Un aspecto esencial de la democracia es la libertad de cada quien de expresar sus ideas políticas sin restricciones, de buena fe. Se supone que todos decimos lo que pensamos en pos de una sociedad funcional, compuesta por individuos funcionales. Pero hay instancias en las cuales las expresiones públicas relativas a la forma de hacer gobierno no constituyen actos políticos legítimos, pues lo que buscan es dañar, excluir, desinformar o defender sistemas de inequidad.
Cuando hablamos de fascismo, eso es lo que precisamente denunciamos, pues se caracteriza esta corriente de ser, pensar y hacer por sus pseudovalores profundamente antidemocráticos: autoritarismo, dogmatismo, racismo, patrioterismo, militarismo, propagandismo, imperialismo y culto ciego a la personalidad.
En Brasil, el candidato de derechas y militar retirado Jair Bolsonaro casi gana la presidencia del país en la primera vuelta. Estuvo a poco más de tres puntos porcentuales de conseguirlo, unos 4 millones de votos en un Estado con más de 100 millones de votantes. Él obtuvo 50. Sí, Brasil es uno de los países más relevantes de América Latina a nivel mundial y lo que sucede allí nos afecta. Bolsonaro, para quien no lo sepa aún, es el mismo que dijo que hay mujeres que no merecen ser violadas por feas, el mismo que dijo que si tuviese un hijo gay no lo querría, el mismo que les enseña a los niños a solucionar sus problemas con pistolas, el mismo que considera a los indígenas y a las mayorías negras como subhumanos (sobre todo a los quilombolas), el mismo que promete que la salud y la educación dejarán de ser servicios públicos. Ah, y otra cosa que quizá nos resulte especialmente resonante: Bolsonaro es un apologista de las dictaduras militares sanguinarias. Cuando fue a emitir su voto —mucho ojo con el guion—, le dijo a la prensa lo siguiente: «La sociedad buena de Brasil se quiere alejar del socialismo, pues no quieren [sic] que la Venezuela de hoy sea la Brasil de mañana. Ellos quieren una economía de libre mercado y quieren proteger los valores familiares».
¿Le suena familiar?
«¡Alarma! Quieren convertir a Brasil en otra Guatemala», decía un amigo en las redes sociales. Y, sí, el tema es que este consenso ultrarreaccionario (¿consenso neofascista?) se ha entregado a la labor de reconquistar el sentido común de los votantes en todo el mundo repitiendo consignas que apelan al miedo y a la posverdad, simplificando fenómenos sociales complejos, históricos y multicausales: asustan con el fantasma de Venezuela, recurren una y otra vez al trillado pretexto de los valores cristiano-familiares, racionalizan la jerarquía cuasimonárquica y repiten como loros «libre mercado, libre mercado, libre mercado», como si se estuviera invocando la mano invisible de Beetlejuice para que arregle todo los problemas que no se han querido abordar con ciencia, raciocinio, sentido común y un toque de solidaridad.
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Infortunadamente, miles de millones de personas en todo el mundo se tragan la píldora. Y es porque viven en un permanente estado aspiracional en el cual, paradójicamente, las contradicciones inherentes al capitalismo de libre mercado (tan libre como yo estoy libre de la muerte) los han instalado desde la década de los 70, con especial fuerza a partir de la crisis banquera de 2008. Para ellos (pues eso les dicen), los problemas del neoliberalismo se solucionan con más neoliberalismo. Y parece que ahora también con una buena dosis de fascismo.
La gente está cansada y con sobrada razón. Es perfectamente entendible que necesite creer en algo o alguien que edifique esperanza para una vida un poco mejor. Los fascistas lo saben y se aprovechan de ello. Por eso es que ya no es políticamente incorrecto —ya no es antiético, ni siquiera inmoral— decir sandeces con orgullo y ser como Trump, como Bolsonaro, como Conte… como Jimmy Morales (quien, de paso, se dará por enterado —si le da la cabeza—cuando saque su lengua del culo de Mike Pence, vicepresidente de los Estados Unidos).
El fascismo más descarado está en modo emboscada, envalentonado, y es momento de, si no articular en cada país frentes antifascistas (que sería lo ideal), al menos pronunciarnos todos en su contra con el mayor de los altavoces. Es tiempo de mojarnos, de tomar postura, de dejar la moderación aparcada para las caricaturas.
¡Que viva la libertad! ¡Que viva la igualdad! ¡Que viva la fraternidad!
Y que muera la tiranía, mejor si antes de nacer. Este 28 de octubre los brasileños y las brasileñas deberían rechazar las propuestas regresistas, irresponsables, antidemocráticas y antihumanistas de Jair Bolsonaro y de su séquito de deleznables.
En 2019 nos toca a nosotros.

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