Durante el Conflicto Armado Interno, los militantes de los grupos guerrilleros se vieron obligados a vivir clandestinamente y a habitar en el silencio. En el libro Mujeres en la alborada, escrito por Yolanda Colom, la autora cuenta su experiencia al ser parte del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP). Relata que una de las cosas más difíciles de su militancia fue intentar someter la risa: «quizá fue la privación que resentí más entonces; y la primera que me reveló en toda su dureza la realidad de la lucha en las montañas». En tiempos de crisis y de opresión, parece urgente convivir entre el humor y la risa. ¿Por qué resulta tan tortuoso ahogar las carcajadas?
Yolanda Colom continúa la cita con: «no faltaron las tormentas eléctricas, las lluvias torrenciales o el ruidoso caudal de un río que nos permitieron reír y cantar a todo pulmón». Estos eventos que posibilitaron la risa y el canto, fueron esenciales para sobrellevar la crudeza de la militancia. Las risas de los días de tormenta, nos acercan a una potencia política capaz de activar vínculos con los demás. De esta manera, reír se vuelve una acción capaz de interrumpir el control, desafiar el orden y hacer demandas de justicia. En contextos de persecuciones, luchas, y conflictos, la risa deja de ser una respuesta fisiológica para traspasar al campo de la fuerza colectiva.
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El ruido es una categoría del sonido que solemos ligar con el escándalo y con la contaminación auditiva. Es un sonido no deseado que interfiere con los discursos, la palabra y la melodía; sin embargo, a través de los sonidos ruidosos también se anuncian exigencias de autonomía y reivindicaciones de marginalidad. Por eso, es importante para los poderes de vigilancia perseguir los rastros ruidosos para silenciarlos. Por ejemplo, podemos pensar en los idiomas que se han considerado solamente balbuceos, en la música que no es considerada como tal, en las demandas que se vuelven peligrosas de escuchar, los murmullos que se vuelven consignas, y otros sonidos de disidencia que atentan contra el poder dominante.
Al igual que el ruido, la risa interrumpe la palabra. Nos acaricia la garganta y nos entorpece la lengua. Hay algo en la risa que funciona como método de fuga de las prácticas discursivas y de las jerarquizaciones del poder: reír nos habilita otras posibilidades de resistencia. Cuando nos reímos perdemos gran parte de nuestro control corporal. Una vez conjuramos la risa, no la podemos aprisionar. Los ruidos que emergen de nuestros cuerpos no pueden ser controlados ni reprimidos fácilmente, ni por nosotros mismos ni por poderes autoritarios.
Al leer esto, podría pensarse que la risa tiene una fuerza mínima frente a las problemáticas, también podría creerse que la risa es una respuesta superficial frente a las cosas. Pues, ¿qué conflictos han resuelto las carcajadas? Desde este punto de vista, estaríamos pensando en el reír como un acto individual; sin embargo, no es un fenómeno que brota de un solo cuerpo, sino que surge de la colectividad. Genera lazos comunitarios y refuerza alianzas en el espacio público. Según Judith Butler, reírnos es una forma de intercambio en la que los miembros de una comunidad se sacan unos a otros de su dolor, al mismo tiempo que reconocen el alcance de sus pérdidas. Es entonces, cuando la fuerza de la risa reside en el contagio y en la renovación que nos produce.
Ese es el poder de la risa, la creación de una potencia comunal y la irrupción que estalla en contra de la individualidad y el autocontrol. La reacción corporal de la risa se propaga, nos empuja a ser parte de una misma coreografía donde distintos cuerpos responden al mismo llamado. Es una forma de reconocernos-con-otros, de compartir instantes de entrega, de receptividad y de hacer-común, mientras fugamos de la vigilancia. Es un lenguaje al que no le importan las categorías, un gesto compartido que nos atraviesa, que nos sincroniza y que nos hace corresponder-con-otros. La risa actúa como una declaración de colectividad y una demanda de justicia que nos ayuda y acompaña en los procesos de resistencia.
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