Creemos lo que queremos creer, incluso cuando se cree en cosas increíbles. Salvo Santo Tomás, que necesitó ver y tocar para creer, la mayoría de las personas —los bienaventurados— creen por convicción o confianza. Dejando a un lado la fe en lo sobrenatural —que también se apoya en testimonios, milagros y argumentos racionales—, la creencia que sostiene nuestra vida cotidiana se basa en la confianza. Confiamos en lo que nos dicen nuestros padres, los expertos, ciertas instituciones, especialmente cuando coincide con nuestras experiencias previas y no son desmentidas por futuras.
Tras la avalancha de noticias falsas y desinformación, hemos reaprendido que la confianza no se construye solo con mejores argumentos o con más evidencia. Aunque la información es importante, somos menos racionales de lo que sostienen algunos. Tendemos a aferrarnos a creencias que confirman nuestros propios sesgos y que resuenan con nuestras frágiles identidades. Y peor aún, los hechos, sobre todo los que nos contradicen, rara vez cambian lo que pensamos o creemos. Cualquiera que haya intentado debatir con alguien que sostiene ideas insostenibles —como quienes defienden el fraude electoral de 2023— sabe que no basta la evidencia para transformar esas creencias.
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Exploré algo de esto en mi libro Barrabás (2025), donde reflexiono sobre la imposibilidad de que el periodismo alcance una objetividad absoluta, un ideal que no existe y ni falta le hace por peligrosa. Pero la fragilidad y complejidad de la verdad –su debilidad que es a su vez su fortaleza– no solo se ve en los medios de comunicación. También están presentes en la ciencia, cuya reputación es casi incuestionable, pero incluso allí los hechos dependen en parte de quien los observa. Esto no significa que todo sea opinión o interpretación ni, al contrario, que renunciemos al diálogo para acercarnos a un consenso útil y provisional. Pero ese diálogo requiere apertura, buena fe y un horizonte común de confianza, requisitos excepcionales y poco frecuentes entre los que abrazan la desconfianza como modo de vida. Y ahí aparecen el poder y las relaciones sociales, que se entrecruzan y desafían constantemente, haciendo necesaria la mirada crítica y entrenada porque la relación entre conocimiento y poder es casi inevitable.
Pensar que vivimos en una era dominada por mentiras fabricadas en redes sociales es un error. Nada nuevo hay bajo el sol. En otros sitios comenté que Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, mostró cómo el nazismo creó una realidad paralela para imponer su proyecto totalitario. No era solo propaganda, sino un encantamiento (porque llamarle engaño se queda corto) que llegó y nació entre los propios líderes. Esto lo descubrí hace poco, cuando un amigo alemán me contó que había leído en los diarios de Joseph Goebbels la devoción que expresaba hacia Hitler, incluso antes de que este llegara al poder en 1933.
El negacionismo del Holocausto precede a las redes sociales; prueba de ello es el caso del historiador inglés David Irving. No hay cura para ese mal tan antiguo y persistente: la capacidad humana de creer y hacer pasar por verdad lo que nos conviene aunque no lo sea. La humanidad seguirá viviendo en ese delicado equilibrio entre verdades parciales y falsedades asumidas; entre historias que iluminan algunos hechos y ocultan otros; entre ficciones que a veces se acercan más a la verdad que las versiones oficiales plagadas de secretos; entre el conocimiento incompleto, arduo y complejo, y los mitos populares que perduran como sentido común o anécdotas de sabiduría.
También está el error, por supuesto. Sin embargo, para quienes queremos vivir en democracia, comprometidos con una coexistencia libre e igualitaria, el relativismo cínico en el que «todo vale» y «todas son opiniones válidas», en el que prevalecen los más fuertes o quienes más gritan, no es una opción. Por eso, ser rigurosos, críticos y creativos es un acto de justicia, no de inteligencia ni de superioridad, sino de humildad.
¿Qué será de Donald Trump —cuya perfidia e inmoralidad era conocida, pero aún así justificada por sus seguidores— tras las revelaciones sobre los documentos de Epstein? Probablemente nada. Lo mismo para el resto de personajes de distintas ideologías que allí aparecen, manchados por la infamia y la decadencia, que parecen estar por encima del castigo gracias al poder y el dinero. Como mostró Javier Marías en su novela de Los enamoramientos, la impunidad suele ser la regla y la justicia, la excepción. De momento, crean lo que quieran creer, pero, tarde o temprano, será imposible negar que detrás de sus cruzadas morales contra el anticristo solo había muchas ganas de creer en algo, aunque fuese una burda mentira.
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