes y tuvo el aval social en las elecciones de Estados Unidos en 2024 a través de las urnas, en un sistema democrático cuyas mayorías parecían compartir, en su momento, la idea y la visión de quien fue electo con el lema «hagamos grande al país de nuevo».
Al observar la realidad de muchas personas —mujeres, hombres, niños, niñas, adultos mayores— y las implicaciones regionales y mundiales del poder que se brindó a una persona y al grupo que le acompaña, pregunto: ¿a qué costo se emitieron esos votos?
Las y los ciudadanos «conscientes» de ese momento histórico, ¿estarán pensando en haber deseado tomar otra decisión? ¿O debería analizarse la preocupante obviedad de ignorar las consecuencias que ello implicó e implica para millones de vidas?
Como causa-efecto vemos y vivimos la realidad de los migrantes, la imposición de aranceles —cuyo resultado es un aumento en el costo de vida—, las invasiones y la declaración directa de guerra.
Sí, todo ello tiene un inicio. Surgió desde el razonamiento de quienes votaron en esos procesos electorales.
¿Cuántas vidas ha sido el costo de esa decisión? ¿Cuántas más permitiremos que sean afectadas?
Claro, en este momento hablo de vidas humanas. Pero, si analizamos en detalle, son millones más las vidas de las cuales se compone el planeta Tierra.
Desde febrero de 2022 Rusia está en guerra con Ucrania. Pareciera que, bajo la idea de «como no es mi familia, no son mis hijos, no es mi país», el conflicto se ha normalizado de tal manera que a nadie le importa fuera de esa circunscripción.
Nadie se detiene a pensar en esas vidas humanas: seis millones de ucranianos refugiados en otros países, miles y millones de muertos y afectados.
Según información publicada por EFE el 27 de enero: «Al ritmo actual, el número total de soldados rusos y ucranianos fallecidos, heridos o desaparecidos desde el comienzo de la guerra podría llegar a los dos millones en la primavera de 2026, según datos publicados este martes por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS)».
Por otro lado, el conflicto entre Israel y Palestina ha cobrado la vida de miles de personas. Como suele ocurrir en las guerras, muchas son vidas inocentes y, en su mayoría, civiles.
No puedo dejar de mencionar que, en paralelo a esta lamentable situación de violencia, tras la toma del poder en 2021 por parte de los talibanes islamistas radicales en Afganistán, han bastado cuatro años en los que el mundo no ha hecho nada.
El resultado es que actualmente las mujeres enfrentan la crisis de derechos humanos más grave del mundo. Están siendo sometidas a una invisibilidad absoluta como personas. Las mujeres afganas, sin discriminación de grupo etario, han sido vilmente despojadas de sus garantías fundamentales.
Es prohibido olvidar que durante la Segunda Guerra Mundial se estimó la muerte de al menos un 3 % de la población mundial de ese momento. Esto repercutió en la destrucción de miles de hogares, familias y proyectos de vida.
En Guatemala, el Conflicto Armado Interno dejó al menos 200,000 muertos. De ellos, se estima que 45,000 fueron desaparecidos y más de un millón de personas fueron desplazadas.
Como lo expresa Dolores O'Riordan en su canción Zombie, interpretada con The Cranberries: «¿Qué hay en tu cabeza? Zombie… Cuando la violencia causa silencio, nosotros estamos equivocados».
Debemos reflexionar como sociedad. ¿Qué está en nuestras manos para evitar los extremos?
Allí recae la importancia de una participación ciudadana empática, consciente e informada.
En Guatemala se juega el presente y el futuro de vidas humanas a través de la elección de actores que asumirán cargos de poder en la Corte de Constitucionalidad, el Tribunal Supremo Electoral, la Corte Suprema de Justicia y la Universidad de San Carlos.
Los procesos de elección que se viven este 2026 repercutirán en nuestra calidad de vida y en la de las generaciones que nos sucederán.
Ante ello, ¿qué tipo de país queremos habitar?
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