Muchas verán Cumbres Borrascosas pensando que es una historia romántica intensa, de esas que hacen suspirar el corazón. Y sí, intensa es.
Dice Google que «borrascoso» tiene varios sinónimos interesantes: tormentoso, turbulento, accidentado, agitado y desordenado. Empecemos con eso.
La versión que acaba de estrenarse en cines refleja a la perfección una de esas historias de «amor» que todo lo aguanta y todo lo tolera. Como terapeuta de parejas —y como mujer que creció en una cultura que nos enseña que amar es sufrir— quiero invitarte a ver esta película (y al amor) con ojos nuevos.
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Si algo nos ha enseñado la cultura popular es a romantizar relaciones que, en la vida real, nos tendrían llorando irremediablemente en terapia. Esto responde directamente a nuestro traumatizado entorno. En Guatemala tenemos un dicho que resume perfectamente lo que quiero decir: «El que te quiere, te aporrea». Lo aprendemos desde niñas y lo citamos medio en broma, pero el mensaje se nos queda eternamente grabado. Nos enseñan que el amor implica aguantar, sacrificarse, sufrir. Que si el vínculo duele, es porque es profundo e importante. Que si es difícil, es porque vale la pena.
Emily Bronte seguramente no escribió Cumbres borrascosas para que la gente dijera «quiero un Heathcliff en mi vida». Igual pasó con Shakespeare y Romeo y Julieta: la obra no era un manual romántico, era una tragedia. Pero aquí estamos, siglos después, usando historias de relaciones caóticas como modelo aspiracional.
La educación sentimental de muchas mujeres —infame mezcla de religión, cultura y películas— nos enseñó que amar implica sacrificio, abnegación y resistencia. Que una «buena mujer» aguanta. Que el amor verdadero todo lo soporta. Y ahí vamos, sosteniendo relaciones que nos quitan más de lo que nos dan.
Cumbres Borrascosas muestra dos personas profundamente heridas que no saben vincularse desde la sana calma. La relación pasa del orgullo, al resentimiento, a la obsesión y a la insaciable necesidad de control. Y, sin embargo, muchas envolverán esta maltrecha trama en música bonita, paisajes divinos y miradas intensas para «componer la receta» y armar una «historia romántica».
Nos encanta esa narrativa porque nos resulta familiar. Pensemos en los pleitos de nuestros padres, en los salmos que hablan de resiliencia eternizada, en las telenovelas, en cómo las noticias romantizan las violencias y mal nombran los asesinatos como «crímenes pasionales».
Lo veo a diario en consulta: mujeres inteligentes, fuertes, preparadas que se quedaron años en relaciones tormentosas que las hacían inmensamente infelices. Porque el que las aporreaba seguro las quería, porque aprendieron a sostener vínculos borrascosos a cualquier costo. Y porque también —seamos honestas— la sociedad nos repite a mil voces: «te aporrea de vez en cuando, seguro te quiere».
La educación religiosa tradicional también aportó lo suyo: la idea de sacrificio, entrega total, sufrimiento redentor. Conceptos valiosos en algunos contextos, pero extremadamente peligrosos cuando se trasladan sin filtro a las relaciones afectivas. Porque el amor no debería ser penitencia.
La salud mental nos ofrece otra narrativa: el amor sano no te salva, te acompaña. No te exige sufrir para demostrar compromiso. No te pide renunciar a tu paz. El amor sano no es cinematográfico. Al contrario, es bastante cotidiano: respeto, comunicación, estabilidad emocional. Poco drama y mucho compañerismo solidario.
En fin, si vas a ver Cumbres Borrascosas, disfrútala. Es arte, es magnífica fotografía, es historia literaria. Pero no la uses como manual sentimental. Ni esa, ni tantas otras películas donde el amor parece una guerra permanente e interminable. Que el cruel «hasta que la muerte nos separe» sea una historia que jamás se repita, porque un verdadero final feliz es aquel en donde el amor no se siente como cadena perpetua.
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