Según las constelaciones familiares, por eso es que me maté estudiando para ser una terapeuta de parejas que busca-inútilmente-reparar el inmenso dolor de su linaje ancestral con apenas dos manos e innumerables títulos universitarios que hasta hoy no han sido suficientes.
En cuanto al linaje, hoy soy madre de dos hombres de casi 27 años, y hay una idea que no deja de rondarme: no sé si les enseñé a amar.
Este fin de semana, mis hijos estuvieron en la boda de un amigo del colegio. Uno de esos niños que crecieron en mi casa y que ahora inicia su propia historia. En ese tránsito silencioso entre la infancia y la adultez, algo se movió dentro de mí: cuando los hijos empiezan a elegir pareja, una madre deja de preguntarse si hicieron la tarea y empieza a preguntarse qué versión del amor heredaron.
A manera de contexto, soy terapeuta de parejas. Y, aun así, he tenido un pésimo ojo para el amor. He elegido mal. Me he quedado cuando debía irme y me he ido cuando —tal vez— debía quedarme. He puesto límites aguados y, otras veces, he sido más recalcitrante que guillotina filosa cuando no era necesario. Y en medio de esa historia aparece una culpa incómoda: ¿Y si mis hijos aprendieron a amar desde mis errores? Porque los hijos no aprenden de lo que decimos, aprenden de lo que ven.
[frasepzp1]
Y no sé exactamente qué vieron. Con sus ojos de gato vieron a una mujer que se equivocó, sí. Pero también vieron a una mujer que se eligió. Vieron a una madre presente, amorosa entre sus posibilidades, vieron a una madre que los besaba todos los días, que les acompañó con solidaridad en las buenas y en las malas, una que decidió romper el ciclo de violencia en el que creció. Porque yo sí crecí en una casa donde el amor venía con golpes —par de abrazos, par de pijazos— donde la misma mano que hería acariciaba después. Donde la ambivalencia era el pan de cada día, donde quien te quiere, te aporrea.
Decidí romper esa herencia agridulce pero no sé qué hice con los pedazos rotos. Digo, aunque quise hacerlo distinto, ¿qué pasa si esa enseñanza se filtró en mis intenciones, si se colaron algunos chayes?
Con mis hijos decidí hacer algo distinto. Procuré el amor (o lo que conocía de él) pero no los crié desde cero: los crié desde lo que fue, desde lo que sobrevivió, desde lo que tuve que desaprender. Elegí los abrazos, pues, pero no fui capaz de esconder los pijazos del pasado.
A mis hijos les enseñé a poner límites. Les enseñé a no tolerar lo que duele. Les enseñé a irse a tiempo. Pero no sé si les enseñé a quedarse cuando el vínculo vale la pena. Porque hay una línea muy fina —y muy peligrosa— entre el amor propio y la incapacidad de sostener. Entre cuidarse y huir. Y esa línea no se enseña con discursos: se enseña viviéndola. Y a estas alturas no estoy segura de conocerla aún.
Bauman no me dajará mentir, vivimos en tiempos líquidos: vínculos frágiles, relaciones desechables, afectos que consumen más de lo que construyen. En ese contexto, criar hijos que amen plenamente no es solo un acto íntimo, es casi un acto de resistencia. Pero mi herencia es la ambivalencia, lo agridulce y esa música que «ama» hasta doler.
En fin, mi mayor miedo no es haber fallado como madre. Es haberles enseñado a amar desde mis grietas. Desde mi historia. Desde mis dudas. Y que esa sea la herencia que dejo para ellos.
Pero los veo —seguros, presentes, emocionalmente disponibles— y algo no termina de cuadrar. Porque cuando los hijos están bien, una espera sentir orgullo. Y sí, lo siento. Pero también siento desconcierto: como si el resultado fuera mejor que el proceso que recuerdo.
Tal vez porque me exijo demasiado. Porque a veces-bruta que soy- aún creo que para formar adultos emocionalmente sanos necesitaba haber sido una madre impecable. Y claro que no lo soy. Pero dicen los libros que nuestros hijos no necesitan madres perfectas, necesitan madres conscientes. Y tal vez eso fue lo que sí hice bien.
Les di afecto todos los días, incluso cuando ya no querían.
Les dije que los amaba, siempre. Traté de no emitir juicio contra ellos.
Les di espacio para ser.
Y, ante todo, nunca los hice responsables de mi felicidad.
Hoy, mientras los imagino en esa boda —riendo, eligiendo, viviendo— entiendo algo: este momento no es sobre ellos. Es sobre mí. Sobre aceptar que el amor que aprendieron no es solo el que yo les di, sino también el que ellos construyeron por sí mismos.
Mi trabajo no fue enseñarles a amar perfectamente. Fue darles la libertad —y las herramientas— para amar mejor de lo que yo supe. Queda en mi corazón una esperanza nueva: que el amor que ellos vivan no sea perfecto, pero sí más libre, más consciente y más sano que el mío. Y con eso, por primera vez en mucho tiempo, mi historia deja de ser herida y se convierte en punto de partida.
Más de este autor