Es frecuente la frase «a más pruebas realizadas, más casos de covid-19 identificados». Pasa algo parecido con los casos de desnutrición aguda en menores de cinco años: a más monitoreo de peso y talla, más casos.
Este año, el Sistema de Información Gerencial en Salud (Sigsa) del MSPAS cambió. Ahora los auxiliares de enfermería, los enfermeros, los nutricionistas y demás personal que monitorea la desnutrición de menores de cinco años ya solo ingresan algunos datos básicos, y el sistema se hace cargo de la evaluación de forma automática. Este cambio se llevó a cabo sin pruebas que permitieran detectar errores y sin pensar en el efecto que tendría sobre los reportes.
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El efecto es que aumenta el registro de monitoreo de crecimiento y, por lo tanto, aumenta el reporte de casos de desnutrición aguda. Al comparar la semana epidemiológica 22 (24 a 30 de mayo) de 2019 con la correspondiente de 2020, el monitoreo de peso y talla de niños y niñas menores de cinco años aumentó 139 %. Esto hizo que aumentaran también los casos de desnutrición aguda en 122 %, que equivalen a un extra de 8,550 casos.
A más monitoreos registrados, más casos de desnutrición reportados. Por eso no es saludable comparar datos de 2019 y de 2020 en términos absolutos ni como proporción del total de niños, sino solo de los niños monitoreados. En las mismas fechas, de la infancia monitoreada, un 3 % padeció desnutrición aguda en 2014 (año de devastadora canícula), un 1 % la padeció entre 2015 y 2018 y un 2 % la sufrió entre 2019 y 2020.
Este año podría trepar y rebasar el 3 %. Se acumulan los casos por pérdida de alimentos por las canículas pasadas, por ingresos y por interrupción del circuito de entrega de servicios como efectos de la actual crisis sanitaria. Será necesario fijar una alerta de auxilio internacional si en los próximos meses superamos el 5 % de los casos de desnutrición aguda respecto a la infancia monitoreada.
Porcentaje de monitoreo de crecimiento y casos de desnutrición registrados en menores de cinco años (semana 22 de 2014 a 2019)
El monitoreo no implica solo tomar peso y talla, sino también entregar micronutrientes y consejería. Esto es fundamental para prevenir la desnutrición en los dos primeros años de vida. Aunque hay normas para ofrecerlos en la llamada ventana de los mil días, los esfuerzos para capacitar al personal y otorgarle recursos, insumos y pago puntual han sido mínimos.
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El sistema de información debería ser la brújula para atender de mejor manera la desnutrición en Guatemala. El gasto se tendría que planificar bajo rigurosos análisis bioestadísticos en cada unidad ejecutora con actividades relacionadas con la seguridad alimentaria y nutricional en Guatemala. Pero la gestión ha sido errática en los últimos seis años, y en 2020 el presupuesto es 39 % menor que el de 2015, el año de presupuesto más alto. En resumen, tenemos más monitoreo, pero menos presupuesto que en el año 2015.
Ejecución en millones de quetzales de la actividad de monitoreo de crecimiento del MSPAS de los años 2014 a 2020
El diagnóstico y tratamiento de la desnutrición aguda tiene un presupuesto de 17,545 millones de quetzales. En 2015, el año con mayor presupuesto, se invirtieron 17,098 millones. Cada caso registrado costó 1,116 quetzales. Si la tendencia conservadora continúa en 2020 y el incremento de los registros es de 130 %, se invertirán 495 quetzales para recuperar a cada niño o niña con desnutrición.
La situación se complica aún más, dado que le quitaron 131 millones al programa 14 del Ministerio de Salud, que concentra las actividades de la ventana de los mil días.
¿Qué pueden hacer las autoridades de Salud?
Pueden asegurar insumos y recursos para la recuperación de menores; contratar al menos un 30 % extra de personal local de salud para el primer y segundo nivel de atención y asegurar el pago oportuno (es común que las personas encargadas del monitoreo de crecimiento pasen de tres a seis meses sin pago); actualizar los protocolos de atención de menores desnutridos con complicaciones (no es recomendable ingresar niños y niñas a los hospitales; se deben crear y mejorar centros de recuperación de menores desnutridos); capacitar al personal de salud en el registro de información, normas y atención en contexto de covid-19; agilizar la entrega del alimento complementario a menores de dos años; proveer los recursos necesarios para movilizarse, equipos de protección de personal EPP y cambio de equipo antropométrico en todas las áreas y distritos de salud del país; invertir lo necesario en tecnología para agilizar la captura de información y hacer posible la tan anhelada información en tiempo real, y reprogramar y modificar el presupuesto del programa 14 para por lo menos reintegrar los 131 millones de quetzales reducidos.
No hace falta poner en peligro a las comunidades y a los brigadistas en estos momentos críticos de la pandemia con los tradicionales barridos nutricionales. Se puede depurar y mejorar el control y tratamiento nutricional invirtiendo en las anteriores recomendaciones. Además, es necesario vigilar el porcentaje de infancia desnutrida en relación con la cantidad de monitoreo realizado.
Con un poco de voluntad política se puede pasar la zancadilla y salir de la crisis con un sistema preventivo de salud fortalecido, una de las claves para tratar la desnutrición. Sin embargo, el hambre y sus causas estructurales serán cuestión de una reforma profunda pendiente.
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