Constantemente se dice que en la lucha política en Guatemala no cuentan las ideologías. No, al menos, para gran parte de los votantes, y mucho menos para los que hacen y participan en ella. Explican, esos analistas «objetivos» que la política no es más que una pugna entre distintos grupos (usualmente élites), conformados por individuos egoístas y racionales que velan únicamente por sus intereses.
Describen, pues, una política vacía, sin ideales ni principios, en la que los políticos, movidos por una lógica rentista, embaucan con discursos floridos a los votantes, quienes, sobre todo aquellos que viven en peores condiciones, votan creyéndose el cuento o asegurándose una bolsita. En dos palabras: intereses individuales. Por eso, afirman esos analistas con voz de viejo diablo, la confrontación entre izquierdas y derechas es una pantomima.
En parte es cierto y obvio: se trata de una foto que todos conocemos, sobre todo si pensamos en las élites de este país, que constantemente colocan sus intereses por encima del bien común. Por esa razón a veces pienso que se trata más de una confesión de principios o una proyección propia que la descripción de una realidad inevitable. Pero esa foto, por más fiel que pueda parecer, retrata una manera ideológica de entender la política. Cínica, a mi juicio. Y es más, la foto y su realidad es el resultado del poder creativo de ideologías dominantes.
Esto quiere decir que las ideologías no solo son mapas para ubicarnos o perdernos en la realidad, sino que tienen el poder de crearla. Al menos, esa es una de las tesis principales del libro de Jason Blakely, Lost in ideology, en donde afirma que la ideología en nuestros tiempos es ineludible. Informa lo que sentimos, pensamos, tememos y deseamos; incluso lo que parece sentido común y natural. Porque lo que hoy nos parece evidente, en algún momento no lo fue, no lo será, y, en algún lugar, sigue sin serlo.
No hay pierde, nuestras identidades, intereses, miedos y deseos están conformados, informados y mediados por una interpretación ideológica. Las ideologías producen mundos, materializan maneras de ser y hacer. Porque las ideologías no son etéreas, sino que constituyen nuestras instituciones, se encarnan en prácticas de organizaciones. Hacen cuerpos a través de actos, rituales, protocolos, maneras de ser. Crean.
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Por ejemplo, si la política nos parece poco más que una actividad para rufianes, en la que solo hay cálculos racionales y lógicas clientelares, podrá ser una descripción veraz de lo que hay, pero también es resultado de una ideología liberal dominante, finquera, en la que la política es un mal menor y el mejor Estado es el mínimo. Además de construir una débil institucionalidad conveniente para las élites y sus privilegios, la ausencia de una visión nacional permite la captura por parte de los más cínicos, los más vivos y los más mediocres.
Así que la ideología sigue y seguirá contando, en Guatemala y fuera. El ejemplo más obvio me parece la oposición intransigente que existe en contra de Semilla, como también el apoyo de parte de su núcleo convencido. Parte de la oposición podrán ser quienes ven en riesgo o perdieron sus accesos privilegiados (y corruptos) al erario público, pero otra parte es ideológica, están convencidos de que cualquier cosa de centro o centro izquierda son nocivas y peligrosas.
Además, sin pretender idealizarlo, la gente que conozco y participa se mueve por ideales, no por pisto. El último ejemplo son Unidad por la Justicia, aunque hay muchos más que no salen en ninguna portada, actúan por el bien ajeno, a veces asumiendo grandes costos, movido por una orientación ética y un espíritu de servicio. También en esto influye la disposición ideológica.
Pero es verdad que el típico derecha e izquierda, malentendido como dos polos, resulta poco útil. Norberto Bobbio, en Derecha e izquierda, contribuyó al diálogo superando la dualidad y aceptando varias mezclas, que las hace útiles para nuestros tiempos democráticos y autoritarios. Ambas pueden ser moderadas o extremas, democráticas o autoritarias y de allí sus mezclas, como el socialismo liberal. Además, significan cosas distintas en países diferentes, pese a que, en términos generales, la izquierda se asocia más a valores de igualdad y emancipación, mientras que la derecha con jerarquía y tradición.
Blakely insiste en esa característica fluida de las ideologías y pone a trabajarlas con distintas tradiciones, religiones y corrientes políticas. Todas se pueden mezclar, por eso hay liberales conservadores que leen a Burke y defienden la tradición, que a la vez beben de Hayek, aunque él mismo declaró cierta incompatibilidad entre ambas tradiciones. Pero innovar es posible e inevitable.
Igualmente, como se dijo antes, no solo son los principios teóricos los que importan, pues muchos «liberales conservadores» jamás han leído a Burke o Hayek (menos a Marx, aunque digan que estaba equivocado), sino sus identidades y emociones. Por ejemplo, acepta Blakely, para el fascismo en general los principios filosóficos son menos importantes que la actitud y el comportamiento que emana de entender la política como un eterno conflicto entre amigos y enemigos irremediables, a veces violento.
Hoy por hoy, en este resurgir de las extremas derechas por el mundo, necesitamos comprender mejor lo que causa que las personas se conviertan en fascistas. Usualmente compran la historia de un pasado nostálgico, en donde una jerarquía desigual se esconde en la tradición, y quieren traerlo al presente. Hay elementos evidentes de fascismo gobernando los Estados Unidos, pero sus discursos y pulsiones son bastante populares e internacionales, sobre todo entre personas conservadoras.
Pese a que el fascismo no se curará con menos polarización —pues es necesaria una radical redistribución del bienestar estructural—, sirve que podamos conversar entre nosotros (como buenos no fascistas). Jonathan Haidt afirma que las pocas veces que cambiamos de opinión suceden cuando convivimos con otros que habitan edificios ideológicos distintos y conversamos sin enfrentarnos. Para ello, resulta tremendamente útil el libro de Blakely, porque nos ayuda a entender nuestras propias ideologías (sí, es ideología), sus mezclas y las ajenas.
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