En The Flag and The Cross, los politólogos Gorski y Perry relacionan el imperialismo americano con una identidad particular de los Estados Unidos: una América del Norte blanca y protestante, llevada de la mano por la divina providencia, ya sea el Destino Manifiesto o el excepcionalismo americano.
El nuevo imperio que empezaba a tomar forma a finales del siglo XIX nació del enfrentamiento con otro imperio en decadencia, católico y no necesariamente blanco, de la corona española. Desde la guerra entre Estados Unidos y España en 1898, los gringos empezaron a «intervenir» y «liberar» el mundo, como lo hicieron en Cuba, Filipinas y Puerto Rico a finales del siglo XIX. En Cuba, la justificación fue una explosión de un barco, nunca probada.
Desde entonces, el imperio empieza a comportarse como tal. Las cruzadas por la democracia y la libertad se convirtieron en extensiones de sus ambiciones nacionales sin frontera que las detenga.
Poco después de la guerra entre España y Estados Unidos se formula lo que se conoce como la Doctrina Monroe. Greg Grandin explica el contexto de la pronunciación original: Estados Unidos en 1830 frente a una Latinoamérica independizada con nuevas repúblicas. En este escenario se articuló un pronunciamiento ambiguo en donde quedaba claro que la incipiente potencia no toleraría intervenciones europeas en el continente americano.
La propia doctrina, que aún no estaba formalizada como tal, ha sido reinterpretada de muchas maneras desde entonces, marcada por una vaguedad fundacional que podía leerse tanto como una defensa del continente como la necesidad de un imperio benevolente que actuara como policía cuando lo considerara necesario.
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Todas las «intervenciones», como apuntan Gorski y Perry, serían justificadas por una narrativa ideológica y moral, una historia donde los buenos –más o menos los mismos siempre (antes solo protestantes, ahora también católicos y judíos, pero sobre todo blancos occidentales)– luchan contra los malos (otrora comunistas, ora woke, progres, musulmanes y globalistas, sobre todo migrantes racializados y criminalizados, y, por extensión, los terroristas).
A estas alturas del año, ya habrá leído muchísimos comentarios sobre este orden multilateral que lleva años muriendo con puñaladas aceleradas por Trump, junto al andamiaje de derecho internacional que se revela como la última ficción en la que se escondía el fuerte sin ley, o la ley de Tucídides.
También habrá leído sobre la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, publicada el mes anterior, en donde se dijeron muchas cosas interesantes, como la reactivación de una nueva versión de la Doctrina Monroe de la que hablamos, pero también una amenaza civilizatoria existencial que sobrevuela toda Europa. Ambas estrechamente vinculadas.
Lo primero es que la nueva interpretación de la Doctrina Monroe, política imperialista gringa, prioriza sus intereses sobre su área de influencia, justifica y justificará intervenciones en el continente, como la venezolana. Grandin afirma que es la movida lógica de un imperio en decadencia que mira su «influencia» global retroceder, con la salvedad de que Trump, al contrario de sus predecesores, lo hace sin un barniz moral, y ni falta le hace.
El historiador también explica que el movimiento América Primero (America First) convive bien con la Doctrina, pues no es una visión internacional, sino regional. Las fronteras, como siempre hemos sabido, son ficticias y muy maleables en los distintos imaginarios.
Por otra parte, el mandatario salta al viejo continente para repetir una historia conocida: Europa está desapareciendo y la quieren de vuelta. Una Europa específica, claro está, tan imaginaria como lo puede ser cualquier nación, pero a la vez muy real en un mundo en el que la potencia militar más grande del mundo, herida y agraviada, establece como prioridad en el documento terminar con la época de la «migración masiva».
Y con eso, el presidente norteamericano les guiña el ojo a los partidos de la extrema derecha y soberanista del continente porque, al compartir enemigos, son más o menos amigos. En aras de cultivar esta amistad, les cuenta que, pese a sus diferencias, son en realidad hermanos, hijos de la misma conspiración que formula una amenaza existencial que hace eco a la teoría del gran reemplazo, en donde repite en términos culturales que la civilización europea (léase, blanca) está siendo deliberadamente suplantada por otra (no blanca).
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A veces me da la sensación de estar en esos momentos en los que Stefan Zweig escribía sobre la Primera Guerra Mundial en El mundo de ayer. Si no recuerdo mal, describe una escena en la que tomaba un café con amigos mientras veían a los soldados enfilarse hacia la frontera en dirección a la guerra. Con cierta conmoción, pero sin inflarla demasiado, ya que creían que sería cuestión de días o semanas, siguieron tomando su café y continuaron sus discusiones literarias y artísticas como si la vida siguiera. Pero las semanas se hicieron años, en donde se sumaron una desproporcionada cantidad de muertes.
Una hecatombe. El horror.
Por eso preocupa que Donald Trump amenace arriba y abajo con invasiones que responden —como él mismo dijo en su última entrevista— únicamente a su mente y a su moral, como diría Schmitt de un buen soberano. Por más mínima y celebrada que sea una de estas «intervenciones», puede traer —y ya está trayendo— consecuencias irreparables.
Así, Trump, que no reconoce otro límite para su actuar que su propia voluntad, la voluntad del poder, atiza miedos con un discurso abiertamente fascista –como señala Blakely en Lost in Ideology– donde el soberano, al margen de toda consideración, apela a una identidad étnica homogénea y rígida. El «borramiento civilizatorio» contiene la vieja dicotomía entre bárbaros y civilizados, cristianos y no cristianos, blancos y no blancos.
El horror, nuevamente.
Parafraseando a Zweig, o quizás a Ortega y Gasset, todo progreso contiene las semillas de su propio retroceso. La catástrofe ya está aquí. Llegó mientras nosotros tomábamos café con los amigos y les decíamos, con una mano en el hombro del otro: «esta es la visión realista de la política».
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