En mi primera columna reflexionaba sobre la ausencia de lectura en la sociedad guatemalteca, a esto deberíamos de sumarle el abismo que todo escritor conoce: la hoja en blanco. Un abismo de reflexiones incapaces de desarrollar ese vértigo inicial, ese momento en que las palabras aún no existen y el silencio carcome. Hoy damos un paso más allá: nos adentramos en el proceso editorial, en ese viaje que comienza cuando el texto ya ha nacido y busca su lugar en el mundo. Ese tránsito de lo íntimo a lo público, de lo personal a lo colectivo, el momento en que el escritor, muchas veces huérfano de plataformas, busca trascender a través de la impresión.
En ese espacio de incertidumbre y deseo, surgen las editoriales independientes. No como empresas convencionales, sino como proyectos de vida, como trincheras culturales, como faros para idealistas que han encontrado en el papel una forma de libertad. Son iniciativas que nacen del amor por la palabra y del compromiso con la memoria, con la crítica, con la belleza y, por qué no decirlo, con la sociedad. Y es ahí donde aparece Velero Rojo, una editorial que, aunque no navega en el mar, se convierte en embarcación para quienes se atreven a cruzar las aguas turbulentas de la literatura emergente.
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Velero Rojo nace en San Marcos, una ciudad que, aunque alejada de los grandes centros editoriales, se convierte en inspiración cultural para diversas ramas, fiel a su origen; su nombre evoca movimiento, viaje y aventura. Detrás de ese velero está Guillermo Chocano Alfaro, editor, gestor, soñador, arqueólogo y, sobre todo, escritor. Su figura se alza como una alternativa frente al tradicionalismo que aún domina el ecosistema literario guatemalteco. No busca competir con las grandes casas editoras; busca abrir caminos, tender puentes, dinamitar estructuras que excluyen a los escritores nacientes.
Guillermo no es un editor de escritorio. Su trabajo lo ha llevado a recorrer el país, a conocer sus voces, sus silencios, sus urgencias y sus sinsabores. Ha impulsado proyectos culturales en comunidades diversas, ha facilitado talleres, escuchando a escritores que apenas comienzan, y ha ofrecido dirección y sentido crítico desde la empedrada Ciudad Colonial. Su labor no se limita a corregir textos: acompaña procesos, equilibra egos, fomenta la crítica constructiva. En un país donde la literatura suele ser elitista, su apuesta por la inclusión es un acto político y libertario.
Cual editorial independiente, la línea de trabajo es clara y se distingue por su visión. Adicionalmente, cuenta con un proceso de producción semiartesanal, lo que le permite generar empleo local y mantener un estándar de calidad que muchas veces supera al de las grandes editoriales. Las revisiones son rigurosas, los tirajes son controlados, las ediciones responden a una demanda real. Esto permite optimizar costos sin sacrificar excelencia, sobre todo, mantener viva la relación entre el libro y su comunidad lectora.
Trascender fronteras es un desafío constante. En Guatemala, el dicho «nadie es profeta en su tierra» se cumple con dolorosa precisión. Guillermo lo sabe. Su trabajo en Comitán de Domínguez, por ejemplo, ha sido clave para abrir espacios a jóvenes escritores. Los talleres literarios que impulsa, las discusiones poéticas que promueve enriquecen la experiencia de quienes se asoman por primera vez a la palestra pública. No se trata solo de publicar: se trata de formar, de acompañar, de sembrar.
Ahora bien, publicar es apenas una parte del camino. Comercializar lo publicado es otro reto (son otros veinte pa'l cien), uno que exige paciencia, creatividad y persistencia. Las ferias municipales del libro, salvo contadas excepciones, son eventos donde las editoriales independientes deben luchar por visibilidad. Los espacios que se les asignan suelen ser marginales, compartidos con otros emprendimientos, sin la infraestructura ni el respaldo publicitario que tienen las grandes marcas. El lector, la gran mayoría de veces, ni siquiera sabe que existen; sin embargo, ahí están: resistiendo, convenciendo persona a persona, construyendo redes afectivas y culturales.
La figura del escritor vestido de traje oscuro, rodeado de un grupo editorial de alcurnia, sigue siendo el ideal para muchos. Pero esa visión excluye, demerita, invisibiliza a las editoriales independientes, las cuales ofrecen trabajos de calidad, preservan la memoria cultural, abren puertas a voces nuevas. De labor silenciosa, pero profunda y un impacto que, aunque no siempre visible, transforma.
Así, al enlazar esta columna con las vivencias de tantos escritores que navegan en solitario, se reafirma un reclamo social: en Guatemala, el proceso de producción literaria es más un acto de amor y lealtad que una empresa rentable. Es una forma de resistir lo cotidiano, de nombrar lo innombrable, de pintar con palabras un país que a veces parece ajeno al lienzo cultural. Es, en definitiva, navegar en un mar de soledad a bordo de un Velero.
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