[1:49 p.m., 26/4/2025] Primo: Buenos días, bendiciones.
Sí tengo un primo. Decía que regresaba al país. Mi primo vive a media hora de la capital. Cinco horas con tráfico. Que si podía recibir algunas cosas de antemano: una laptop, dos tablets, una cámara de video, un nintendo switch. El número de área: +57. Era su foto pero no sus bendiciones.
[2:03 p.m., 26/4/2025] Quique: Hola.
[4:27 a.m., 27/4/2025] Primo: Llamada de voz perdida.
No lo bloqueé. Me pidió mi dirección. Le di la de la oficina. Me mandó una foto de una guía de mensajería internacional. Me preguntó si podía prestarle para pagar los impuestos, que me iban a llamar de la aduana.
Aburrido. Engaño uno, dos, tres. Como estafador estaba fracasando. Pero antes de dejarle de hablar le sugerí que mejor buscara otra manera de obtener ingresos. Que cuando estuviera listo me enviara su currículo. Que donde trabajo había plazas.
[3:05 p.m., 27/4/2025] Primo: Sí, gracias.
Quedamos de vernos en un café próximo a la empresa. Estábamos cerca.
Cuando llegó se sentó en el asiento frente a mí, dándole la espalda a la ventana. De inmediato sacó una versión impresa de su hoja de vida que llevaba dentro de un fólder de manila con un clip sostenido por la presión de su foto. Más o menos de mi edad. Llevaba corbata y una cara de cansancio. Más de haber leído mucho que de haber corrido. Sonreí.
–Hábleme de usted.
Agradeció que lo recibiera en persona. Los agentes de IA ahora piden que les envíen videos. Inició su monólogo contándome que estudió Perito contador porque quería trabajar al salir del diversificado. Con el tiempo se dio cuenta de que valía lo mismo que no haber estudiado. Por lo que se metió a la U a estudiar Antropología.
Le ofrecí un vaso de agua o una taza de café.
Pasó por ingeniería forestal en el tiempo en que se decía que era la carrera del futuro. Administración de Empresas para no tener jefe y Derecho para defenderse. Arquitectura era muy cara. Terminó graduándose de Relaciones Internacionales, para no llevar números.
Trabajó como cajero de un supermercado, maestro de educación física, administrador de condominio y por un tiempo tuvo un renglón 029 en una oficina del Congreso.
Se dio cuenta de que a los gerentes de recursos humanos, como a las mamás, les gustan mucho los títulos. Por lo que obtuvo un MBA en línea, que enmarcó con molduras doradas –a juego con el flamante sello– y colgó en la pared de la casa de un solo cuarto donde vivía con su esposa y dos hijas.
Al momento hacía Uber en sus tiempos libres. La nena más grande ya va a entrar a estudiar secretariado. Su esposa vendía pan de banano en la cuadra. Arrastraba una deuda de tarjeta.
Ahora estaba estudiando un doctorado para aplicar a otro call center. Buscaba una posición de tiempo completo. De preferencia con prestaciones.
Le expliqué que nadie entrega ya un CV impreso, pero que igual iba a moverlo en la compañía. No le prometí nada. Le pedí que me escribiera cuando ya tuviera la foto del doctorado, junto a su constancia de carencia de maltrato del RENAS, finiquito de la Superintendencia de Bancos, RTU actualizado y antecedentes penales y policíacos.
Terminamos el café y nos dimos la mano con la solemnidad de dos diplomáticos firmando un tratado. Engaveté el fólder al llegar a la oficina.
La semana pasada recibí una llamada de un número que parecía de banco. Una voz importante. Sin urgencia. Me ofreció un crucero vacacional. Una voz de doctor. No colgué.
Escuché la oferta completa. Fechas, beneficios, condiciones. Todo en su lugar. No sé si era mi primo pero igual di mi número de tarjeta a veinticuatro cuotas.
Más de este autor