Pero lo que más miedo me da, no es que toda la sala escuche mis ronquidos. Ya superé eso en los aviones. Me da pavor despertarme y que la película se haya convertido de repente en una de superhéroes que no conozco. Me ha pasado. Y para poder regresar a los teatros tranquilo, busqué ayuda especializada.
Tengo un vecino que tiene todos los muñequitos en vitrinas con luz adentro, como mi abuelita tiene a sus santos. Con la diferencia de que mi amigo nunca los saca ni juega con ellos. Tiene a Thor, a Capitán América, a Ojo de Halcón, Doctor Strange, Shang-Chi y Víbora de la Noche –este último me lo inventé pero seguro lo tiene–. Y también tiene repetidos. Dijo que son de distintas realidades. Yo asentí, como quien entiende, y me retiré cerrando con cuidado la puerta.
En una de las pelis que me recetó, tratan de llamar a Superman. Pero dicen que está ocupado apagando un volcán en Guatemala. Al final no dicen qué pasó con el volcán, éramos la excusa para no ayudar a Flash.
Es aburrido vernos. Por eso mi vecino sabe lo que pasa en Central City y no en Ixcanul. Y si se deja que las salas decidan, habrá cada día más Víboras de la Noche. Mi vecino nunca le rezaría al Cristo de las Tres Caídas, y aun así la Semana Santa seguirá siendo patrimonio cultural de la humanidad.
Algunos multiversos ya lo han descifrado. Como El Ánima Sola no puede sola contra Mister Milagro, han encendido más velas en el altar cuaresmal. Francia entendió que el cine es cultura y por eso tiene un fondo desde 1946. Así financia las películas que el mercado no sostendría. Colombia aprobó su ley en 2003 y pasó de hacer cuatro a 132.
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En Guatemala estamos a una lectura de lograrlo. Del Congreso. Yo lo sé. Pero es un gran avance para una iniciativa que empezó hace muchos años y que se terminó de armar por Zoom en el 2020. Mientras usted y yo tomábamos clases en línea de cómo hacer pan y cinco gotas de rivotril (dos en la mañana y tres en la noche), los cineastas se reunían para probar lo que no necesita pruebas: que contar historias propias tiene valor. Pregúntenselo a Tony Stark.
El problema es que para el Banco de Guatemala no existe San Pascual Bailón. La Cuenta Satélite de Cultura —que mediría cuánto representa la cultura en la economía del país— está inactiva. Entonces el cine tuvo que agruparse con la edición de libros y revistas —casualmente de donde provienen los superhéroes— para generar estadística: Q3,780.7 millones combinados.
—¿Es este el momento de hablar sobre esto?— me preguntó mi vecino. Él se refería a su fiesta de cumpleaños número 47.
Sí lo es. La Ley de Cine no compite con las leyes sobre niñez, maternidad, pensiones u otras en discusión en este momento. Eso sería comparar a San Judas Tadeo con el Señor de Esquipulas. Pero una vitrina vacía también es una decisión. Y si esta ley no pasa, no es por falta de evidencia. Es porque alguien decidió que la historia de Guatemala no merece existir en pantalla.
Antes de dejarme de hablar, mi vecino me había prestado una serie y dos películas que me ayudarían a entender al quinto Spiderman. Ni siquiera eran del mismo personaje. No las he visto.
No quiero ser un país que solo existe cuando otro necesita una tragedia.
Post-credits scene. La comisión de cultura dejó una píldora de kriptonita: cambió el financiamiento del Instituto de Cine Guatemalteco propuesto, por una figura que viola los tratados de aviación internacional firmados por Guatemala.
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