Inicio este texto con un fragmento del artículo de mi cabecera escrito por Dante Liano —Premio Nacional de Literatura 1991— en el que satiriza nuestro supuesto español perfecto, ese que presumimos como vajilla fina, aunque esté formado por guatemaltequismos tan deliciosos como los frijolitos con crema.
De inmediato me vienen a la mente las palabras de mi abuela, de mis ancestros, de todo aquel vocabulario que surgía en cualquier conversación. En un chiste contado al aire o en un buen «jalón» de orejas, de esos que educaban más rápido que un pasillo universitario (si es que no teníamos la velocidad para escondernos en las «naguas» de la madre).
Bajo un enfoque más anecdótico que bibliográfico —porque para historiador no me dio la vida, pero para nieto comentador sí— redacto este texto mientra recuerdo a mi abuela y trato de sacar, desde su «diván» apolillado en el «tapanco», algunas historias que siguen empolvándose en mi subconsciente. Allí, sepultadas entre eternos «chunches», y unas telas de araña que ya parecían herencia familiar, intento desenterrar oraciones y recuerdos que el tiempo dejó guardados… seguramente porque ni el tiempo mismo quiso quemar la «canilla» con el orden.
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Y ya que hablamos de palabras rescatadas, para oídos más conservadores pueden sonar casi ofensivos los apelativos que mi padre usaba cuando se refería a un «güiro». Y no al instrumento caribeño, no: a un patojo, un infante, un pequeño huracán humano. Curiosamente, son esos mismos güiros —ya crecidos, y plenos de opiniones— quienes ahora critican con fervor el famoso «haiga», palabra flotante en nuestro español que no sabemos si deriva del verbo haber o del verbo hallar. Limbo lingüístico que todos conocen, pero que nadie quiere aceptar frente al público.
Y hablando de esas palabras que se nos quedan atravesadas en la mente, me lamento: «¡Malaya!» tuviera el ingenio o la memoria prodigiosa de «un mi pariente», ese personaje comediante que se vuelve el centro de atención en las reuniones familiares. Y no es por su excesivo consumo de tabaco, sino por esa destreza casi profesional para fusionar palabras y arrancar carcajadas como si fuera todo un profesional. Mientras, uno sigue sufriendo por recordar una frase medianamente ingeniosa, sacada de un mercado colorido, ruidoso, y con regateo incluido.
Seguramente él también recolectó su repertorio del mismo tapanco, del tiempo de «Tata Lapo», donde nosotros nos escondíamos de güiros, creyendo que éramos detectives, sin darnos cuenta de que éramos más predecibles que radionovela de final de la tarde. El rechinido de aquellas gruesas gradas de madera nos delataba antes de poner un pie arriba, metafóricamente, no en broma a nuestro «patuleco» pariente.
Dentro de todo esto, y como homenaje a nuestro español supuestamente perfecto (ese que defendemos con uñas, dientes y con un par de diccionarios vencidos) trato de documentar algunas de estas sátiras haciendo malabares mentales como buen «achimero» de palabras. No con chunches coloridos y surtidos, sino con expresiones, recuerdos y nostalgias impregnadas de naftalina. Porque, ¡a la gran púchica!, si no dejamos constancia de esto, se nos va a ir desvaneciendo la narrativa chapina que caminó «tapizcando» cerros, iluminada por «candiles» de «kerosene» que alumbraron generaciones enteras.
Y así, entre palabras que no salen en ningún diccionario serio, porque al final, el idioma perfecto no existe; lo que sí existe es aquel que nos sostiene. Ese español que no se estudia: se vive, se hereda y, sobre todo, se goza.
Si a alguien con su «alhajado» cuello, no le gusta, pues ni modo: haiga sido como haiga sido, así hablamos «allá por onde uno» … y así seguiremos hablando mientras quede un chapín dispuesto a reírse de sí mismo.
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