Pasé varios días fingiendo que no lo había oído, como si el cuerpo fuera un electrodoméstico antiguo que todavía funciona si no se le presta demasiada atención. Me daba miedo tener que ir a que me hicieran «trac, trac, trac», como cuando se le safan los brazos a las barbies y hay que volver a meter la bolita en el cuerpo.
Pero el dolor insistió. Me despertó de madrugada y me pidió que lo googleara. Acepté que tenía que revisarme.
Más tarde, después de discutir con ChatGPT qué doctor se encarga de los «tracs» del cuerpo, me puse a llamar para ver si el dolor valía lo que costaba. Cotizar se vuelve requisito cuando no tenemos seguro privado y el único médico que recuerda nuestro nombre es el pediatra. Pero él nos cambió por cuerpos más jóvenes.
Llevo más de la mitad de mi vida adulta pagando IGSS. Pero el IGSS es para dolores con tiempo. No nos molesta comprar cosas pero sí nos molesta pagarle a un especialista. Uno bueno cuesta dos botellas de vino bueno.
[frasepzp1]
Me decidí por un ortopedista de tres botellas de vino regular que encontré en Instagram. Da consejos de huesos y, en su foto, se parecía a Sheldon Cooper. No lo seguí por miedo a que en mi feed me empezaran a aparecer reels de cirugías.Cuando llamé, me intimidó reconocer la voz del influencer respondiendo su propio teléfono. Me dio la cita para el día siguiente. Pasé la noche soñando que perdía el brazo por no hacer las coreografías de TikTok que me recetaba.
Llegué temprano para llenar los papeles en la tablita. Pero en vez de eso salió el doctor y me dijo que buenas tardes. Que ya me iba a atender. Me entrevistó y me pidió mover el brazo: como pidiendo jalón, como saludando a la bandera, como tirando una pelota a un perrito. Luego pidió permiso para tocarme.
– ¿Duele ahí?
– No, no me duele. Ahí tampoco. No.
Al contrario: sentía alivio. Así que mentí, por dignidad. Le dije que me molestaba cuando hacía como que comía un pie de limón. Jaló un esqueleto sonriente. Me explicó cosas que obviamente no recuerdo, porque todo el tiempo estaba pensando que me iba a hacer «trac, trac, trac».
Todo bien.
Como sentí que la consulta había sido demasiado rápida, me acordé de otros dolores de otras veces y se los empecé a enumerar. No podía ser que tuviera que pagar sin tener nada. Me recetó un polvo homeopático ofensivamente caro.
Cuando me cobró se disculpó diciendo que su secretaria estaba de vacaciones. Pero él y yo sabemos que voy a regresar en quince días y que la secretaria, de nuevo, «no va a estar».
Al salir, el elevador decidió cerrarse sobre mi brazo malo. Casi tiro el celular.
Yo quería que el doctor encontrara algo serio, preferiblemente incurable, para justificar el gasto. Cuando el dolor no alcanza para pagar la medicina, solo necesitamos que alguien lo nombre y así poder administrarlo.
Si al menos me hubiera dado una paleta como en el pediatra. O tres si son paletas sin chicle.
Según datos de la Encuesta Común de País para Guatemala 2023 del Sistema de Naciones Unidas, cerca del 87 % de la población no cuenta con ningún tipo de seguro de salud, ni público ni privado.
Más de este autor