El pasado 6 de abril los tripulantes de la cápsula Orión del proyecto Artemis II exploraron el lado no conocido de la Luna y mucho más allá de lo imaginable muchos niños comenzaron a soñar con ser astronautas, ingenieros (aeroespaciales, de vuelo, de software, computación, etcétera).
Digo más allá de lo imaginable porque donde yo vi tan gratas reacciones fue en el área rural. Constaté cómo, en una escuela rural de Alta Verapaz, un grupo de infantes acompañados de sus maestros simularon un viaje a la Luna utilizando trajes confeccionados por ellos. Después me di cuenta de que el fenómeno se había replicado también en grandes ciudades de países de primer y segundo mundo.
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Ha de recordarse que los niños son investigadores natos. Preguntan, observan, investigan, aplican los conocimientos adquiridos a base de experiencia y lo único, lo único que se precisa para catapultarlos a la ciencia es la estimulación de su pensamiento lógico. De ello se argumenta en el ensayo Desarrollo del pensamiento lógico desde la perspectiva piagetiana de Rosegris Carolina Hernández Mújica. Sugiero su lectura como inicio de un recorrido de aprendizaje (especialmente para los maestros de preprimaria y primaria) invitándolos a discernir el contenido del párrafo conclusivo que reza: «El pensamiento es simplemente el arte de ordenar las ideas, y expresarlas de forma lógica a través del sistema lingüístico, el proceso de pensar se presenta como una totalidad coherente y organizada, en lo que respecta a sus diversos aspectos, modalidades, elementos y etapas. En este sentido, el sujeto no se define por su naturaleza, sino por sus adquisiciones en su modo de pensar, en un medio culturalizado producto de sus relaciones sociales»[1].
Ha de tenerse en cuenta que el arte de ordenar ideas y expresarlas de forma lógica a través del sistema lingüístico implica un excelente aprendizaje de la lectoescritura y la matemática. Y es justamente aquí donde arde Troya porque, para que los niños adquieran esos saberes, es preciso que sus maestros sean su mejor ejemplo.
Debemos evitar entonces que ese niño que nos llega a las escuela como un investigador nato (pregunta y pregunta y pregunta) deje de serlo cortándole sus sueños. Recuerdo en este momento dos casos imperdibles para mí y por su importancia los reseño en los siguientes párrafos.
El primero corresponde a un compañero mío, de escuela primaria. Después de un viaje grupal presentó un trabajo descriptivo relacionado con su visita a un municipio cercano (todos teníamos que hacerlo). Relató cómo se puso frente a una imagen de san Pedro que se venera en la iglesia de la localidad visitada y cómo –con una imaginación fuera de serie para su edad– entabló un diálogo con la imagen de san Pedro que, a decir de él, «terminó mandando saludos a todos nosotros y al maestro de su grado». Pues asústese usted, estimado lector, ese maestro (el único de quien no guardo gratos recuerdos) lo trató de mentiroso (porque las imágenes no hablan dijo el sabihondo), lo reprendió y lo castigó prolongando su horario de salida de la escuela durante dos semanas. Transcurría entonces el mes de octubre de 1966, y el año siguiente nuestro compañero (que pudo ser un excelente escritor si se hubiese incentivado sus capacidades imaginativas y narrativas), ya no regresó y no supimos más de él.
En vía contraria, el año 1993 fui testigo de una pregunta que una niña de diez años hizo a sus padres y a sus maestros. Los cuestionó así: «¿Y si la Tierra es el Arca de Noé?». «¿Y si la Tierra es una enorme nave en la cual estamos viajando en el espacio a quién sabe dónde?». A las sonrisas nerviosas y la incertidumbre con relación a qué responder vino un adecuado abordaje: «Tú puedes investigar, nosotros te apoyaremos en lo que nos sea posible». Treinta y tres años después los astronautas de Artemis II describieron a nuestro planeta como: «Un bote salvavidas flotando tranquilamente en el universo». Y acotaron: «En el planeta Tierra, todos formamos parte de una tripulación»[2].
Dos casos similares, dos respuestas diferentes y dos consecuencias posiblemente muy desiguales. Uno atinente al del niño que quizá se desperdició como un brillante literato y el otro es concerniente a la niña –hoy una exitosa académica– que cuestionó a sus padres y a sus maestros sobre nuestra presencia (y finitud) en la vertiente del tiempo.
Así pues, tomemos el hito del proyecto Artemis II como un signo de los tiempos, aprovechemos el impacto de su éxito y dejemos a los niños soñar. Y más allá de los alcances de la palabra «dejemos» (como primera persona del plural del presente subjuntivo o imperativo del verbo dejar), ayudémoslos a soñar.
¡Pilas, maestros, que el párrafo anterior está dedicado a ustedes!
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[1] https://vinculando.org/educacion/desarrollo-del-pensamiento-logico-persp...
[2] https://www.elcolombiano.com/tecnologia/ciencia/la-tierra-es-un-bote-sal...
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