Inicio esta crónica evocando aquel vegetal sonoro que describía mi abuelo paterno, una expresión suya que parecía mezclar sabiduría indígena con la solemnidad de los paisajes de la Alta Verapaz. Sus palabras, cargadas de un misticismo heredado, resonaban como el eco de los cerros húmedos y de las hojas que susurraban historias al viento
Pero en esta ocasión, mi memoria no viaja hacia sus tierras, sino hacia el Senahú de mi madre, un lugar que para mí siempre estuvo entre lo cercano y lo remoto, entre lo propio y lo ajeno, como si viviera en una dimensión paralela donde el tiempo tiene su propia cadencia.
Cada vez que pienso en aquellos días, regreso inevitablemente a las cuaresmas en las que mi madre decidía —sin consulta previa, pues así funcionaba la jerarquía— que emprenderíamos el viaje hacia donde las tías. Yo, con mis escasos diez años, asumía el rol del espectador obediente, el acompañante silencioso que se dejaba arrastrar por la emoción y, también, por la resignación.
Aquel casononón, escondido entre las montañas, era un refugio ancestral. Desde su corredor se dominaba un pequeño valle que cualquier general hubiera codiciado como punto estratégico: desde allí se podía advertir el más mínimo movimiento en aquel camino rural, ya fuera de entrada o de salida. Las montañas, verdes o azuladas, expectantes, envolvían la casa como guardianes eternos.
Hablar del viaje, modestia aparte, era ya una historia en sí misma. Subíamos a los buses de Brenda Mercedes, verdaderos andariegos cansados que transportaban tanto cuerpos como esperanzas. Tras casi seis horas de recorrido —lapso de escenas que se repetían como un viejo filme, de narices polvorientas, de olores mezclados entre diésel, tierra y humanidad, y más de un retorno de tripas— llegábamos finalmente al cruce, que no era estación ni parada formal, sino un acuerdo tácito entre conductor y pasajeros.
Desde ahí comenzaba la travesía final: cincuenta minutos de caminata al filo del mediodía, acompañados por el canto insistente de chicharras, el roce de grillos ocultos en la hierba y la inesperada aparición de pequeños vertebrados que cruzaban el sendero con la naturalidad de quien es dueño del terreno. A cada paso, el calor vibraba en el aire como una cortina ondulante que trataba de vencerte paso a paso.
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Al llegar, la bienvenida era siempre la misma: un café demasiado caliente para un niño, servido con devoción y cariño. En aquel tiempo me parecía una broma cruel; hoy lo añoro como uno de los gestos más puros de afecto. La romería de saludos ocupaba su espacio ritual, casi una coreografía de abrazos, exclamaciones y sonrisas. Cuando el sol comenzaba a descender, se abría paso la conversación colectiva: historias de amores nacientes y amores rotos, relatos de animales de granja escapados o recuperados, discusiones territoriales que se resolvían entre risas o silencios tensos, y el inevitable recuento de los hechos alrededor de la iglesia.
La iglesia, por sí sola, merece un capítulo aparte. Ubicada en la cima del cerro, llevaba implícita una penitencia para cualquier alma devota. Subir para recibir la comunión a mediodía significaba sentir cómo el sol tostaba hasta la médula. A ello se sumaba el detalle humorístico —y frecuente— de que siempre se olvidaba algo en la casa. Y claro, el eslabón más débil de la cadena, mi yo de diez años, debía bajar, subir y volver por el objeto de turno. A veces era importante; otras veces, apenas un «bodrio de la chafaldrana», pero igual había que traerlo.
De mis recuerdos más entrañables, aunque también más ingratos, guardo las seis de la tarde. Pueden imaginar ese paraje sin energía eléctrica, rodeado únicamente del rumor del bosque. La única fuente de luz mecánica era una pequeña Pelton que operaba una hora al día, suficiente solo para las tareas del beneficio de café.
Mientras tanto, la vida en la casona se concentraba en el gran corredor. La menor de las tías encendía el viejo radio de transistores y sintonizaba marimba o radionovelas. Si la tarea del día había rendido frutos, bailábamos un vals improvisado, o dejábamos que las voces dramáticas del narrador nos transportaran a mundos ajenos.
Cuando la tarea era infructuosa, la imaginación ocupaba el vacío con igual eficacia; pero entonces surgían las narrativas de terror sobre los animales mitológicos. El Xul, por ejemplo, aquel ser que —según decían— se llevaba todos los juguetes que uno dejara tirados por la casa, solo para azotarlos en la ventana exterior en plena madrugada. También estaba el duende, famoso por trenzar las crines de los caballos y por burlarse con sus ojos rojos y penetrantes de las tías y de sus bastones hechos con ramas de árbol. Y cómo olvidar al Negrito, mitad hombre y mitad caballo, un pequeño centauro oscuro que absorbía la vitalidad del alma de quien se le cruzara.
Creo que esas historias les causaban tanta gracia porque ellas, a su modo, también absorbían nuestra vitalidad a través del miedo; muy parecido a lo que hace Pennywise, el ser creado por el escritor estadounidense Stephen King, que se alimenta del terror de sus víctimas.
Los parajes, la vieja foto de mi madre en la iglesia, los dedos entumecidos de la tía Lina, los golpes del tiempo marcados en la madera apolillada… Todo eso sigue vivo en mi memoria. Y así, mis suspiros me llevan al viejo Secansín, en el corazón de Senahú, donde aprendí una disciplina alimenticia que hoy parece militarizada: allí se comía hasta terminar lo que se había dejado antes, y la avena (mosh) se servía espesa, casi como puré, y se ablandaba con leche.
En ese lugar, el misticismo era cotidiano: el duende te acariciaba la oreja para despertarte el realismo mágico, y el vegetal sonoro parecía esconder en su follaje al jaguar y a la mítica barba amarilla.
¡Abrazos al cielo, por esas madres que enseñaron sus historias!
El sol trae consigo vida,
penetra el viejo zaguán donde se oculta el viento,
cruz de iglesia en la cima del cerro,
infancia estricta, candorosa, pero solitaria
campana que acompaña el día.
Los cenzontles recuerdan la soledad de mi abuela,
un banco apolillado con olor a carbón,
vacío el espacio del gran reloj de péndulo,
un arpa vieja sin cuerdas,
el bacín de tu tía, sin semblante riguroso,
ventanal de vivos rojos y verdes con rocío,
humedad distinta a la de tus lágrimas de niña,
réquiem sobre el proverbio favorito de mi Madre.
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