No fue un acto heroico ni un gesto de cuidado filial: fue una diligencia cotidiana que terminó convertida en estas líneas de profundo cuestionamiento. Un acto simbólicamente político y en una anécdota que, seguramente, comentaré con mi psicóloga.
El contexto es este: una mujer de casi cien años, medio desnuda frente al espejo; y yo, su nieta de casi cincuenta, sosteniendo la cortina del vestidor como si resguardara un ritual ancestral.
—¿Cómo se me fueron a apachar tanto las chiches? —me dice, examinándose con una honestidad brutal.
—Los cien años, abue. Te lo puedo apostar —le respondo sin levantar la vista del teléfono— A mal palo te arrimás, yo no sé mucho de esto… casi no tengo chiches. Pero si vos me heredás, podría comprarme unas.
Se carcajea con ganas mientras se desviste sin pudor.
Con sus manos arrugadas y pecosas revisa los brasieres como quien escoge una armadura: talla, número de broches, calidad de la tela, firmeza, resistencia. Se los prueba, se observa, descarta.
—Este definitivamente no: se me salen los pellejos por todos lados. Así no sirve. Porque uno no sabe quién va a estar mirando… siempre hay que estar lista.
¿Estar lista?
La frase se me queda colgando como una confesión generacional. Tiene casi cien años y todavía quiere verse atractiva. Coquetamente existente. Sexualmente deseable. Y eso —que debería ser natural— resulta subversivo. Porque la cultura machista acepta la feminidad solo bajo condiciones estrictas: joven, fértil, complaciente, callada. Todo lo que se sale de ese molde debe ocultarse o silenciarse.
Pero, ¿quién jodidos decidió que el deseo femenino caduca?
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La feminidad siempre ha sido un territorio vigilado. Se nos exige ser bonitas, pero no sensuales; maternales, pero no sexuales; deseables, pero no deseantes. El placer femenino no solo se controla: se castiga. Por eso es que a las niñas se nos educa con culpa, con miedo, con vergüenza. Y por eso es que muchas mujeres no sabemos qué hacer con nuestra sexualidad: porque el deseo masculino envejece con prestigio; el femenino, con desprecio y culpa.
La vergüenza es precisamente el lugar común para muchas mujeres. Desde la infancia aprendemos a sentirla como una forma de resguardo, como una herencia cultural que se transmite sin cuestionarse.
¿Dónde se aprende a ser mujer? ¿Dónde es que aprendemos sobre la sexualidad?
Yo aprendí en casa, donde el cuerpo se vigila.
Aprendí en el colegio de monjas, donde el cuerpo se juzga.
Aprendí en la iglesia, donde el cuerpo y su disfrute se condenan.
Y lo sigo aprendiendo en la cultura, donde el cuerpo se castiga y se irrespeta.
Mi abuela mide metro y medio, usa talla 36 C, se divorció dos veces y se casó tres en una época en la que eso era un pecado imperdonable a nivel social. Nunca fue santa, jamás fue silenciosa. Nunca encajó. Y su cuerpo —aún hoy— lo recuerda.
—Lástima que no me crié con vos —le digo—. Esas mañas de mujer no me las sé.
Y es cierto.
Yo no aprendí a coquetear. Aprendí a cuidarme. A taparme. A justificarme. A entender que el cuerpo femenino es un problema público. Que mostrarlo tiene consecuencias. Que disfrutarlo tiene un alto precio.
Ahí es que reside el núcleo del problema: el deseo femenino siempre ha sido «administrado» para sostener la paz ajena. La de ellos. La del sistema. La de la moral.
Y sin embargo, mi abuela en férrea autonomía se decide por un brasier bonito, firme, digno.
La sexualidad de las mujeres mayores incomoda porque desnuda la mentira más grande: nunca fue solo para procrear. Y esta apabullante verdad incomoda más que cualquier escote.
Salgo del almacén con la convicción de que la feminidad no se marchita. Lo que se pudre es la mirada social que no tolera a una mujer que sigue siendo cuerpo, deseo y presencia, a pesar de sus casi cien años.
Mi abuela no compra solo un brasier.
Compra el derecho a existir sin disculparse.
Compra memoria corporal.
Compra resistencia.
Porque el 36 C no es una talla: es una historia.
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