Hace un par de años, movida por una curiosidad más antropológica que espiritual, fui por primera vez a ver una procesión. No haber asistido antes me parecía una incongruencia psicosocial imperdonable porque, aunque chapina, crecí fuera de la práctica católica: educada en colegios religiosos de señoritas decentes, pero en una familia con convicciones medio intelectuales y coloradas. Nunca había participado realmente en estos rituales.
La curiosidad genuina —y un antojo enorme por un mango en bolsa— me llevaron al Centro Histórico aquel día. Recuerdo haber pensado que el momento más glorioso de la Semana Santa sería el Domingo de Resurrección: la celebración de la vida, del milagro, de aquello que —según la fe cristiana— distingue a Jesús de todos los demás mortales.
Pero no.
La grandeza, la devoción, la estética y la emoción colectiva estaban puestas en el dolor ritualizado y cargado de culpa de los días previos. En la crucifixión. En la sangre. En la muerte.Y entonces entendí algo inmensamente incómodo: los chapines no solo toleramos el sufrimiento… lo legitimamos
Y esto no es casualidad. Durkheim y José José no me dejarán mentir, los rituales colectivos no solo expresan creencias: construyen cohesión social. Sufrir juntos —aunque sea simbólicamente— nos une. Nos da identidad. Nos recuerda quiénes somos como grupo. En ese sentido, las procesiones no solo representan la pasión de Cristo: representan una forma compartida de entender la vida.
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Pero hay algo aún más profundo. Desde la psicología social, autores como Haidt han señalado que las culturas desarrollan marcos morales que definen lo que consideran valioso. En muchas sociedades latinoamericanas —marcadas por la historia de colonización, desigualdad y violencia— el sufrimiento se asocia con virtud. Aguantar significa ser bueno. Resistir es ser digno. Sacrificarse es ser moralmente superior.
Y entonces, aparece la figura de Jesús, pero filtrada.
En Semana Santa no celebramos la vida del Jesús que sonríe, que cuestiona, que incomoda al poder. No el que se sienta con los excluidos ni el que voltea las mesas del templo. Sino el Jesús mártir. El que sangra. El que se sacrifica. El que muere.
La historia —como ciencia— también ayuda a entenderlo. La tradición católica barroca, profundamente arraigada en América Latina desde la colonia, construyó una estética religiosa donde el dolor ocupa el lugar central. No es casual que nos identifiquemos más con la herida, que con la posibilidad de sanar.
Desde la psicología, esto puede derivar en lo que conocemos como «la costumbre al malestar»: la idea de que vivir contentos es sospechosa. Que la alegría es frágil porque pronto pasará algo terrible, y que lo verdaderamente valioso solo se alcanza a través del sufrimiento.
Y ahí aparece la contradicción.
Porque resulta profundamente desconcertante que una religión que proclama la vida —la vida eterna, incluso— construya buena parte de su identidad simbólica alrededor de la muerte.
Después de mi paso —torpe y arisco— por la religión y el evangelio, me quedo, sin duda, con ese Jesús que no necesita ser cargado porque camina a la par de nosotros.
El que sonríe.
El que se indigna frente a la injusticia.
El que hace milagros cotidianos.
El que nos dio ojos para ver y boca para agradecer.
El que contaba chistes a sus apóstoles e historias a los niños.
El que compartía mesa con los pobres y caminaba con los indeseables.
Ese que, si uno lo piensa bien, no cabe en una urna de vidrio. Ese que —me gusta creer— no murió del todo porque sigue vivo en lo que hacemos a diario con lo que nos enseñó.
Tal vez el problema no es que recordemos el dolor, es que olvidamos todo lo demás.
En fin, mi escena favorita de Jesús es cuando les mentó la madre a los del CACIF frente al templo, ¿cuál es la de ustedes?.
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