Tenemos una obsesión enfermiza con el cuerpo, el orden y la estructura en la que organizamos nuestra vida está basada en cumplir los caprichos –biológicos y culturales– del cuerpo. No hay escape de estos caprichos, hemos de comer, hemos de descansar, hemos de generar deshechos, hemos de decorarnos, hemos de envejecer y desgastar, hemos de cuidarnos. Se nos enseña desde un inicio a obsesionarnos con el cuerpo, a adornarlo de cierta forma según nuestro género asignado al nacer, a tratarlo de cierta manera, a usarlo de una forma específica, a pensarlo como algo natural, una obviedad de la que no te puedes escapar. Se nos socializa a no podernos imaginar el cuerpo más allá, a verlo como algo por explotar, un recurso, un vehículo. Algo que se contiene solo con la carne y la piel.
¿Qué es el cuerpo? ¿Qué lo comprende? ¿Este termina solo con la delimitación de tu carne y tu piel? ¿O quizás también se expande y permea en relación con cómo comprende tu cuerpo un «otro»? Inclusive, ¿se expande con la posibilidad de tu actuar, de tu mirar? Piensa en qué tanto control tienes sobre tu cuerpo, en cómo te sientes cuando lo ves, cuando lo piensas. ¿Hay incomodidad con su forma, su mecánica o aspecto?
Lo que termina conformando tu cuerpo resulta siendo en realidad solo una pequeña parte de tu propia consciencia y voluntad, el tenerlo y el estar consciente de ello es un constante ejercicio de aceptación sobre la falta de poder que tienes sobre un territorio que es tuyo, pero no te pertenece. Tú, como persona latiente, vives al orden de tu cuerpo, si enferma, si enfría o calienta, si tiene hambre, sed, cansancio, dolor, bienestar, placer, cariño o soledad. «Todo acerca del destino es inevitablemente dependiente a nuestra inescapable corporalidad» dijo David Huckvale[1].
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Si sufres de una enfermedad crónica, si tu cuerpo o mente atentan contra la misma constitución inherente para lo que está diseñado, ¿qué haces? Porque no hay voluntad o agencia suficiente para cambiar algo que solamente resultó ser, sin control, sin pensamiento. ¿Qué ocurre cuando tu cuerpo se hace adversario, lo hacen adversario? ¿Qué pasa cuándo el desgaste cognitivo es tal que ya ni siquiera te recuerdes? En el cuerpo y en su propia dinámica a la hora de habitarlo existe un horror profundo, una falta de control que hemos pasado siglos tratando de olvidar, de olvidarnos vulnerables, de olvidarnos cambiantes, débiles. Sin control. El horror de tener un cuerpo habita cuándo lo piensas y descubres su fragilidad, la ausencia de la capacidad de reconocerlo como tuyo, de siquiera quererlo tuyo.
Y sobre esta imposibilidad individual que yace sobre el cuerpo, también se posa una que termina de arrebatarte todo: el poder que tiene el otro sobre tu cuerpo, cómo este territorio también se vuelve algo por oprimir y controlar. Paul Preciado presenta una alternidad para entender la carne, la de ver «el cuerpo como espacio de construcción bio-política (sic), como lugar de opresión, pero también como centro de resistencia»[2]. A tu cuerpo lo violentan, lo explotan, bajo la condición inherente a nuestro sistema económico y social. Lo vendes, vendes un tiempo que solo hace sentido y es urgente con relación a un cuerpo que se ve afectado por él, uno que envejece, uno que se desgasta y cambia de formas irreconocibles.
Dependiendo de cómo y dónde hayas nacido, crecido, del color de tu piel, tu peso, tu altura, tus habilidades, su estética o si quiera te sientes parte de tu misma condición corporal verás cómo cualquier espacio que te quedara para reclamar tu cuerpo se hace ausente. La tríada del capitalismo, colonialismo y la condición patriarcal posicionan tu cuerpo, toman tu territorio, lo explotan y lo usan como un recurso más.
Mi invitación es que al pensar en nuestros cuerpos reconozcamos la falsedad e ilusión que yace en las formas aspiracionistas que se nos ha enseñado a querer con tanto fervor. Haz tu cuerpo tuyo, reclámalo como tuyo ante la opresión, defiende tu cuerpo y defiende el de otros. El rechazo, las inseguridades y el odio que puedes sentir sobre él es otra herramienta más de opresión, de distracción. Piensa en tu cuerpo, en cómo lo puedes hacer más tuyo, entiende como precedes de él y el valor que hay en ello.
El cuerpo es el comienzo de todo horror, pero también es el comienzo de toda satisfacción, de todo placer, de todo bienestar. Piensa en tu cuerpo y los límites sobre él, pero también en los límites culturales y sociales que nos quitan el espacio para poder reclamarlos. Tu cuerpo es tuyo, hazlo tuyo.
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1 David Huckvale, Terrors of the Flesh: The Philosophy of Body Horror in Film, McFarland & Company, Inc., 2020. Cita traducida por autor.
2 Paul B. Preciado, Manifiesto Contrasexual, 2002.
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