No era la primera vez que registraban nuestra vivienda. Con alguna frecuencia encontrábamos cierto desorden en el cual se entreveía algún orden, como si el allanador buscara algo. Era la época del conflicto armado interno, y todo lo que supusiera lectura, cultura, academia, pensamiento y categorías similares era objetivo militar, cuando menos en el norte de Guatemala.
Ese día, cuando desapareció Médico de cuerpos y almas, el desarreglo que dejaron fue mayor que el de otras vec...
No era la primera vez que registraban nuestra vivienda. Con alguna frecuencia encontrábamos cierto desorden en el cual se entreveía algún orden, como si el allanador buscara algo. Era la época del conflicto armado interno, y todo lo que supusiera lectura, cultura, academia, pensamiento y categorías similares era objetivo militar, cuando menos en el norte de Guatemala.
Ese día, cuando desapareció Médico de cuerpos y almas, el desarreglo que dejaron fue mayor que el de otras veces. Ello me llevó a hacer un recuento de los libros y noté su desaparición. A partir de entonces, cuando salíamos de casa, colgaba en la puerta del estudio un letrero que decía: «Si va a registrar los libros, déjelos en orden. Y si se lleva uno, por favor, léalo y devuélvalo».
Y así pasó una década. El domingo 29 de diciembre de 1996 se firmó la paz en Guatemala, supuestamente firme y duradera, mas lo único logrado, a ojos de la actualidad, fue la paz de los cementerios.
En octubre de 1997 comenzamos a coincidir con una persona en una cafetería aledaña a mi clínica. Con frecuencia nos encontrábamos entre las 16:00 y las 17:00 horas. Era un hombre taciturno que siempre estaba sentado cerca de la chimenea del local, como buscando refugio, como buscando calor. No pasábamos del «buenas tardes» al encontrarnos y del «buen provecho» cuando yo me despedía. Al salir yo, él seguía allí sentado y nunca supe a qué hora dejaba el lugar. Una tarde, ya acomodados ambos, me habló. Me dijo: «Tengo algo para usted». Se trataba de un paquete cuya envoltura era de papel manila. Se pasó a mi mesa (dejando su taza de café en la suya) y me lo dio. Yo lo abrí y menuda sorpresa me llevé al ver que se trataba del libro de Taylor Caldwell perdido diez años atrás. Él regresó a su mesa y por primera vez se retiró antes que yo.
No volví a encontrarlo sino hasta unas dos semanas después. Esa vez fui yo quien, sin pedirle permiso, me acomodé en su mesa. Le agradecí haber traído el libro de vuelta y me explicó que el motivo de la devolución fue la dedicatoria. Estaba firmado por don Max Spiegeler Maaz, uno de mis profesores de idioma español en el Instituto Normal Mixto del Norte de Cobán (1968-1969). Don Max me lo había regalado el día que me gradué de médico y cirujano. Y el contenido de su dedicatoria era, digamos, muy especial. Me apremiaba a ser y ejercer como Lucano, el médico que después fue conocido como san Lucas. El libro explica magistralmente el testimonio de vida del evangelista (como médico, no como apóstol).
A tan extraño personaje no le pregunté su nombre ni su procedencia. Me dijo con cierta nostalgia reflejada en su rostro: «Yo siempre quise ser médico». Procuré provocarle una sonrisa diciéndole: «Aún es tiempo». Me respondió muy seriamente: «No, no. A pesar de que tengo el don de la sanación, el tiempo ya se me pasó». Y en medio de un extraño silencio consumimos aquel café cobanero que llamaba a la nostalgia. Era un silencio en el cual se conjugaron el tiempo, el espacio y algo así como un deseo de retornar a muchos años antes de la guerra.
Se despidió fríamente. Salí a verlo a través de una ventana y pude darme cuenta de que caminaba como buscando un horizonte. Al llegar a mi oficina revisé el libro y encontré subrayado un pequeño párrafo del capítulo I en el que se consignaba un pensamiento de Lucano: «Esta noche el miedo debilita mi valor. No es que esta enfermedad sea algo nuevo. Más bien parece como si mi alma temblase ante algún presentimiento».
A la sazón recordé un proverbio español que reza: «No hay hombre tan malo que no tenga algo bueno ni tan bueno que no tenga algo malo».
Nunca volví a ver a esa persona.
Más de este autor