Contexto: En la Bienal Nacional de Artes Visuales de la República Dominicana de este año, se otorgó un premio «igualitario» a una obra empecinada en hacer fotosíntesis, y luego se lo quitaron, precisamente por eso.
Al parecer, al Colegio Dominicano de Artistas Plásticos, quienes solicitaron la anulación, no tenían «animadversión contra ninguna corriente artística ni contra el artista, porque él es artista igual que nosotros y él hizo su trabajo» sino con que fuera «perecedera», lo cual violaba una de las cláusulas de la convocatoria. No defendieron el arte, sino la regla. A la pobre palma le habría convenido más morirse antes del concurso y así inscribirse como madera –con lo cual ya hubiera podido participar.
Contexto: La obra se titulaba «Lo que no se saca de raíz vuelve a crecer», fue inscrita como escultura y consistía en una palma «de verdad» en una maceta. De ganar, no se iba a quedar en la maceta sino que debía de ser plantada en los jardines del Museo de Arte Moderno de ese país.
Yo no sabía que una planta que respira es técnicamente perecedera. Quizás por mi propio instinto de conservación o miedo a la muerte. Y tampoco entiendo aún por qué lo «perecedero» siempre es una molestia administrativa. Nadie quiere una obra que no pueda inventariar y menos si a nadie le van a pagar para regarla. Tampoco una que saque bananos después de la foto del catálogo.
Esto de los bananos es una licencia mía. La especie de palma en mención no daba bananos, sino que reflexionaba acerca de lo que sobrevive –estructuras de poder incluidas– incluso luego de haber sido «eliminadas». Una obra viva en un concurso estatal es como meter un cerdo a competir en una fábrica de jamones: todos sabemos cómo va a terminar.
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Contexto: El Ministerio de Cultura es quien convoca y regula el certamen. No como «policía del arte» sino más bien como «Rey Salomón del arte»: evaluando la obra como la construcción de una carretera, a través de un formato que se parece más a una licitación pública. Por eso el fallo fue a favor de la literalidad, según la RAE. Irónicamente, varias piezas inscritas estaban inspiradas en la naturaleza o llevaban el nombre de plantas o sus partes. Como una botella con arena de playa vendida como recuerdo del verano, pero que no huele a mar.
Comparar obras en un concurso de arte es tan lógico como pedirle a un jurado que decida si es «mejor» una silla o un poema. Y aun así, el campo artístico insiste en medir, jerarquizar y premiar como si el valor estético y discusión crítica fuera un deporte cronometrado. Y, bueno, en una industria donde el dinero y el reconocimiento son escasos, siempre cae bien un poco de platita y una foto con el gobernador de turno.
De pequeño participaba todos los años en un concurso de dibujo de McDonald’s. Seguramente para ganar una cajita feliz y una prueba de que el arte «paga». Incluso llegué a pegarle ojitos locos –de esos que se menean cuando uno los zangolotea– para que pareciera más vivo. Con el tiempo he aprendido que lo que gana es lo muerto bien presentado.
De aquí a 70 años, cuando la palma finalmente se esté secando, el material del cual estaba realmente hecha la obra habrá muerto: todos nosotros. Lo que no se saca de raíz vuelve a crecer, y los artistas del futuro seguirán siendo, inevitablemente, jardineros involuntarios.
Contexto: La pieza fue presentada por el artista dominicano Karmadavis, quien vive y trabaja en Guatemala.
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