También se lo dediqué a monseñor Antonio de Valdivieso Álvarez (Tercer Obispo de Nicaragua), acuchillado el Miércoles de Ceniza de 1550 por los nietos de Pedrarias Dávila, hijos del gobernador Rodrigo Contreras y María de Peñalosa. Pedrarias fue apodado Furor Domini por su crueldad. María, su hija, no fue menos cruel y sus hijos resultaron peores que los padres y el abuelo.
Quizá la lectura del artículo –a la luz de la verdad histórica– nos provea alguna moción durante esta Semana Santa.
Las similitudes entre ambos prelados son tantas que, en la página uno de mi novela Las doce cartas del obispo Valdivieso, a publicarse bajo el sello F&G Editores durante la Feria Internacional del Libro –Filgua 2026–, puntualizo: «La muerte de don Óscar Arnulfo Romero Galdámez, arzobispo de San Salvador, El Salvador, fue el final de una serie de sucesos trágicos que culminaron entre el 24 y el 30 de marzo del año 1980 en la capital de esa pequeña república centroamericana. El periplo empezó hace más de cuatro siglos en el espacio-tiempo de León Viejo, Nicaragua, en 1550».
Ambos fueron martirizados por causa del evangelio y por el odio a la fe. Este odio (odium fidei) puede provocar la muerte de un cristiano por su fidelidad a Cristo, por su ser Iglesia (no solo aparentarlo) y por sus consecuentes acciones que se traducen en la justicia evangélica. Me refiero a la justicia que rebasa el acatamiento legalista para convertirse en una rectitud de vida que supera la ley y se convierte en un modelo del influjo de la fe y del Espíritu.
Los dos descendían de familias muy humildes. Los padres del arzobispo Romero fueron don Santos Romero, de ocupación telegrafista, y doña Guadalupe de Jesús Galdámez, ama de casa. Don Santos también era carpintero, oficio que trasvasó a su segundo hijo quien, años después, llegó a ser el Cuarto Arzobispo de San Salvador.
Y con relación al protomártir de Nicaragua escribí el 5 de agosto de 2019: «En el caso del obispo Antonio de Valdivieso, llama la atención que, entre los prelados que se enfrentaron a los mandamases de la época (en favor de los más desposeídos), él era el único que no tenía un linaje nobiliario. El primer obispo de Nicaragua, Diego Álvarez Osorio, era descendiente de la casa de Astorga; Pedro de Zúñiga pertenecía al linaje de la casa Zúñiga, y Bartolomé de las Casas estaba emparentado con la rama sevillana de los Casaús franceses. Asimismo, don Pedro Casas, padre de este último, estaba vinculado genealógicamente con Isabel y María de Peñalosa, esposa e hija de Pedrarias Dávila, respectivamente. A la vez, las Peñalosa eran descendientes de Francisco, comendador de la Orden de Calatrava y conquistador de Granada, España»[1]. Dicho sea, el único asesinado por su propensión a la protección de los más necesitados fue justamente Antonio de Valdivieso: el obispo que no era noble, el obispo que descendía de una familia pobre.
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En algún mes y día de 1980, don Gerardo Humberto Flores Reyes, Cuarto Obispo de la Tercera Época de la Diócesis de Verapaz, me dijo de monseñor Romero: «Él no gustaba de la Teología de la Liberación, más bien (sic) era de corte conservador. No partió de una ideología sino de una conversión que provino de haber experimentado el sufrimiento del pobre. No partió de una liberación sino de una redención ante las injusticias que siguieron siendo iguales o peores que las sufridas por él en su infancia». Esa vez yo le respondí: «Entonces partió de la verdad evangélica».
También argumentamos acerca de que ambos, –Valdivieso y Romero–, mantuvieron posturas coherentes con su predicación. Posturas capaces de destantear a los teólogos más pintados de cada época (aunque ninguno de los dos era teólogo).
De Valdivieso se recuerda el segmento toral de su carta número 9 dirigida al príncipe Felipe y al Consejo de Indias fechada en Granada, Nicaragua, el 8 de marzo de 1546: «El obispo no es solo para tener mitra y renta, sino para usar jurisdicción, corregir vicios y remediar las opresiones que se hacen a sus ovejas. Y cuando no pueda hacer esto, está obligado a dejar su oficio para otro, para quien, por ventura, Dios lo tiene guardado»[2].
Cuatro años más tarde fue asesinado y el silencio que guardó la Iglesia en esa época aún está por explicarse.
Y de Romero es imperdible su Homilía de fuego dirigida a las fuerzas armadas de El Salvador el 23 de marzo de 1980: «Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: “no matar”… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios… Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla… Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado… La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!»[3].
Veinticuatro horas después, monseñor Romero fue baleado por un francotirador cuando elevaba la hostia durante la consagración en la misa que celebraba en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia de San Salvador.
A la luz de la verdad histórica no puede uno dejar de preguntarse: ¿Qué subyace en cada uno de los contextos? ¿Por qué tanta maldad ante tanta bondad? ¿Por qué las posturas encontradas aún dentro de la misma Iglesia después de tan terribles sucesos?
Así los hechos, meditar y dejar que hable el corazón (durante esta Semana Santa), nos ayudará a mejor comprender esas vicisitudes en las que Cristo sufrió otra vez los horrores de la crucifixión, pero también la gloria de la resurrección.
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[1] https://www.plazapublica.com.gt/content/en-pos-del-obispo-valdivieso
[2] Álvarez Lobo, José (1992). Fray Antonio de Valdivieso, obispo mártir de Nicaragua 1544-1550. Cartas. Costa Rica: Editorial Lascasiana.
[3] https://cnnespanol.cnn.com/2015/05/22/monsenor-romero-debe-de-prevalecer...
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