En nuestro medio usualmente sucede: Una discrepancia por «quién tiene que pasar primero», luego un intercambio de palabras altisonantes y después una escalada cuyo final puede ser un saldo trágico. Así aconteció entre el 24 y el 27 de abril recién pasados en dos pueblos de nuestro país. Un mínimo de tolerancia habría evitado semejantes tragedias.
Hay condicionantes que deben ser tomadas en cuenta con relación a la salud mental de la población. Y no me refiero al concepto que mal se tiene de locura, sino a la irascibilidad, la intolerancia, la irritabilidad y la angustia de existencia que provoca pasar horas y horas en un tráfico terrible. Aunado, el agravamiento provocado por esos –otros más– largos periodos de espera a causa de accidentes o de coches averiados. Ni qué decir del transporte pesado que pareciera, no hay día sin que se accidente o se estropee una unidad.
Ese dantesco escenario (el terrible tráfico diario que ya se extendió a las principales carreteras del país) sentó reales en nuestras vías y es tarea del Estado (junto con la sociedad civil) hacerle frente. Mas, en orden a recuperar la sensatez, debemos de pensar a futuro mediato. Me refiero a la tarea que tenemos los padres de familia de recrear o de cocrear una cultura de convivencia segura.
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Viene a mi mente en este momento dos anécdotas en un mismo episodio. A los 16 años obtuve la cinta verde en karate do tradicional (escuela Shito-Ryu). Ese día, cuando llegué a mi casa haciendo gala de mi nuevo grado, mi padre –señalando el cinturón verde– me advirtió: «Sé lo que eso significa y lo felicito por haberlo obtenido. Pero, si me llego a enterar de que usó esos conocimientos sin que se ameritara, olvídese del apoyo que estoy dispuesto a darle no solo en esas prácticas sino en todos sus estudios». Aquel aviso valió y pesó mucho más del contenido que –en materia del cuidado propio y de los otros– mis profesores (Dr. Rolando Flores Batres y Profesor Jorge Sosa) me habían proveído. Momentos después, en tono de broma (que resultó no serla tanto) me previno: «Y cuando decida pelear, que no es bueno porque siempre sale alguien lastimado, hágalo con quien quiera, menos con un experto en ajedrez porque ese maestro le puede complicar la vida entera».
Hoy, comparo esas lecciones con algunas actitudes de padres de familia que llegan a los gimnasios donde se enseñan artes marciales a exigirle a los senséis más drasticidad para que sus hijos peleen mejor. Y soy testigo de los infructuosos intentos de los senséis para que esos padres de familia asuman la filosofía del arte: Neutralizar amenazas, propiciar la sana convivencia (en paz y por la paz) y evitar innecesarios conflictos.
De tal manera, tenemos en el horizonte dos escenarios. El primero ya está instalado. Corresponde a la sobreabundancia de vehículos, pocos ejes viales, saturación de carreteras y la necesidad de un transporte público digno y que garantice el desplazamiento seguro de la población. El segundo es, diríase, preventivo. Se trata de educar a las generaciones que están despuntando para que asuman el respeto que deben tener –a sí mismos y a los demás–, la tolerancia hacia el otro y los otros aunque no se comulgue con sus ideas, y enseñarles a fomentar convicciones y no arrancar decisiones que pueden terminar en un problema insuperable.
El primero, ya lo dije, corresponde (para su solución) al Estado y a nosotros como sociedad (escuelas, colegios, universidades, iglesias, etcétera). El segundo es atinente (en cuanto responsabilidad) a nuestros grupos familiares. Es urgente buscar el tiempo necesario para compartir y fomentar la armonía grupal.
Así que, sin perjuicio del aforismo que reza: «La tolerancia llega hasta donde la dignidad limita», recobremos la sensatez. La personal (quienes la necesitamos) y la grupal (porque la merecemos como pueblo y como nación).
Hasta la próxima semana, si Dios nos lo permite.
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