El Miércoles Santo, mientras veíamos el lanzamiento del cohete en Tiktok, llegó un extranjero al restaurante. Preguntó si era cierto que acá «hacíamos alfombras en la calle y la gente pasaba encima». Ante la desidia que me producía detallar los pormenores de la Semana Santa —y más aún en la lengua inglesa—, le dije que mejor fuera; que los turistas pagaban mucho dinero por estar estos días acá y que él ya estaba en Guate. Resultó que se iba al día siguiente. Como yo no iba a hacer nada en Semana Santa, y como «no hacer nada» es «ver procesiones», decidí ir. No por religión sino porque podía.
Al final se apuntó una amiga. Era mi segundo viernes santo después de muchos años, pero —a diferencia de Artemis II— nosotros no íbamos solamente a rodearlo.
De las procesiones me gusta el cambio de turno; el uno, dos, tres, vamos señores y suben el anda que parece que se va a romper; rechina y todo tiembla y las rodillas se doblan. En los lanzamientos es diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro; parece que va a explotar; ruge y todo tiembla y el corazón se comprime. Vamos señores, otra vez. La cuenta regresiva marca el avance. La progresiva, la lucha por la permanencia.
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Del espacio recuerdo que no me llevaron a ver E.T. a la capital con los primos más grandes; que odié cuando llegaron las Guerras de las Galaxias porque nadie quería leerme los subtítulos; y la escultura de la montaña en el puré de papa de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. Años después: el noticiero con la explosión del Challenger —al que todavía le digo Chálinyer— y la cara de horror de los alumnos de la maestra que iba a bordo; mis ganas de que vengan los extraterrestres antes de que me muera: la cuenta regresiva.
Que qué bonita va la virgen, dijo una señora que no se callaba y que insistía en narrar punto por punto lo que sucedía, como si fuera acto cívico. Yo las miraba a todas iguales. Con la diferencia de que había unas más ricas que otras. Se les notaba en el brillo del pelo, en el tamaño del resplandor, en lo tupido del bordado, en el brillo de la lágrima dolorosa.
— Es que acá hay más presupuesto — nos respondió la señora, mientras empujaba innecesariamente a mi amiga.
Y si todos los Jesuses son el mismo y todas las Vírgenes la misma, ¿por qué no sale solo una?
El capitán del Orión, al aparecerse en mis reels, nos dijo: «desde acá arriba se ven como una sola cosa». Lloré.
El mismo capitán Víctor Glover, que bañó con burbujas de agua flotantes su musculoso cuerpo en vivo, agregó: «Esto muestra lo que podemos cuando ponemos nuestras diferencias juntas».
Somos un planeta que lleva medio siglo sin volver. ¿Y si dejamos que China use la estación espacial? Pero esa decisión no es de los cucuruchos.
Mientras gravitábamos las calles del centro nos dimos cuenta de que la procesión no es algo que se va a ver desde fuera. Es la espera en una esquina comiendo un vasito con churros; es saber por dónde va, siguiendo únicamente el olor a incienso; son los palos, como tenedores, que levantan los cables antes de que pase; es el uno, dos, tres, y la multitud que carga el carro que tapaba el paso y gritan de alegría; es la señora que no se calla; es mi amigo que se queja en redes (que vivimos en un país laico); es el pum pum de los tambores gigantes que retumba las paredes.
El lunes después de Semana Santa le pregunté a un amigo si había visto en vivo el momento en que la tripulación había alcanzado el punto donde más lejos ha estado la humanidad en el espacio. Pero él no había tenido tiempo de enterarse de nada. Somos muy jóvenes para ser generación Apolo y muy viejos para generación Artemis.
Esta semana instalé dos apps. Una para seguir una nave espacial. La otra, procesiones. Las dos las diseñó un gobierno. No necesitaba ninguna. Necesitaba creer en algo.
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