Me ha tocado lidiar con personas desde la generación a la que pertenezco –Baby Boomers– (1946-1964) hasta la Generación Alfa (2013-2025). Es decir, toda una evolución social que parte del inicio de la era de la información a través de la radio y la televisión en blanco y negro hasta el desarrollo analógico y la hiperconectividad.
Cada grupo ha tenido lo suyo. Nosotros, los Baby Boomers, buscábamos mucho la estabilidad laboral, gustábamos y ponderábamos el esfuerzo personal y tratábamos de replicar algunas conductas de nuestros padres y de nuestros abuelos. Ya con la Generación X (1965-1980) vimos la tendencia a la independencia personal y con la llegada de los primeros nativos digitales –los Millennials– la propensión al equilibrio entre vivir, en el buen sentido de la palabra, y las actividades laborales. Esperamos ahora a la Generación Beta (2025-2039) que vivirá inmersa, completamente, en la Inteligencia Artificial.
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Sin perjuicio de los rasgos de cada generación, en todas he encontrado padres que parecen muy ignorantes con relación a las características del liderazgo al que están llamados como tales. Me refiero a estar al tanto de aquello que debieran mejor forjar –familia, predicción y predisposición a un mejor futuro afectivo y a una vida en plenitud, entendida como equilibrio y propósito, que generan paz y justicia– y miden los éxitos de los hijos por el dinero que pueden obtener al nomás iniciar un trabajo o recién concluir sus estudios universitarios. Sus síntomas y signos son terribles, constantemente comparan la capacidad económica de sus hijas y de sus hijos con sus compañeros de promoción y, en el peor de los casos, –si hay quien o quienes sobresalgan económicamente en su entorno– reclaman endosando el peor adjetivo con que les puede marcar: fracasado o fracasada.
Cuando ese momento llega téngase por seguro de que lo único logrado es una familia disfuncional signada por relaciones poco saludables que fracturan a la persona, por dentro y por fuera. Y en el peor de los casos lograrán una réplica en la siguiente generación provocando una repetición iterativa del mal porque el dinero, así concebido (posiblemente ni siquiera conseguido) jamás sustituirá el beso de los buenos días, el abrazo durante el retorno a casa, la contemplación acompañada de un atardecer o disfrutar del sonido de la lluvia aunque sea sobre un techo de lámina o de otro material que no sea una lujosa terraza.
Por supuesto, luchar por un salario y un trato laboral digno es loable. Justipreciar los honorarios profesionales y valorar el derecho a cuidar y a ser cuidados no debe quedar de lado. El problema es cuando se fomenta ese deseo desmedido de tener a lo Juan Palomo: «yo me lo guiso, yo me lo como».
Algunos de mis lectores se estarán preguntando por la razón de este artículo. Bien, se los cuento en los siguientes párrafos.
Una exalumna mía y ahora colega, me compartió con mucha tristeza que las relaciones con sus padres se habían deteriorado cuando les contó –con mucha alegría– que había superado las pruebas necesarias para entrar al periodo de estudios que se llama Residencia médica. Este es un lapso de cuatro o cinco años durante el cual se especializa un médico general en una de las cuatro grandes ramas de la medicina: Pediatría, Ginecología y Obstetricia, Medicina Interna y Cirugía General. También hay otras especialidades que no requieren haber pasado por una de las mencionadas para cursarse, pero que igual, se tarda entre cuatro y cinco años para culminarla. Ella (mi exalumna y ahora colega) tuvo, en lugar de abrazos y felicitaciones, reclamos relacionados a: «Cuándo y cómo iba a comenzar a ganar dinero para volverse rica».
Bien sabrá, estimado lector, que es difícil expresar palabras de consuelo ante una situación como la descrita. Pero no me fue dificultoso hablarle de los falsos dioses contemporáneos, de los tres ídolos actuales: poder, tener y placer. A costa de lo que sea y pasando sobre quien sea. De estos fetiches se puede encontrar mucho y bien explicado en no pocas páginas de Internet. A mi antigua alumna y ahora colega (reitero), le satisfizo mi explicación como una posible respuesta a la situación sufrida por ella y me indicó que explicará a sus progenitores de esa propensión en un intento de rescate, porque «antes no fueron así».
Así pues, padres y madres de familia, estudiemos la generación a la que pertenecemos en nuestra evolución social y también las características de la faja etaria a la que pertenecen nuestros hijos, y sobre todo, comprendamos que el éxito de una persona no se mide (de manera exclusiva) por cuánto dinero obtenga quincenal o mensualmente sino por la plenitud de vida que logre.
Un abrazo fraternal.
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