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Hablemos de ser mujer en la industria audiovisual

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Hablemos de ser mujer en la industria audiovisual

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En el cine, la televisión y la publicidad nos enfrentamos al acoso y a la violencia sexual. Nos tocan, nos piden que nos desnudemos, que seamos más sensuales y que exploremos nuestra sexualidad para beneficio de los directores y sus fines creativos. Hay temor a denunciar. Si el arte comunica, cambia y recupera la memoria, ¿qué hacemos para que sea un espacio seguro para nosotras?

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Estás haciendo una audición y te entrevista un hombre. Te pregunta si estás dispuesta a desnudarte. Preguntás si es necesario y responde con risa. No te vuelven a llamar.

El director te dice que no está satisfecho con tu trabajo, que tenés que ser más sexy, que te falta sensualidad. Te pide que vayas a tu casa, que te masturbes y que al día siguiente le contés cómo te fue. Te negás a hacerlo. Días después te despiden.

Un hombre llega y te saluda tomándote por la cintura. Aunque estás a cargo de organizar el set y al equipo, las manos del tipo sobre tu cuerpo te hacen sentir pequeña y vulnerable. Los segundos se hacen eternos mientras intentás pensar qué decir o cómo reaccionar.

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Tu corazón, que antes se aceleraba por tanta incomodidad, ahora grita con latidos fuertes. Cuando vuelve la calma pensás «qué suerte que esto no pasó a más».

Un hombre se acerca a ponerte el micrófono. Te pide permiso. Sus manos rozan con tu pecho, tocan tu espalda y te hacen a un lado. Te preguntas si es normal, si alguien se habrá quejado.

El cliente te llama. Quiere tomarse una selfie. Te coloca a su lado y pone su mano en tu cadera. Cuando toman la foto toca tu trasero. Piden una foto más. Sonreís incómoda. No podés decir nada, no querés perder tu trabajo por hacer un escándalo frente a tanta gente.

Tu trabajo es una labor técnica. Requiere que estés seria y bastante concentrada. Los hombres que te miran hacen chistes a tus espaldas. Según ellos si no estás sonriendo y si no sos amable siempre es porque estás en tus días o porque no has tenido suficiente sexo.

Pasada la hora en que terminó la jornada, una chica se acerca para contarte que fue abusada por un miembro del equipo. Te das cuenta de que nada te había preparado para enfrentar algo así. ¿Cuáles son los protocolos? ¿Qué dicen los contratos? ¿Dónde buscamos ayuda? ¿Qué pasa si ella no quiere denunciar porque le da miedo perder su trabajo y no quiere retrasar el rodaje? ¿Qué es más importante entonces: el cine o nuestros cuerpos y nuestra dignidad?

Si una mujer habla o denuncia una situación de acoso será la primera en ser cuestionada e incluso despedida o excluida de un medio que es cerrado y poco accesible para nosotras.

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Esto es el día a día en la industria audiovisual de Guatemala. Tanto en el cine como en la publicidad y la televisión, los puestos de poder, conocidos también como «cabezas de equipo», están ocupados en su mayoría por hombres. Sucede lo mismo con los puestos técnicos como los electricistas y tramoyistas.

Este monopolio masculino dominante ha mermado durante los últimos años, gracias a la determinación de muchas mujeres que hemos ganado, con mucho esfuerzo, un espacio para ejercer como profesionales. Pero nuestra participación en la mayoría de las producciones no es en los puestos de direcciones técnicas, y menos aún, creativas. Estamos relegadas como asistentes y otras veces en puestos que son considerados «para mujeres»: maquillistas, vestuaristas o diseñadoras de arte.

En este medio, plagado de grandes personalidades, nombres y caras famosas, la balanza de poder está desequilibrada. Los espacios en donde las líneas son delgadas y borrosas abundan, y nos vulneran: entrevistas de trabajo, castings, fiestas de fin de rodaje, días de descanso, talleres, presentaciones, búsqueda de locaciones, festivales, foros, etc. No tenemos lugares seguros.

Además, las relaciones laborales son de informalidad, sobre todo por la duración corta de los empleos. Son escasas las producciones con contratos laborales de prestación de servicios. Los tratos de palabra abundan y son relaciones muy frágiles en donde la única certeza es que podemos ser reemplazadas en cualquier momento. Esto, entre otras cosas contribuye a la falta de protección frente al acoso y violencia sexual, lo cual disminuye la posibilidad de denuncia.

Aunque las producciones audiovisuales son breves, los contratos son esenciales, pues estipulan las condiciones de trabajo: remuneración, derechos, cesiones de derechos, plazos y duración de las jornadas. También sirven para la resolución de los conflictos. Es imperante exigir contratos laborales que nos cuiden y nos protejan.

En México, por ejemplo, la iniciativa Artemisa propone incluir cláusulas contra el acoso y la violencia sexual. Estas proporcionan dos funciones: establecer mecanismos rápidos para terminar el contrato si se presenta alguna conducta inapropiada, y nombrar y explicar los términos de las situaciones de violencia, así como evitarlas durante una producción.

Somos violentadas porque vivimos en una sociedad en la que se ejerce la violencia patriarcal que normaliza, permite y justifica los abusos. No solo las jóvenes que están buscando una oportunidad de crecimiento laboral lo viven. Esta violencia nos atraviesa a todas sin importar la edad o el puesto.

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Hacernos conscientes de estas situaciones, principalmente en el medio cinematográfico, ha provocado un despertar extendido a nivel internacional. Se han generado movimientos importantes a través de comisiones latinoamericanas que se han unido para dialogar e intercambiar opiniones y experiencias para generar espacios seguros de trabajo.

Algunas de las colectivas que promueven este tipo de proyectos son Movielas, Mulheres do Audiovisual, Cartel de egresadas feministas U. de Chile y Ecuador, Cam de Ecuador, Iniciativa Artemisa y Amazonas Eléctricas de México, Rec Sisters de Colombia, Mau de Uruguay, Colectivo de Técnicas de cine y publicidad de Argentina, Jeva de Venezuela, Nosotras Audiovisuales y Lumbre de Chile, Mesa Audiovisual de El Salvador, Unaik Cine y la Asociación Guatemalteca del Audiovisual y la Cinematografía (Agacine) de Guatemala

Estas han generado estudios y han compartido herramientas para saber cómo reaccionar ante un abuso, cómo proceder si el sistema penal y las denuncias públicas revictimizan. Y cómo manejar las secuelas de discriminación e intimidación después de accionar. Con ello se visibiliza a las mujeres acosadas y abusadas para que no sean solo números, sino rostros. El acoso sexual en el sector audiovisual es un tema complejo y estos encuentros son revitalizantes para avanzar en la materia.

Desde Agacine hacemos un estudio para evidenciar esta situación en Guatemala. Primero haremos una encuesta para tener datos sobre el acoso o violencia sexual en el ámbito audiovisual. Queremos sentar precedentes y crear un manual de buenas prácticas y material de apoyo para reaccionar ante casos de acoso, violencia o abuso. También generaremos conciencia y favoreceremos ambientes de confianza y respeto en las producciones. Queremos que sean espacios seguros para nosotras.

También queremos que las personas que han sido víctimas de acoso o han sido acosadores, muchas veces sin tener conciencia de ello, hablen de esto. La prevención es clave no solo para avanzar, sino para crear mecanismos de resolución de conflictos y alternativas para trabajar de forma integral y responsable.

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Si el arte sirve para comunicar podemos hablar de cómo se siente ser parte de una industria donde hay quienes callan y encubren el acoso evidente, porque no quieren ser excluidos del medio.

Si el arte sirve para cambiar las cosas entonces abramos nuestros sentidos. Es urgente para las mujeres que tomemos nuestros propios espacios, que hablemos sin miedo a no ser escuchadas, que nuestro grito se convierta en una reflexión conjunta y que construyamos mejores prácticas dentro y fuera del espacio laboral.

Si el arte sirve para perpetuar la memoria, no repitamos la historia. Rompamos el silencio y reconozcamos que el acoso sexual, el machismo, y la violencia los vivimos quienes trabajamos en la industria audiovisual.

Hablemos de nosotras, de abandonar los roles que no representan ni reflejan nuestras convicciones. Hablemos de los puestos que debemos ocupar y de cómo nos deberían tratar. Abandonemos el arte que expresa ideas y formas de pensamiento que la sociedad está intentando superar. Hablemos de lo incómodo de ser mujer en el arte, de cómo se siente, porque de premios ya hemos hablado suficiente.

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