No siguió hablando en la parte en donde normalmente dirían «bueno hdp, ahora regresá por donde venías y no vayás a ver para atrás». Yo, que no era mi primer asalto, advertí que probablemente sí lo era para él. Nada de: «subite como si nada» mientras te llevan abrazado al bus. Ni siquiera: «cuidado y nos ponés el dedo». No soy un hombre performático. Incluso me da ansiedad si no me mandan un WhatsApp primero preguntando si me pueden llamar.
Hace unos años una amiga bailarina –palabra imposible de pronunciar sin que en mi cabeza salte una figurita bailando dentro de un joyero– me invitó a participar en un «Circo para llevar». Un happening en la vitrina del almacén El Cairo en donde ella esquivaba los pincelazos de un pintor, mientras afuera estábamos un payaso y yo: el escritor. Yo,insisto, que no soy un hombre performático, sino más bien un cortocuentista, funcioné bien mientras leía los pocos textos que escribí en mi breve carrera de poeta. Pero cuando me tocó empezar a hablar sin guion me paralicé. Tal y como me pasó el día del asalto.
Hoy en la mañana entró una llamada de un número desconocido. Lo vi varias veces y no contesté por si las dudas.
[frasepzp1]
Mientras el ladrón y yo y mis perritos –a quienes había sacado a pasear– nos mirábamos intermitentemente y de rabillo, recordé que el día en que me llevaron abrazado a la camioneta la señora que me prestó para el pasaje me dijo que había pensado que el muchacho del alacrán tatuado en el brazo, con hoodie de ponchito, y yo éramos amigos. ¡Qué bueno que cuando me dejó en la escalera del bus no se despidió de mano! No hubiera sabido si dársela apretada estilo militar, chocarlas sonoramente en un high five o robarle un beso.
Resultó que quien me estaba llamando era uno de los técnicos de fumigación a quienes les iba a abrir la puerta para hacer la cocina del restaurante. Me lo tuvo que decir un mensaje de alguien conocido. Alguna vez leí a Erving Goffman decir que la vida social funciona como una escena mal iluminada. Yo no tengo problema con actuar. El problema es que casi nunca sé cuándo empezó la obra ni quiénes están mirando.
Aquella vez, desde el público alguien gritó un verso. Y el que estaba vestido como payaso de repente se volvió poeta y sostuvo una conversación lírica con los asistentes mientras yo me volvía público y sostenía varias hojas de papel contra el estómago. Ojalá alguien hubiera recitado algo la tarde del asaltante primerizo. Yo, como no soy poeta y para salvar la escena, solo pregunté: «¿Qué hago ahora? ¿Camino para aquel lado?». El ladrón (que seguramente tampoco era un hombre performático): «Sí». Qué incómodo es cuando uno se descubre mirándose actuar.
Camino a casa no volteé la cabeza aunque no me lo advirtió. Supuse que el ladrón se había quedado parado, viéndonos desaparecer, con mi celular en su mano. Solo pensé: «Ya no hacen a los perritos como antes. Ya no protegen de los ladrones».
Más de este autor