1. Por ejemplo, mi LinkedIn es un catfish. O al menos eso me dijo un amigo. ¿Qué hay de malo en que mi foto sea mi yo de hace siete años en donde salgo regularmente decente? Eso no es nada, el esposo de una conocida tiene –en su perfil– como puesto actual, el puesto del cual lo despidieron hace dos años. Todos los días le aparecen conexiones relacionadas con ese cargo. Él las acepta todas. Todavía está desempleado.
2. Y así, la cuaresma trajo a nuestros feeds –llenos de bichotas que lloran a sus exes, cryptobros endeudados, runners, foodies y activistas rosa– jóvenes con orejas de gato haciendo quadróbics. Nosotros –como siempre– nos dedicamos a criticar lo visible. También un Strategic Innovation Leader dio un TedTalk vistiendo un blazer y tenis. Al menos uno de todos ellos cree que lo suyo no es un trend.
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3. Hablando de disfraces, recuerdo que el año pasado me enteré de que Nueva York sí duerme. Y de que la terminal cuatro de JFK es la única que no cierra. Cabecea en la madrugada a punta de café malo. Los indigentes saben exactamente cuáles bolsas del duty free les hacen parecer viajeros para resguardarse del frío. Me tardé un poco en descubrirlos en el área de llegadas. Usaban de esas cosas inflables que se ponen en el cuello para dormir, mientras empujaban maletas en carritos –boarding pass en mano y expresión de tránsito. Veían la pantalla con esperanza mientras hacían ruidos que no eran de aeropuerto. Nadie los nombraba para evitar romper algo que a todos nos convenía mantener intacto.
4. ¿Qué disfraces están permitidos?
5. Según el National Retail Federation (NRF), en 2024 los estadounidenses gastaron 3,800 millones de dólares en disfraces. También 700 millones en disfraces para sus mascotas. ¿Cuántos de esos se habrán usado solo una vez? ¿Cuántos terminarán en una paca latinoamericana?
6. La adolescencia siempre ha sido honesta sobre la transformación. Los adultos somos los que la normalizamos hasta hacerla invisible. En los 2000 la gente se reía de los emos, hasta llegar a la legendaria batalla de los emos contra los punks en la Glorieta de Insurgentes (CDMX) –concluida por los Hare Krishnas–.
7. Hoy dudé si cambiar mi foto a una mía con cabeza de ardilla (yo tenía una fijación con las ardillas atropelladas a inicios de los 2000). Me decidí por una imagen tamaño cédula en blanco y negro (mía) con los brazos cruzados. Gemini me hizo una bonita pasada de filtros y quedé como siempre: regularmente decente. Irreconociblemente yo.
8. Una mujer se sentó a mi lado con la precisión de quien ha elegido ese asiento muchas veces. Reacomodó sus bolsas como quien ordena su sala. Hablaba con ella misma con una charla que pertenecía a otro lugar, quizás a una cocina, quizás a un sueño, quizás a una conversación que solo los indigentes viajeros podían escuchar. Ya era de madrugada. El counter iba a reabrir y decidí ir a buscar un McDonald’s. Ella no se inmutó.
9. En los aeropuertos todos llegamos a algún lado fingiendo ser el tipo de persona que pertenece. El disfraz es el boarding pass del que no está viajando. En el exterior siempre hace frío.
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