En la Alta Verapaz tuve el privilegio de dejar el ombligo. Entre sus montañas verdes, perfumadas de copal e incienso, laten miles de historias y nacen infinitas inspiraciones. Allí intento honrar la memoria de mis coterráneos, tratando de rescatar sus parajes y trazándolos en papel tal como ellos los soñaron.
Hoy, con el mayor de los gustos, les contaré la historia de un abuelo, tejida en voz de un cuervo que, al borde del viento, me susurró la andanza como quien traslada un secreto de otros tiempos.
El abuelo del que les hablo es cambiante e inquieto, un espíritu antiguo que nunca se deja atrapar del todo, aunque lastimado y disminuido continúa su andar. Nace entre sombras frescas y raíces viejas en la profundidad de las montañas de la Verapaz, mientras sus aguas recorren la tierra, nutriendo todo a su paso como quien acaricia un rostro querido.
En cada recoveco guarda un secreto, en su remanso tiene una memoria. Su voz, a veces suave como un arrullo y otras veces impetuosa como un reclamo, ha acompañado generaciones enteras que aprendieron a leer el tiempo con el sonido de su corriente. Y así, como con la paciencia de los seres que han visto demasiado, cambia de nombre según el lugar que lo abraza, como si entendiera que la identidad también es un viaje, un tránsito, una forma de adaptarse al mundo sin perder el origen.
Pero dentro de ese espacio finito que compartimos con él, se quiebra mucho cuando lo vemos apagarse. Su cauce, antes ancho y vivo, se reduce como un suspiro cansado; su sonido, antes firme dentro de la vegetación, se vuelve un eco casi aplacado. Y también vemos reflejada nuestra fragilidad y con toda certeza afirmamos que somos capaces de desgastar todo lo que amamos, apagados por falta de empatía o entendimiento.
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De nombre cambiante, conforme al lugar, nuestro abuelo es conocido entre las montañas como el río Tzuti-há y conforme su corriente toma fuerza, irradia vida a su paso y regala al mundo el balneario de Las Islas, donde niños y adultos aprendieron a reír con el agua en la piel. Más adelante, al entrar al pueblo, los vecinos de la presa lo llaman río Chicoy, porque así se llama el barrio que lo acompaña y lo reconoce como parte de su historia.
Y luego, ya más cansado, entrega sus aguas al gran río Cahabón. Allí, como El Imox, nahual del agua, se vuelve inquieto, impredecible, lleno de remolinos que enredan y desenredan recuerdos. Quienes han vivido cerca de él aún añoran su susurro profundo, ese murmullo que antes llenaba las noches, acompañaba los sueños y que ahora apenas se escucha, como si el río mismo estuviera tratando de recordar quién fue.
Entre las aguas y las piedras, el homenaje toma la forma de un suspiro ancestral, donde jugueteaban colegas de mundo, David e Iván Paredes, partícipes de esta narrativa y de algunas frases del texto. Crecieron con el rumor del agua, entre ríos que los vieron hacerse hombres mientras el mundo seguía su curso, testigos de cómo este abuelo, con su paso sereno, se llevaba vidas en silencio y, con la misma delicadeza, rozaba las estrellas y la luna como quien acaricia un recuerdo que no quiere soltar.
Ese vaivén entre lo que se queda y lo que se va es lo que aún duele y, al mismo tiempo, lo que más ilumina. Al final, en la prisa por dominar la tierra, hemos ido olvidando que el río también es un ser vivo. Lo hemos llenado de desechos, lo hemos desviado, estrangulado con cemento y descuido. Y cada vez que su cauce se estrecha, que su claridad se enturbia, es como si una parte de nuestra propia historia se apagara con él; porque no solo se muere el agua: se mueren los recuerdos que guardaba, los caminos que unía, los silencios que nos enseñaron a escuchar.
Quienes crecimos al lado del agua, sabemos que la voz ya no es la misma. Antes cantaba; ahora apenas logra susurrar. Él, que antes corría libre, ahora debe avanzar con dificultad, como un anciano que intenta mantenerse en pie mientras el mundo le da la espalda.
Y duele —duele profundamente— reconocer que somos nosotros quienes lo hemos llevado a este estado.
Rescatarlo no es un gesto de nostalgia, sino un acto de responsabilidad. Es devolverle al abuelo la dignidad que le arrebatamos. Es recordar que, sin él, sin su agua que dio vida y nombre, también nosotros nos iremos silenciando.
Aún estamos a tiempo, pero el tiempo ya no corre a nuestro favor: corre con él, y él, bajo nuestra irresponsabilidad, se está apagando.
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