Todo se deteriora, se pudre, no por crueldad, sino por el imperativo existencial que llevamos: vivir a través de sistemas. Tu cuerpo, una casa, una colonia de hongos, las hormigas, los bosques, conceptos, relaciones o incluso instituciones, todos estos sistemas comparten una particularidad fundamental: requieren energía para funcionar. Y cuando dejamos de invertirla, comienzan a abandonarnos.
El calor, en forma de radiación electromagnética que nos regala el sol, se transforma de maneras casi inimaginables en la energía que necesitamos para vivir; en la energía que luego invertimos en pensar, imaginar y construir cosas que, al contemplarlas de cerca, resultan igual de asombrosas por la magnitud que apenas podemos comprender desde nuestra limitada experiencia sensorial. Todos estos sistemas están construidos, formados y mantenidos tanto por inercia como por elección colectiva. Si dejas de invertir energía en mantener tu casa sin goteras, en relacionarte con las personas que amas, en construir algo, esto se desmoronará.
Un cuerpo, una construcción o una idea están, en sí mismos, compuestos de energía; es a partir de su transformación en esfuerzo que estos se mantienen. Un cuerpo que deja de recibir insumos para poder realizar sus funciones biológicas comienza a decaer, incluso antes de que muera.
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Porque, otra característica de cualquier sistema es que está en constante transformación, la energía siempre se está moviendo a otro lado, siendo habitada quizás por moho, quizás por hierbajos. Una casa, una construcción requiere energía para ser pensada, para construirla, para mantenerla sin que se caiga. Si dejas algo, sea tangible o no, el suficiente tiempo sin cuidar, sin preservar, la energía se transformará, se moverá a otro sistema. Una cabaña de madera abandonada será comida para hongos e insectos, refugio para otros organismos, nutrientes para plantas si se abandona.
Todo este decaer está interrelacionado, para que las cosas existan y se mantengan, se tienen que cuidar, y para construir cosas, otras tienen que ser destruidas, derribadas. Aunque no se mire de manera directa u obvia, bajo esta premisa energética es que está construido el mundo. Se toma energía potencial de otros sistemas y se aplica en otros. El nutrirse con una dieta es esto, el construir una vivienda es esto, la creación de conocimientos se basa en esto.
Yo llamo a esta propuesta la «antropología del deterioro», y no se dejen engañar por el nombre que a primeras pareciera ser una expresión de resignación, no, todo lo contrario. Esta es una perspectiva sensible, moldeada, creativa y temporal, no hay que dejarse engañar por el aparente nombre pesimista que tiene, sino que se trata de una forma de entender(nos) para poder resignificar al mundo. Todo bajo la premisa de que toda creación de significado es relacional y está atravesada por la irremediabilidad del deterioro.
Porque, si las cosas se desgastan y dejan de ser, es por eso que nos esforzamos —de formas casi imposibles— no solo por mantenerlas, sino por hacerlas crecer y reforzarlas; en este sentido, esto también constituye una antropología de la construcción. Se trata de un esfuerzo colectivo que nos permite reconocer que el deterioro, muchas veces, no es accidental, sino diseñado y elegido. Mientras las municipalidades mantienen en constante abandono calles, banquetas y espacios públicos, son los vecinos organizados quienes, con frecuencia, deciden impedir o revertir ese proceso de decaimiento.
Pero la «antropología del deterioro» también busca señalar que, del mismo modo, este debe mantenerse y preservarse, aunque sea únicamente por inercia o por costumbre. ¿Por qué nos esforzamos tanto? ¿Por qué gastamos tanta energía en hacer perdurar un sistema que nos tiene en abandono? ¿Por qué defendemos conceptos, personas o instituciones que, aun sabiendo que nos deterioran, seguimos sosteniendo?
Deterioran nuestra salud, nuestras relaciones e incluso nuestra propia capacidad de vivir plenamente. Por eso, la «antropología del deterioro» invita a dejar atrás, a abandonar y permitir que decaigan esos sistemas viejos, obsoletos y opresivos. Abandonemos ciertos conceptos, la binariedad de nuestro pensamiento y sus violencias; dejemos que se llenen de moho, que la energía invertida en ellos se desplace hacia otros espacios que realmente valgan la pena, que expandan y potencien nuestras vidas.
Esta columna también se deteriorará, pero no creo que eso sea triste. El deterioro se convierte, de algún modo, en una forma de fundar el mundo: de comprenderlo como cíclico, tal como tantas culturas ya lo entienden. Porque, al final, esta es una propuesta para reconocernos, para pensarnos de manera alternativa y sensibilizarnos ante aquello que verdaderamente importa. Esto es decaer y deteriorarse, pero también es construir, cuidar y resignificar.
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